Ocho años de hacha y tiza, caminos más consolidados y otros más ásperos. Momentos de gloria y otros de furia. Imagen de electrocardiograma agitado. Con final de barco encallado, un Titanic hundido luego de un pase de magia que no fue: la segunda reelección caída bajo fuego de la Corte y de una inesperada –para él- caída de crédito político.
Cuatro años en boxes para recalibrar aciertos y errores estima como suficientes para engendrar su gran zarpazo. Busca el premio mayor, ¿con chances? A esa respuesta puede ofrecerla un país que ha engendrado todo tipo de presidentes fuera de norma en los últimos tiempos, ¿cómo no consagrar a un gobernador joven y de experiencia, fogueado y en medio del tembladeral que es el principal partido de oposición? Podrá pensar, no sin razón.
José Luis Gioja tiene 76 años, el tiempo y las fatalidades le han dejado cicatrices visibles. Ya no ocupa demasiado espacio entre las conjugaciones del futuro, por el contrario –y tan valioso como eso- dispone de una condición de oráculo requerida para todo aquel que pretenda navegar esos ciclones. Su tiempo político parece ya pasado, su músculo languidece frente a los jóvenes que dicen escucharlo pero lo pasan como parado. Como Cristian Andino en la última pulseada por el casillero electoral.
Fue 12 años gobernador, enmienda constitucional mediante. Computó años felices, control absoluto y título indisputado más de una década: el único que se le animó fue su hermano, al que sepultó políticamente con cisma familiar mediante. Se arrepentirá con ganas de ese día en que debía irse y cedió ante el sentido común de entregar testimonio a alguien cercano. Enfrentó la encrucijada entre Marcelo Lima, que era como un riñón suyo pero prometía menor rendimiento electoral, o el irrumpiente Sergio, a quien sentía propio por mandato paterno y que no ofrecía dudas en la urna.
Se equivocó ese día, como 8 años después Sergio se equivocaría por tomar el camino opuesto en el mismo momento de entregar la posta. Gioja seleccionó a su mejor opción electoral, aunque el termómetro de la confianza le rendía mucho más bajo con Sergio que con el actual cortista. A Uñac le tocó la misma encrucijada cuando la Corte volteó su candidatura, y entre su hermano Rubén y el más rendidor Cristian Andino que lo acompañaba como vice, eligió la opción más cercana para no entregar al sanmartiniano el paquete completo. Podía fallar.
Para afuera, Gioja y Uñac eran como padre postizo e hijo putativo. Lógicamente, por adentro había cruces y vibraciones distintas. Al mes de haber asumido, la gestión de Sergio impulsó una denuncia contra su ex tutelador –en realidad contra su entorno, Lito Lima- por presuntos hechos de corrupción con la contratación de seguros. La causa no avanzó, pero sí avanzó una ruptura resonante que nunca más cicatrizó. Vista de afuera, al menos.
Pasaron 12 años de eso, atravesaron trances en común con cara larga, dispusieron ejércitos para enfrentarse a todo nivel. Y hoy parece que quieren jugar otro partido. Y van.
Sergio parece más cómodo en los livings porteños que en los de su San Juan. La semana pasada coronó un raid mediático en el que hizo uso de afinidad kirchnerista y se movió a placer sin incomodidades. Cristina es tal vez su principal sostén desde la sombra, no la única. Asombra a muchos contertulios de los años del Uñac gobernador que recuerdan la distancia siempre marcada a todo lo que sonara a K, hasta algún gesto despectivo por sus emisarios, como Wado De Pedro. Ellos mismos, que orbitaban a Cristina en San Juan, no pueden creer que ahora la Jefa respalde al sanjuanino y le ponga a disposición todo su aparato de influencia, sólo por despecho y para esmerilar a Kicillof. La única verdad es la realidad, se desengañan con tonada peronista.
Aquel ingreso inesperado al firmamento K fue tal vez la mejor rebanada del gusto amargo que le dejó a Uñac el turno electoral del 2023 en el que debió entregar el Ejecutivo provincial. Allí hizo buenas migas con José Peluc, bajo la misma lógica de abonar una variante política colectora que aspirara votos opositores. En San Juan, a Orrego; en el país a Milei. Podía fallar.
A la primera derrota en San Juan a manos de quien buscaban esmerilar, le siguió otra a nivel nacional de idéntica parábola junto al decisivo turno de senadores en San Juan. Fue allí donde se selló a fuego el vínculo Uñac-CFK. Porque Sergio había aceptado incluir a la camporista Celeste Giménez como segunda suya, y finalmente terminó llegando a la honorable Cámara Alta en el recuento final de votos. Días después de haber perdido en el recuento provisorio contra la candidata de José Peluc. Surprise.
Desde entonces, Celeste despliega incólume la liturgia completa del kirchnerisno de Máximo: cero exposición pública, presunta acción subterránea y mano a mano como si fuera la Sierra Maestra. En el recinto donde cobra sentido el joystick desde el que Cristina conduce a la oposición a Milei, en el que Uñac se anotó un poroto grueso.
Esa es la curva kirchnerista que describió alguien que jamás en público se alineó frontalmente con la presidenta, ni cantó las viejas canciones y recién ahora se amina a los dedos en V, como Sergio. Y que lo deposita en la condición de postulante inicial de la escuadra destinada a chocarlo a Kicillof.
Hasta acá no se le ha exigido que se pronuncie con voz clara y audible por la libertad de Cristina, como sí se le requiere al bonaerense. Ni que diga por sí o por no si indultaría a la ex mandataria en caso de ganar, una especie de Cámpora con la que sueña en voz alta la militancia ultra. No se lo preguntaron en los recintos porteños del palo que frecuentó estos días. Tiene lógica, si lo que buscan es germinar con Uñac una expresión menos fanática.
CFK no es la única poderosa que giña un ojo al intento del sanjuanino. Por la misma terminal del debate público actual aparece otro alejado del beneplácito del círculo rojo que también lo mira con simpatía: Chiqui Tapia.
Demás está describir el arco de poder que maneja este sanjuanino devoto de la Difunta Correa: nada menos que el fútbol y sus subproductos (Messi, la liga, Boca y River, los árbitros) en tiempos de mundial. También sobra describir los motivos: Chiqui y Uñac vienen tejiendo una relación personal, política y de intereses desde los tiempos de gestión compartida, esos clásicos futboleros en el Estadio que desaparecieron por completo desde que Orrego conduce la provincia.
Mucho dinero en juego, mucha franela recíproca. Aún vigente: Uñac integra simbólicamente algún organismo de una AFA dedicada a tejer relaciones en todas las direcciones: influencers, analistas, funcionarios como el ministro Mahiques, jueces. ¿Habrá atrás de ese respaldo granítico algún interés de Chiqui de aparecerse como postulante a la gobernación sanjuanina, si avanza la presidencial de Sergio en la misma boleta?
Prima facie, parece un puesto menor. ¿Puede compararse la gestión de una provincia pequeña como San Juan con el manejo a piacere de un poder como el fútbol argentino, selección incluida y los cientos de millones de dólares que genera en todo el mundo? No parece. Si así fuera debería conformar un motivo de preocupación para los abajo firmantes del peronismo que esperan que Uñac se entretenga en Buenos Aires y descuide la provincia en su proceso de designación del candidato a gobernador.
Tampoco parece ser el caso, y hay hasta quienes presuponen que el temprano lanzamiento de Sergio a nivel nacional tiene el sentido de replegarse a tiempo y concentrarse en su regreso a provincia, que sueñan resulte a paso triunfal. De mínima, pretenderá ejercer de capanga del PJ local, como viene haciendo con éxito en los últimos lances. Así que telegrama para Cristian Andino, Gramajo, Munisaga y el que quiera ponerse adelante: no les quedará la vía habilitada, tendrán que negociar. Si es que él no juega en persona.
De igual modo, Uñac piensa que una intentona nacional nacida desde abajo y sin demasiado ruido tiene chances de coronar. Citan antecedentes, el de Néstor sin ir más lejos. Y alguna semejanza puede encontrar quien las busque: el santacruceño no tenía chances hasta que llegó la mano de un padrino como Duhalde, él dispone de la de Cristina, Chiqui y alguno más en la sombra que no despega; Néstor guardaba celosamente el producto de regalías petroleras para presentar credenciales, Sergio parece disponer de algo de banca acumulada en sus buenos tiempos en provincia minera.
Garantías esas de que al menos podrá girar por el país y aparecer en el mainstream nacional. Aunque algunos lo traten con desdén, como Roberto Navarro en El Destape: línea Manaos, lo bautizó. En el campamento U igual lo podrían celebrar: es un síntoma de existencia la reacción de un comunicador al que identifican cerca de Kicillof.
Para que no sea aburrido, le salió al cruce José Luis. Y promete extender su influencia tanto en San Juan como en el resto del país. Lo primero que hizo luego de oficializarse el lanzamiento nacional de Uñac –con lo que Gioja siempre coqueteó, pero nunca concretó- fue fotografiarse con Kicillof y abrazarlo para que pueda llegar a la Rosada.
Gioja es un referente indubitable en el peronismo nacional. Además, lógico, de serlo en San Juan. Tanto en un sector de la militancia que lo romantiza como en los espacios de poder y mediáticos que maneja. Pero Uñac pudo lidiar con éxito con todo ese dispositivo que tuvo enfrente en sus tiempos de gobernador, en acuerdos por debajo de mesa sobre batallas que libraba la gilada sobre la superficie.
Por qué no podrá hacerlo ahora, aunque eso demande abrir el revival de una historia que tiene cansado a medio mundo.