Pero cuánto de verdad había en todo eso. Lo único cierto era que desde hacía tiempo la relación entre Naveda, el dueño del lote, y Alaniz, su inquilino, estaba resquebrajada y el malestar entre ellos crecía. Se insultaban con sólo mirarse. Días más, días menos, aquello iba a terminar mal.
El domingo 22 de agosto de 1982 no fue la excepción. Miguel Ángel Naveda se despertó ansioso y malhumorado. A media mañana vio a Emilio Marcial Alaniz en el fondo y caminó hacia él buscando el choque. Algo se dijeron, discutieron de nuevo y el primero de ellos encontró la excusa perfecta para hacer valer su condición de amo y señor del lugar. La hizo cortita. Le dio las horas contadas a su inquilino para que desalojara la pieza de adobe y se marchara de esa propiedad situada en calle General Roca en Villa Lerga, Rawson.
Alaniz ni le respondió, se dio media vuelta y salió a la calle pensando en qué hacer. El zapatero de 65 años no tenía adónde ir desde que estaba separado y tampoco quería molestar a sus hijos, pero su situación era asfixiante. No se ganaba bien con los arreglos de calzados y últimamente no encontraba otras changas.
La borrachera
Naveda abrió un vino al mediodía y se alzó otras de sus acostumbradas borracheras durante el almuerzo. A la siesta se recostó un rato, pero a las 17 se levantó mareado y continuó bebiendo. Aún no se le iba la bronca con Alaniz y volvió al fondo a ver si su inquilino había retirado algunas de sus cosas.
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Otra imagen. Así se ve ahora la Villa Lerga en Rawson.
La puerta de la pieza estaba con candado y todo estaba igual. Eso desencajó al dueño de casa, que largó puteadas y le dijo a su esposa que, si Alaniz no se iba por su propia voluntad, él mismo lo echaría. Y hablaba en serio.
De la bronca y la borrachera, Naveda agarró una anchada y comenzó a golpear la pared de la pieza a la altura de los palos que hacían de vigas. Poco a poco destrozó los adobes hasta que consiguió que se viniera abajo parte del techo. Ahí como que se cansó o se dio cuenta que se le estaba yendo la mano, así que tiró la herramienta y volvió a su casa.
La llegada del zapatero
Entre las 20.30 y 21 apareció Emilio Alaniz sin saber lo que le esperaba. Pero si temía algo, su expectativa se vio superada frente a lo encontró a poco de llegar al fondo. Parte del techo estaba derrumbado. Obvio que lo primero que pensó fue que eso era obra de Naveda, de modo que pegó la vuelta y se dirigió a la casa de éste. Como la fachada y la entrada de la vivienda de Naveda daba a la calle, directamente le tocó una de las ventanas del fondo y lo llamó.
“¿Quién es?”, preguntó Alicia, la esposa de Naveda, desde adentro. Alaniz respondió: “Yo, Emilio. Digalé a Miguel que salga, que quiero hablar con él”. La mujer contestó que su esposo dormía, que lo viera mañana, pero el zapatero insistió en que lo despertara y volvió a golpear la ventana.
No terminó de hablar, que se escuchó la voz ronca de un hombre largando insultos de todos los colores desde el interior de la casa. Parecía que se había despertado la fiera, porque de adentro Naveda empezó a pegar a la ventana hasta que la rompió y salió a hacerle frente al inquilino.
Una pelea furiosa
Las palabras sobraron, se fueron a las manos y volaron las trompadas de uno y de otro lado. Alicia tomó un palo y se lo revoleó por la espalda a Alaniz, quien en el forcejeo empujó a Naveda y corrió a refugiarse en su pieza. El dueño de casa era más joven y fuerte, tenía 43 años.
Naveda se fue como loco por detrás y ahí se produjo el segundo encontronazo. Alaniz ya se había apoderado de una trincheta que empleaba para arreglar los calzados y, armado con esa punta, se paró en la puerta de la pieza. Sin embargo, el otro agarró un pedazo de adobe y se lo lanzó por la cabeza.
La versión es que el dueño de casa le largó un par de cascotazos, ante eso Alaniz avanzó contra él para detenerlo y le metió un puntazo el pecho con la trincheta. Naveda sintió el fuerte ardor y en segundos notó que le faltaba el aire, entonces caminó en dirección a su casa en busca de ayuda.
La herida mortal
Alicia, que estaba lejos, le escuchó decir: “Mirá lo que me ha hecho”. Después de ese lamento, Naveda se desplomó y quedó boca arriba en el piso de tierra. Se ahogaba. Se oían sus ronquidos, mientras se levantaba la polera para mostrarle a su esposa la herida y la sangre en el pecho.
Emilio Alaniz no se quedó ni un segundo y escapó. Alicia gritó y salió a la calle a pedir auxilio. En la vereda se cruzó con Julio Gouric, un vecino que era policía, a quien le contó que su marido estaba herido en el fondo de su casa.
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La noticia. De esta forma titulaba Diario de Cuyo el caso del asesinato de Naveda.
Ese vecino paró un auto y cargó Miguel Ángel Naveda para trasladarlo al Hospital Guillermo Rawson. Fueron sus últimos minutos de vida. Los médicos llegaron a asistirlo en el Servicio de Urgencias, pero el hombre de 43 años sufrió un shock hipovolémico y murió en una camilla.
Hasta tanto, Alaniz anduvo dando vueltas pensando en qué hacer. Esa madrugada del lunes 23 de agosto de 1982 pasó la noche oculto en un horno de ladrillos de la zona del Médano de Oro y apenas asomó el sol partió rumbo a la casa de su hija. No tenía adónde ir.
Autor confeso
La Policía lo buscaba por toda la provincia. Sucede que la esposa de la víctima había presenciado la pelea y el único sospechoso por el crimen era el zapatero.
El médico forense Celso Mazzitelli concluyó que la muerte de Naveda fue producto del puntazo que afectó un pulmón y el pericardio. El dosaje de sangre arrojó que éste tenía 1,9 gramos de alcohol, o sea que estaba bastante ebrio.
La mañana del lunes 23 de agosto de 1982, Alaniz se entregó a los policías de la Comisaría 6ta por consejo de su yerno. El zapatero lloró y confesó el asesinato, pero arrepentido aseguró que se defendió y culpó de la pelea a Naveda.
Estaba probado que Alaniz fue el autor del puntazo mortal. Lo que faltaba aclarar era si fue él quien agredió inicialmente al hombre que le alquilaba la pieza y actuó con dolo al momento de matarlo, como testificó la esposa de la víctima. O como sostuvo el zapatero, que fue un acto de defensa propia.
La condena
Todo se resolvió en 1987, durante el juicio en el Tercer Juzgado Penal de San Juan. El juez José Enrique Domínguez dio probado que la víctima originó la discusión y la pelea.
En la investigación se acreditó que era falso que Alaniz le debía meses de alquiler a Naveda, pues en la causa apareció el recibo de 50 mil pesos por el pago de julio y agosto, firmado por el dueño de la propiedad. También se constató que parte de la pieza estaba destruida. Además, existían testigos que aseguraron que la relación entre la víctima y el zapatero era mala.
Todo eso respaldaba la versión del acusado acerca de que Naveda inició el conflicto y la agresión. El médico legista certificó los hematomas en el cuerpo de Alaniz a consecuencia del palazo que recibió y del cascotazo, pero la esposa de la víctima también tenía magullones y la ventana estaba rota. Es decir, la pelea existió.
Para el juez, hubo una agresión ilegítima por parte de Miguel Ángel Naveda, pero Emilio Marcial Alaniz reaccionó de una manera desmedida. En base a esto, el 18 de junio de 1987 firmó la sentencia que condenó al zapatero a la pena de 3 años de prisión por el delito de homicidio simple con exceso en la legítima defensa. Como ya habían pasado cinco años del asesinato, el hombre se fue a su casa.
FUENTE: Sentencia del Tercer Juzgado en lo Penal, artículos periodísticos de Diario de Cuyo y hemerotecas de la Biblioteca Franklin.