Desde hace más de 30 años, el protagonista es uno de los personajes sanjuaninos más conocidos de Rivadavia y también querido, no sólo por el tiempo que lleva manejando el sitio que sostuvo con esfuerzo, sino también por la calidez y la dedicación que le impone a su trabajo. Es que Guillermo Pont es el hombre detrás de la diversión de muchos, quien recibe al mundo con los brazos abiertos y trata a todos como si estuvieran en sus casas.
A sus 56 años, asegura que no se imaginaría estar en otra actividad que no sea la de mantener las canchas de padel y atender como reyes a los jugadores, un trabajo que le lleva más de 12 horas por día. Si bien para cualquiera sería una demanda exagerada, para Guille es parte del sacrificio que el representa la tarea diaria; la que también le regala momentos especiales, ya que puede combinar la ocupación con pasatiempos que son de su agrado, como la cocina y las plantas.
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"Abro al mediodía (pues funciona a la siesta) y no sé a qué hora me voy, puedo cerrar como hasta las 4 de la mañana. Pero es parte del laburo y también es muy natural, tengo mis plantas, mi pasto", expresó.
Además de mantener las instalaciones, contó que es fanático de la jardinería por lo que le gusta regar y tener todo lo más verde posible. Y eso se nota con sólo echar un vistazo por los alrededores, ya que donde hay verde hay naturaleza viva y bien cuidada. "Acá pongo todas las fichas, porque este es mi medio de vida", declaró el hombre que cuenta con la ayuda de su hijo Julián.
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También, destacó que es un apasionado por la gastronomía y a esos dotes los aprovecha como herramienta para conquistar a sus clientes. Es por ello que, cada vez que le piden una cena, pone lo mejor de sí para cumplir con las expectativas. Entre sus platos más destacados, eligió a la punta de espalda a la parrilla y al bife de chorizo con huevo y papas fritas como sus especialidades.
El propietario de las canchas situadas por Av. Libertador (Padel West) reconoció que parte de su personalidad se impone en su actividad, por lo que la exigencia y el detalle cobran importancia. "Todo tiene que estar perfecto, todo limpio, todo ordenado, fresco, como a mí me gusta", remarcó quien se mostró un tanto reticente a la hora de las fotos. Es que para él, más importantes son otras cosas y no figurar.
Si bien nació y se crió en Capital, pues vive en el Barrio San Martín, confesó que su espacio de trabajo es su segunda casa al punto que se siente como un rivadaviense más. "Son muchos años los que llevo acá. Es toda una vida", indicó quien comenzó como ayudante en las canchas, después de que sus tíos construyeran el lugar, y con el paso del tiempo, adquirió la propiedad y la hizo suya.
De joven trabajó de "che pibe" en la bodega que estaba ubicada al lado de las canchas, Ripober. Allí hizo de todo, trabajó como administrativo, pero también se amoldó a las necesidades que le surgían. "Estuve 4 años, era como un comodín, estaba en ventas también, cargaba camiones, pegaba etiquetas, todo", aseguró.
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Luego se casó con Cathy, su esposa, y tras el fallecimiento de su padre se convirtió en el sostén de su familia. Cuando se hizo cargo por sí solo del predio, allá por principios de los '90, vivió la cresta de la ola de la actividad, pero también atravesó diversas crisis. Sobreviviente, siempre peleó porque el sitio se mantuviera estable y le diera la posibilidad de llevar el pan a la mesa.
Agradecido de la gente que va a jugar a sus canchas, a distenderse un rato y a pasarla bien entre pelotitas y paletas, remarcó que todo lo que consiguió fue gracias a la clientela y al trato que tiene con ella. "Tengo la suerte de conocer mucha gente, de que me sigan eligiendo, estar acá me hace feliz", cerró el gran anfitrión.