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Es veinticinqueño, pasó 27 años encerrado y mudo hasta que un temor lo hizo hablar

Luis Omar Elizondo vive en Casuarinas. Fue víctima de un feroz bulliyig que lo hizo autorecluirse. A sus 44 años encontró una vida nueva.

Por Redacción Tiempo de San Juan

No pudo más. Su psiquis no soportó más. Y decidió aislarse de la sociedad. Un sanjuanino oriundo de 25 de Mayo se recluyó durante 27 años por propia iniciativa, como una escapatoria al dolor que todos los días le infligian en la escuela, en el barrio, a donde quiera que fuera. Las palabras le dolían como latigazos en un espalda ya de por sí dañada. No habló más. Entró a la casa en la que había vivido desde que nació y se quedó ahí hasta hace poco. El temor a tener la enfermedad de su madre. El temor a la muerte. Lo empujó a una nueva vida. 

Luis Omar Elizondo nació el 18 de diciembre de 1975. Desde pequeño soportó una pobreza extrema. De familia cuantiosa, había noches de té con pan y nada más. La ropa estaba remendada. Siempre limpia, pero nunca nueva. En toda la infancia tuvo una candidez humilde. Se daba los gustos que podía: ir a la escuela Prilidiano Puyrredón, en la que estaba muy gusto y aprendía normalmente, e ir a jugar al fútbol. El deporte era magia para él. Si bien no era de los más habilidosos, siempre estaba dispuesto para un picadito con vecinos. 

Omar vivía con toda su familia en una casona de Casuarinas. Nació de la unión entre un hombre de clase acomodada y Antonia Elizondo, una mujer humilde oriunda de la zona. El padre lo abandonó antes de que naciera. Según dicen, un sesgo clasista fue lo que dominó la situación. El progenitor, de dinero, no aceptó formar una familia con una mujer de menor clase social. No hubo inconvenientes por eso. Antonia tuvo a Omar y lo crió como una madre presente. Al poco tiempo conoció a Duilio Bustos. De la pareja surgieron: Mario, Miguel, Daniel y María Rosa. Todos dormían juntos en una misma habitación, en aquel caserón del barrio Antártida Argentina.

Vista de la casona de los Elizondo en Casuarinas.

Los problemas comenzaron por el brutal bulliyig que empezaron a ejercer sobre Omar a los 12 años. Él tiene tartamudez, un leve retraso madurativo, y hasta una pequeña deformidad en la cabeza. Los compañeros de escuela lanzaron toda su odio contra el niño. “Siempre ha sido una persona muy humilde, muy calladita, que hablaba lo justo y necesario por su tartamudez. Lo mirabas a los ojos y no podía hablar, se ponía muy nervioso. Era como Sarmiento, lloraba cuando no podía ir a la escuela. Amaba la escuela y si no iba se ponía mal. Pero en la escuela empezaron a tratarlo mal, a burlarse de sus defectos físicos” dijo su hermano Mario al portal Infobae. 

Pero lo que realmente pesó a la hora de la discriminación y los ataques verbales era la pobreza. Los otros niños no querían juntarse con Omar. La ropa era siempre la misma. Las zapatillas no daban más. “Él se bancaba todo: agachaba la cabeza y seguía. Se comía el garrón él solito. Le podían estar dándole piñas que él no iba a responder jamás. Era un chico con un corazón gigante”, dijo Mario. 

Resistió hasta los 17 años. Ahí expresó su plan, su refugio. Cuando fue a hacerse el documento junto a Antonia y Mario. “Ese día pensó: ¿para qué me hice el documento si me voy a encerrar y no voy a salir más? Ya lo tenía todo planeado. No quería que nadie más lo viera, no quería que nadie más le dijera que era feo”, contó su hermano. Era la primera semana de 1993, justo en el cierre del Carnaval. Decidió no salir más. "El peor momento", dijo Mario. 

El plan estaba en marcha. No salió más. Se encerró en su casa y dejó de hablar para no sentir el peso de su tartamudeo. Dejó de lavarse los dientes, de afeitarse, de cuidarse físicamente. “De a poquito empezó a acostarse más tarde, más tarde y más tarde. No dormía de noche: estaba toda la noche despierto, así fuera invierno o verano, no importaba. Sentado afuera, en el hall de entrada o en el comedor”, contó su hermano. Para sacarlo de esa situación la familia hizo de todo. Hasta contrataron "manochantas" que hacían ceremonias y hablaban de energías oscuras. Nada dio resultado. "No participaba de nada. Cuando nació mi hijo, se lo mostré, lo miró y no le dio un beso, no lo tocó, nada. Hizo una sonrisa solo para complacerme a mí. Le pregunté si quería acariciarlo y con la cabeza me dijo que no. Al principio decía ‘sí’, ‘no’, ‘no sé’ y después ya no decía nada, solo respondía con la cabeza”, refirió Mario.

Así vivió o sobrevivió hasta el 2 de marzo del 2020. El día anterior mandó a llamar a Mario. Lo incomodó una vieja herida que le hizo un perro en la pierna. Lo esperó sentado en el patio, con el pantalón levantado a la altura del gemelo. Apenas su hermano llegó le dijo: "No quiero que me pase lo que le pasó a la mami". Antonia había muerto por diabetes y por dejadez. No quería comer ni ser una carga para la familia. La enfermedad destruyó las venas, nunca quiso ir al médico. Falleció el 16 de marzo del 2018. Dos años después, Omar pidió que lo lleven al médico. 

“Cuando salió de la sala de consulta, la médica llamó a mi tía y a mi hermana y les dijo: ‘Tienen que llevarlo de forma urgente a un psicólogo. El psicólogo le va a saber decir lo que tiene, yo no puedo decirles nada. Me contó un montón de cosas, él necesita ayuda de ustedes y ustedes lo saben”, contó Mario al medio nacional. Cuando volvieron de la visita con la profesional, él dijo: “Quiero cambiar, no quiero ser más así. Hablé con la doctora y me dijo que me iba a ayudar. Lo voy a hacer por ustedes”. Empezó todo una vez más. Salió de la casa. Está en tratamiento. En agosto de ese año comenzaron a ponerle los dientes que le faltaban. Y los cuidados por las enfermedades van bien, mejor de lo esperado. Va al neurólogo y toma antidepresivos. Sus seres queridos hasta se endeudaron para pagar todo. Pero no les importó. "No tenemos alternativa. Si es para él, matamos y morimos”, comentó Mario.

 

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