Después de andar más de 2 horas desde la Ciudad de San Juan
por la Ruta Nacional 20, una huella de tierra, ahora compactada y sólo visible
para el ojo acostumbrado, lleva al poblado de Las Trancas. Tan al límite del
mapa está, que en el pasado algunos no tenían
muy claro si era San Juan o San Luis. Es más, la escuela albergue, que
aglutina la mayor actividad del pueblo, se llama Provincia de San Luis.
Alrededor de la escuela están esparcidas cinco casas de
adobe, el resto está bien lejos, algunas a 5 kilómetros, otras a 15 kilómetros.
Todo alrededor es desierto, tierra fina y algunos arbustos. Allí la gente vive
de la crianza y venta de chivos. No tienen señal de telefonía móvil y el puesto
sanitario más cercano está en El Encón, a unos 37 kilómetros.
Las vacas y chivos andaban sueltos y se los veía pastar
allá, en el fondo de la escuela, donde también hay un reservorio de agua para
los animales.
No tienen agua potable y cubren sus necesidades con agua que
lleva en camiones cisterna el municipio, cada 15 o 30 días. Por eso este fue
uno de los pedidos de los vecinos, poder traer agua desde El Encón.
Cuando llueve es imposible entrar al pueblo. El polvo fino
se transforma en un barrizal que paraliza los autos. Más de una vez las
maestras llegaron con barro hasta las rodillas o tuvieron que quedarse un fin
de semana porque no se podía salir por ese callejón.
Hace algunas semanas, a través del Programa de Servicios
Agrícolas Provinciales (PROSAP), se arregló la huella y se compactó. Ahora los
vecinos quieren pavimento.
Gracias al mismo programa nacional, hace pocos días el
pueblo festejó la llegada de la primera línea eléctrica, fue un día histórico.
Es que si bien en la escuela y en algunas viviendas había energía fotovoltaica
generada con paneles solares, esta tiene limitaciones de carga y uso nocturno.
"Es una alegría tan grande, no hay palabras... es un
cambio total. Lo primero que compramos fue el televisor porque la radio ya fue.
También un freezer para poder tener alimentos", dijo Miriam Calderón,
nacida y criada en Las Trancas y dueña de una de las cinco viviendas que hay
cerca de la escuela.
Contó que todos ahí son ganaderos ya que es la única
actividad económica posible. Los chivos se venden cuando alguien va hasta allá
a comprar. "Ese es el problema, a veces no vienen", lamentó.
Los que trabajan en la escuela vivieron la llegada de la
electricidad con la misma felicidad que los nativos. "Cuando pusieron la línea
y tuvimos energía festejé como un niño, gritaba, lloraba, saltaba”, contó Marcela
Beli, profesora en el nivel secundario de la escuela.
En abril terminaron la obra y la energía llegó a la escuela
y a algunas casas. "La escuela tenía paneles solares y también algunos
vecinos, pero cuando no andaba teníamos que andar con candil. No se ría que es
la pura verdad. Hemos llorado 20 años esperando la luz, porque más de la mitad
de mi docencia la pasé en esta escuela y esto es un placer", contó la
docente.
Marcela (derecha) y Sandra, profesoras del nivel secundario.
Marcela es de las docentes que se quedan de lunes a viernes
en la escuela, aunque está allá con sus hijos y su marido, así que el trabajo
se le hace menos pesado. "Es muy difícil enseñar acá pero te llena. Cuando
el docente tiene vocación es la mejor tarea. Acá haces todo porque ellos están
las 24 horas toda la semana con nosotros, entonces sos mamá, papá, psicólogo,
enfermera, consejera y maestra todo el tiempo".
La docente también rescató que a diferencia de lo que pasa
en las escuelas urbanas, allá existe el respeto, "los jóvenes acá tienen
valores".
Alejandro Calderón tiene 13 años y cursa 1er año del secundario.
Es vecinos de la escuela pero al igual que su hermana María Eva, se quedan
albergados y duermen en el establecimiento. "La comida es rica, comemos de
todo, pizza, milanesas, de todo. Las profesoras son buenísimas. Quiero seguir
estudiando para ser mecánico, me gusta todo, motos y autos", contó de
guardapolvo blanco impecable.
María Eva tiene 15 años y cursa 2do año. Dijo que nunca vio
al Gobernador en persona, sólo en la
tele, y como ese día tenía la oportunidad de tenerlo cara a cara contó que le
diría: ' gracias por instalar la luz'.
Otro mundo
Mabel Quero es la directora de la escuela. Llegó hace 6 años
como docente y se queda de lunes a viernes. Contó que la actividad comienza a
las 8,30 con clases normales, pero como son sólo 10 alumnos para los dos
niveles, los grados son agrupados, es decir que hay un maestro para todos los
que cursan la primaria. Hay dos celadores y dos porteras, un profesor de
tecnología.
Los chicos paran a las 12,30 para almorzar y después de un
breve descanso, en la tarde se dictan los talleres. "Estamos a unos 200 kilómetros
de la capital, es la última escuela del sureste sanjuanino. Acá los niños son
tranquilos, con sus inquietudes, pero se trabaja muy bien con ellos. Algunos viven
cerca y otros a 15 kilómetros, algunos llegan caminando y a otros los traen en
vehículos", contó.
Mabel Quero, recibió las donaciones de manos de las autoridades provinciales.
Con la cara rebosante de júbilo contó que por fin llegaron
muchas de las cosas que habían pedido al Ministerio de Educación, y otras que
llegaron gracias al Ministerio de Desarrollo Humano, desde ollas para cocinar y
electrodomésticos hasta una fotocopiadora. "Ahora con la electricidad
podemos usar tantas cosas", dijo emocionada.
Según Mabel "para trabajar acá en Las Trancas es necesario mentalizarse
y prepararse, pero es una experiencia que te enseña muchas cosas. Al principio
es duro, se extraña la familia, pero son renuncias que uno hace para poder llegar
a esta gente con la enseñanza”.
La escuela Provincia de San Luis cumple 70 años. Empezó a
funcionar en un rancho pero en otro lugar. El edificio actual se estrenó en
1966 y desde el '98 funciona como escuela albergue.
"Esta escuela
nos quedó chica, creo que tenemos pendiente una escuela nueva para Las
Trancas", pidió la directora.