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Historias del Crimen

Un chileno pendenciero en un bar de Calingasta y el asesinato por una mula

Un grupo de jornaleros se reunieron a beber en un bar de Villa Nueva, Calingasta. Surgió una pelea y luego sustrajeron una mula. Al otro día encontraron al chileno muerto. Fue en octubre de 1967.

Por Walter Vilca

Irascible, pendenciero, proclive a la violencia y al no respeto del derecho ajeno. Literalmente describían así al “Chileno” Collao, un changarín muy trabajador de la mina Castaño que, por su mal carácter y sus borracheras que sólo le traían problemas, era temido en Villa Nueva. Pero como dicen: si no la buscaba, la encontraba.

Aquel domingo, el “Chileno” Collao cayó al bar de Cecilio Sánchez con ánimo de refrescar la garganta con un trago de vino y se encontró con otros compañeros de la mina y vecinos de la misma localidad de Villa Nueva. Entre ellos estaban los hermanos Rubén y Luis Arancibia, Juan Malla, Sabino González y Segundo Cuevas que, a medida que les subía el alcohol, se cruzaban de mesas y charlaban unos con otros.

Luis Armando Collao, así era el nombre chileno residente en Calingasta, se acopló bien al grupo. Todos se conocían. La reunión fue amistosa, pero agitada por los vasos de vino, hasta promediar las 20 horas de ese domingo 22 de octubre de 1967. Es que el “Chileno” no perdió esa maldita costumbre de tomar mal las bromas, se empacó y empezó a discutir con Juan Malla.

La mula

Todos estaban borrachos y no se sabe qué detonó la polémica, pero ambos fueron levantando la voz y de un segundo a otro Collao le lanzó una trompada a Malla y lo tumbo al suelo. Los demás se levantaron para separarlos y el dueño del bar echó al “Chileno”. Éste salió a las puteadas a la calle y arrebatado que era, montó la mula de unos de los Arancibia y enfiló por la ruta 20 al norte.

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Un poblado apacible. El asesinato ocurrió en las afueras de Villa Nueva en Calingasta.

Un poblado apacible. El asesinato ocurrió en las afueras de Villa Nueva en Calingasta.

Uno de los parroquianos vio que se llevaba la mula y avisó al resto de los jornaleros. Julio Arancibia ya se encontraba muy ebrio, entonces su hermano Rubén salió, pero no llegó a detener al “Chileno”. Sin perder tiempo regresó a la vieja cantina y le pidió a su amigo Sabino González que le prestara el caballo o lo acompañara para seguir a Collao.

El otro changarín se subió a su caballo y le dijo “vamos”. Ambos estaban envalentonados y partieron al trote por la ruta por detrás del “Chileno”. Tras recorrer un kilómetro lograron darle alcance. Se pusieron a la par y Rubén Arancibia le increpó diciéndole que devolviera al animal, pero Collao todo desafiante no se bajaba de la mula y lo provocaba.

La agresión

Arancibia se tiró del caballo y corrió a alzar una piedra. Cuando vio que el “Chileno” no se detenía, le largó la pedrada por la cabeza e hizo que éste cayera pesadamente al suelo. El agresor relató que Collao lo enfrentó y por eso le pegó con la piedra. Eso fue lo que dijo, aunque también existió la sospecha que lo atacó a pedradas en el piso y cuando el otro estaba indefenso.

Rubén Arancibia admitió que le pegó al otro jornalero, pero no tuvo la intención de matarlo. Su amigo dijo que no vio nada.

González afirmó que él no presenció la escena porque corrió con su caballo por detrás de la mula para impedir que se le escapara y no vio la agresión. Además, agregó que mientras él sujetaba las tiras del animal, Rubén Arancibia apareció por detrás, le comentó que acababa de pelear con el “Chileno” y juntos partieron arriba del caballo y la mula en dirección al norte por la ruta, sin siquiera regresar adónde había quedado el otro changarín. Con eso quiso explicar que no supieron qué pasó con Collao.

De ahí en más, la suerte del “Chileno” Collao fue incierta. Muchas horas más tarde, a las 8 de la mañana del lunes 23 de octubre de 1967, el comerciante Cipriano Baratta pasó por misma ruta 20 y al kilómetro 175 se vio obligado a parar su auto ante lo que parecía un vuelto en medio del camino. Pronto observó que era un hombre, se trataba de Luis Armando Collao. Notó que éste se hallaba inconsciente y tenía toda la cabeza y el rostro ensangrentado.

El deceso

El comerciante cargó al herido en su vehículo y lo llevó al hospital de Calingasta. El “Chileno” Collao estuvo internado casi un día en ese nosocomio y dejó de existir en los primeros minutos del martes 24 de octubre de 1967. La causa, un severo traumatismo de cráneo.

A esa altura, los policías de Calingasta ya tenían presos a Rubén Arancibia y Sabino González. Las averiguaciones lo llevaron al bar de Cecilio Sánchez y la recolección de testimonios permitió reconstruir las últimas horas de Luis Armando Collao. Así tomaron conocimiento de la pelea dentro del salón, el ataque a Malla, de la sustracción de la mula, la persecución y la agresión de Arancibia.

González fue desvinculado de la causa meses más tarde, pues siempre sostuvo que no participó de la agresión y Arancibia admitió que fue él quien le pegó al “Chileno”. El juez del caso acusó y dejó detenido a Rubén Fermín Arancibia por el delito de homicidio simple. Bajo esa imputación, el fiscal pidió la condena de 12 años de cárcel para el calingastino. Entre sus argumentos, sostuvo que agredió varias a veces a Collao a pedradas hasta dejarlo moribundo y lo abandonó.

Las dudas

La defensa tuvo una postura muy distinta. Partió de la premisa de la mala fama y concepto de Collao, por esas versiones de los vecinos que decían que era conflictivo y violento. También citó el golpe que le dio al otro jornalero dentro del bar y el robo del animal a los Arancibia. Pero hizo más hincapié en que Rubén Arancibia sólo fue a recuperar la mula de su hermano y la víctima lo enfrentó. El punto central que planteó fue que el “Chileno” buscó pegarle y por esa razón le propinó esa pedrada en la cabeza. Incluso dijo que no se determinó fehacientemente si ese golpe fue el que provocó la herida mortal o la víctima sufrió esa grave lesión al momento de caerse de la montura del animal.

El juez afirmó que no había certeza acerca de que si la herida mortal fue producto de la pedrada o de la caída de arriba de animal.

Sin testigos directos, sólo quedó la declaración del acusado. La duda sobre si fue la pedrada o la caída lo que causó la lesión mortal, también se trasladó al juez durante sumario escrito. Por otro lado, el magistrado afirmó que tampoco se acreditó que hubo dolo. Si hubiese tenido la intención de matar, lo más lógico hubiese sido que lo atacara con un arma de fuego o un cuchillo, de uso tan común entre los habitantes del campo, explicó. Sin embargo, Arancibia agarró una piedra que levantó del camino y puede que sólo haya querido amedrentar a la víctima, pero no matarlo.

Ante tan pocas certezas, el juez llegó a la conclusión que debía aplicar el principio de in dubio pro reo y frente a las dudas correspondía fallar en favor al acusado. Con ese fundamento, el 4 de abril de 1969 dictó sentencia y condenó a Rubén Fermín Arancibia, de 34 años, a la sufrir la pena de 4 años de prisión por el delito de homicidio preterintencional. En razón del tiempo que llevaba detenido y al buen comportamiento, el jornalero obtuvo la libertad asistida al poco tiempo.

FUENTE: Sentencia del Poder Judicial de San Juan, artículos periodísticos de Diario Tribuna y hemeroteca de la Biblioteca Franklin.

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