Y cuando el cuerpo queda bajo las luces de la mesa, y las manos y los bisturíes se aprestan a levantar una vez más el telón de la rutina, el horror se alza ante ellos como un demonio recién escapado de las entrañas del Infierno.
Porque Lucía Pérez, de 16 años, no sólo ha sido drogada y violada. También (las teclas se resisten a escribirlo…) ha sido empalada. Del mismo modo que, entre los siglos VI y V Antes de Cristo, el rey persa Darío destrozó las entrañas de tres mil babilonios.

Y aún más cerca y también entre nosotros, el asesinato a golpes y empalamiento del tímido soldado Omar Carrasco, masacrado por sus superiores del Regimiento de Artillería 161, Zapala, Neuquén.
Pero volvamos a Mar del Plata, a Playa Serena, a la desdichada Lucía Pérez. La investigación, a priori, reconstruyó el caso. Según la fiscal María Isabel Sánchez, la víctima "fue sometida a agresión sexual inhumana, y el excesivo dolor le causó la muerte por reflejo vagal".

Tal vez las únicas y precisas palabras que registra la medicina, pero que poco o nada significan frente a la destrucción de un cuerpo adolescente, que remite a uno de los más espantosos mecanismos de tortura y muerte urdidos por monstruos del pasado… cuyos ecos, cada tanto, retornan a lo que llamamos "civilización".
Las teclas vuelven a Lucía. Último año del secundario. "Podría haber sido veterinaria: la apasionaban los animales", dijo la atónita y quebrada madre, que evocó uno de los últimos momentos felices: "Hace poco fue con Guillermo, su padre, a Tandil, para ver el recital del Indio Solari".





