Cuando Deontay Wilder, un gigantón estadounidense de 2,01
metros y cuerpo de ébano, bajó su mandoble derecho fulminando al polaco Artur
Spilka el pasado 16 de enero, todos pensamos que se abría una gran esperanza
para corregir el tiempo desalentador que asfixió a la categoría de los
completos en las últimas dos décadas.
Esto potenciaba la gran sorpresa causada
dos meses antes por un gitano británico: Tyson Fury. Este obelisco de 2,06m
terminó -parcialmente- con el reinado del ucraniano Wladimir Klistscko, que
llevaba 11 años sin perder, conservando en modo tan efectivo como aburrido las
coronas mundiales de tres organizaciones (AMB, OMB y FIB).
En sólo una pelea se puede consolidar un ídolo o ahogar al
mejor prospecto del boxeo. Este juego es así: alentador o decepcionante,
consagratorio o terminal. Y la división de los máximos no es la excepción. Sin
embargo, cuando los mejores vientos parecían reverdecer a este peso,
desmotivado desde que Mike Tyson, Evander Holyfield y Lennox Lewis decidieron
jubilarse de las competencias serias y creíbles en 2003, surgió un fantasma,
inoportuno y dañino: el doping.
La temporada actual azotó a los grandes combates de pesados
con un título catástrofe: "Cancelado por el uso de estimulantes no
permitidos".
Todos aguardaban para el sábado 9 de este mes el desquite
mundialista entre Fury y Klitschko, en Manchester. No obstante, hubo un pedido
de postergación del nuevo campeón por una lesión en un tobillo, que no
convenció a nadie. El diario londinense Daily Mirror se anticipó a sus
explicaciones comentando que el uso de esteroides prohibidos en su preparación
no le garantizaría un test favorable para esa fecha. Por eso, tendrá que
limpiarse y esperar. Decepcionante.
Todos aguardábamos un enfrentamiento de ribetes fantasiosos
y cinematográficos con la llegada de Wilder a Moscú -prevista para el 21 de
mayo pasado- para exponer la corona del CMB ante Alex Povetkin, esperanza rusa
apadrinada por el mismísimo presidente, Vladimir Putin, pero la aparición de
restos de meldonio, "la droga sanadora", en los exámenes previos
exigidos por la VADA (Asociación Voluntaria Antidopaje) pospuso la pelea,
originando un desconcierto total en la industria del boxeo. Wilder decidió
dejar a un lado este compromiso y aceptó una defensa inmediata frente al
californiano Chris Arriola, sospechoso empedernido de reincidir en el uso de
marihuana, por lo cual ya fue sancionado luego de que batiera a Travis
Kauffman.
El gran estupor de la temporada fue causado por el
australiano Lucas Browne, que el 5 de marzo destronó al ruso Ruslan Chagaev,
campeón interino de la AMB, en su propia casa. En plenos festejos y frente a la
conmoción que implicaba la consagración de un oceánico en esa categoría, un
elemento nocivo se cruzó en su camino: clembuterol, un medicamento anabolizante
que aumenta la masa muscular y elimina las grasas. La sanción fue instantánea:
destitución y seis meses de suspensión.
El cubano Luis Ortiz ganó por primera vez el cetro interino
de la AMB con un KO furibundo al africano Lateef Kayode el 11 de septiembre de
2014, pero la aparición en el estudio posterior de nandrolona, un esteroide
anabólico, lo dejó sin título y hoy por hoy lo convierte en una bomba de tiempo
cada vez que sube al ring.
Hay pesados que quieren cambiar la historia, pero la mayoría
luce endeble en estos días frente a un rival invisible: el control antidoping. Penoso y frustrante.