Baltimore, Estados Unidos. El reloj marca la una de la
madrugada del último lunes de septiembre de 2014. A Michael Phelps se le
duplica la vista. Con una mano sostiene el volante de su Range Rover y con la
otra intenta tomar el teléfono celular, en un objetivo que, por el momento y su
estado, parece más difícil que lo que significó haber conquistado 18 medallas
doradas en los Juegos Olímpicos. Lo agarra en un segundo de lucidez y marca el
teléfono de su novia, Nicole Johnson, con quien se acaba de reconciliar luego
de una separación de dos años y que se encuentra en la otra costa del país.
Estuvieron juntos los días anteriores en California, a donde fueron por una
boda. Pero él regresó no bien pudo.
Phelps está fatigado, confundido. Se las ingenia para lograr
contarle que estuvo en el Horseshoe Casino, en una noche de copas y póker, y
ahora está manejando rumbo a su casa. Ella le pregunta si está en condiciones
de manejar. Está preocupada "por la fatiga tras un fin de semana frenético
que, combinado con su largo viaje, podían agravar los efectos del alcohol en su
sistema", cuenta el diario The New York Times en un artículo en el que
detallan los días oscuros del nadador más famoso del mundo y en el que se basan
estas líneas. Pocos minutos después de la charla, él le envió un mensaje:
"Hay un patrullero detrás de mí". La Policía comenzó a perseguirlo
cuando advirtieron que circulaba en zigzag y a 135km/h en una zona de 70.
Recién volverá a comunicarse desde la cárcel.
Ese día Phelps perdió su exquisito estilo de nado al ras del
agua y tocó fondo. Ese día el atleta más premiado de la historia de los Juegos
Olímpicos fue vencido por sus adicciones. Alcohol, drogas. No importa cuál,
ambas lo acompañaron durante sus momentos más oscuros. Pero ese día, también,
Phelps volvió a nacer. O, mejor dicho, se impuso con fuerza en busca de la
superficie. No lo entendió de inmediato. Incluso, estuvo tres días encerrado en
su casa sin hablar con nadie y hasta le envió un alarmante mensaje a su agente:
"Ya no quiero estar vivo". Este episodio se sumaba al escándalo que
había vivido cuando fue detenido por tenencia de marihuana.
Phelps saluda a su mujer y a su hijo.
El primer envión para salir de lo profundo fue recibir el
consejo de su círculo íntimo: internarse en una clínica de rehabilitación. Su
entrenador, Bob Bowman, no quería saber nada con eso: "Yo pensé que iría a
algún lugar en Malibú a sentarse en la playa durante seis semanas y que
regresaría igual que se había ido. No pensé que pudiera cambiar", recuerda
en diálogo con NYT. Pero reconoce que era necesario: "No tenía idea qué
quería hacer con el resto de su vida. Me hizo sentir fatal. Recuerdo que un día
le dije; 'Michael, tenés todo el dinero que cualquier persona de tu edad quiere
y necesita, tenés una profunda influencia en el mundo exterior, tenés tiempo
libre y a pesar de eso sos la persona más infeliz que conozco'".
Phelps, durante la competencia en Río 2016
Con más dudas que certezas, Phelps aceptó internarse en el
centro de rehabilitación The Meadows. "Tenía mucho miedo al entrar. No
estaba listo para ser vulnerable. Después de un par de días me dije a mí mismo:
la pared se derrumbó. Entremos ahí y veamos".
El segundo envión llegó a las dos semanas de su ingreso. Así
lo cuenta NYT: «En su segunda semana de rehabilitación el círculo de hombres al
que él pertenecía le otorgó el bastón saguaro, un símbolo de poder que circula
cada semana entre los pacientes a los que se les atribuyen cualidades de
liderazgo. Phelps dijo que estaba más orgulloso de eso que de cualquiera de sus
medallas olímpicas».
¿Y el tercer y último gran impulso? La lectura. El nadador
más famoso de la historia dejó de ser un simple pasador de revistas para
volcarse de lleno a los libros, que hasta podía leer con frecuencia en voz alta
durante las reuniones grupales. Su obra de cabecera fue El hombre en busca de
sentido, de Víktor E. Frankl, un psiquiatra sobreviviente del Holocausto.
Luego, llegaron El poder de la mente subconsciente y Vivir la vida con sentido.
Cuando tomó aire en la superficie, apareció un hombre nuevo.
O al menos dejó ver su lado más humano. Los récords y los triunfos dejaron de
ser su obsesión. La competencia pasó a ocupar otro plano en su día, perdió por
varios cuerpos contra sus nuevos ejes: la familia y los amigos.
Un tramo del perfil que tomamos como eje de este artículo
resume a la perfección el cambio del máximo ganador de medallas de oro en los
Juegos Olímpico (hoy con 21): «A Bowman le costó trabajo asociar al nadador que
usaba audífonos antes del clavado para abstraerse del mundo exterior, esa
persona que estaba tan absorta en sí misma que no se sabía los nombres de sus
compañeros de equipo en los juegos olímpicos de 2004 y 2008, con la persona
parada frente a él ofreciendo pequeñas biografías de los personajes que
pasaban. Decía cosas como: "Ese tipo de allá, es dueño de su propia
compañía", dijo Bowman. "Tenía una pequeña historia sobre todos.
Nunca lo había visto así. Lo miré como diciendo: '¿Quién eres?'"».
¿Quién es? Miguel Phelps, un número uno.