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Opinión

El aviso de la esteticista a la Corte, en clave para que se entienda

Sentada en el banquillo de los acusados por el escándalo de promoción de la prostitución en que está envuelta, disparó salva pesada indicando que los tuvo de clientes. ¿Qué quiso decir?

Por Sebastián Saharrea 14 de mayo de 2022 - 10:09

Explotó el avispero local con el caso de la estética masculina de pleno centro sanjuanino envuelta en un escándalo. Prostitución, se escandalizó a coro una audiencia presuntamente sorprendida por el hallazgo. ¿Era como como para aparentar estar recién enterado? Antes de entrar en tema específico, conviene repasar un par de puntos:

Primero, la prostitución no es delito, mal que le pese a cierta a brigada moralizadora que lagrimea con Prety woman y a la vez criminaliza su ejercicio a la vuelta de casa. Sí podrá ser un flagelo social, una desgracia que jóvenes mujeres –o no tan jóvenes- decidan poner a explotar su cuerpo a falta de opciones mejores. Parte de la realidad que preferiblemente no debería transcurrir a la vista de los que no lo quieran ver, o no deban hacerlo (como los menores). Pero que la hay, la hay. En esta esquina o en la otra, por WhatsApp o por referencia, en hotel 5 estrellas o en otro más común.

En San Juan, o en cualquier otro lado. En la provincia, la prostitución existe desde siempre, ejercida de modo frontal o encubierto. En el centro o en el barrio. En whiskerías que no sirven whisky, masajistas que no dan masajes. O por books que circulan generosamente, sin que eso signifique estar violando ninguna ley.

Segundo, sí es delito el ejercicio de la prostitución como vía de explotación (artículos 125, 126 y 127 del Código Penal). No para quien la ejerce, sino para quien se aprovecha y le saca rédito. Una figura que cosechó ríos de literatura y de cine bajo los rótulos de fiolos o madamas y que más de un tango simpático habrán cosechado.

Eran otros tiempos: ahora, cualquiera que explote sexualmente a una persona mediante prácticas de prostitución, ya sea intermediando o quedándose con una parte por algún motivo, estará cometiendo un delito no excarcelable.

También es delito la promoción de la prostitución. Es decir aquellos avisos que durante décadas publicaba el rubro 59 de Clarin cada vez más subidos de tono y con consignas impresentables, o cualquiera que quisiera poner un prostíbulo convencional a la vista del transeúnte.

Tal prohibición no ha supuesto la desaparición de la prostitución, ni siquiera mínimamente. Ni en San Juan, ni en ningún otro lado. Sólo que haya cambiado de envase de presentación: menos frontal y a la vista, bajo el camouflaje de otros rubros –como estéticas-, hasta individualmente por redes, más allá de las clásicas plazas.

Con la estridencia del caso de la estética céntrica, por economía periodística o ignorancia profesional las planas de diarios y cuchicheos de galería prefirieron concentrarse sobre “un caso de prostitución”. Como si al momento de ser escrita esta columna no estuviera en pleno transcurso algún hecho de prostitución en San Juan. Sin infligir la ley.

A lo que se alude no es a un caso de prostitución sino a uno de explotación sexual. Una denuncia en la que una mujer decidió revelar que era obligada a prácticas sexuales en un local de estética, lo que constituiría un delito repugnante si efectivamente hubiera ocurrido.

A partir de allí, frondosa literatura. Que cómo no haber advertido las señales, que la manera extraña con que promocionaban los masajes, que un sex shop al lado. Su dueña y principal acusada, justificando la promoción de la práctica erótica masculina sosteniendo que en otros lugares del mundo a donde supo viajar, no es un tema tabú.

Como tampoco lo es la prostitución, aunque la mayoría de los sitios donde se la promocionaba de manera deliberada hasta en marquesinas a la calle con mujeres en vivo en una especie de cubículo a la calle en función de mostrador –como Amsterdam- se decidió prohibirlo. Es decir, ya no se muestra a las mujeres como anzuelo. Igual se practica la prostitución. Y sigue estando Las Vegas, donde cada tanto pasan las limos por The Streep con avisos de mujeres o varones de todo tipo o raza, invitando a pasar adentro del vehículo. Sin que los persiga ninguna brigada motorizada.

Pero esto no es Las Vegas ni Amsterdam, pese a que algunos hayan flasheado con que sí. Y cayó una bomba periodística que interpela a la sociedad sanjuanina, además de la recreación de los fantasmas sueltos que disparó su trámite judicial.

El primero, con las listas de testigos. Consecuencia lógica de haber pasado por una “casa de masajes” pagando con tarjeta, los clientes quedaron registrados y eso desató el morbo ciudadano por conocer quiénes están. Una cuestión lateral, pero lo que más pareció importar a la opinión pública, ansiosa por conocer el listado y debió conformarse con los amigos de las redes, que son más públicos, para dar rienda a los comentarios.

Lo más profundo desde lo procesal es cómo avanzar para probar si efectivamente se practicó la prostitución entre esas 4 paredes. Hablaron algunos empleados, hubo versiones cruzadas, difícil que hablen los clientes. Y cómo localizarlos, otro intríngulis. Se ensayó una fórmula: los que pagaron tarifa de masaje, desecharlos; los que pagaron tarifas más altas seguro que fueron por el lado del “sensitivo”. El ticket los incrimina, letra para una serie de Netflix.

Lo que no parece tener ninguna gracia es la potente frase con que la acusada atendió al sistema judicial en su declaración en el banquillo. Más bien, parece una descripción sobre la calidad del servicio: allí sentada, la mujer disparó en tono cándido y como al pasar que “a mí me conoce todo el mundo”, incluso son sus clientes “miembros de la Corte.

Se entiende por miembros de la Corte al menos a los 4 integrantes masculinos –limitación dada por el tipo de comercio Eros, for men- que conforman la cúspide de la estructura jerárquica que debe juzgarla. Lo que se vio en la audiencia fue una apertura de paraguas en público en la que la acusada decoró su declaración con la simple sugerencia de su lista de clientes, como quien orejea una baraja. Que podría haber evitado. Pero no lo hizo, por algo será.

Parece conocer la acusada que dispone de información sensible, no precisamente en el plano judicial. No aclaró si en esa lista de clientes ilustres –en la que también vociferó que hay empresarios y hombres de la televisión- figuran también jueces de instancias inferiores o fiscales, que son quienes llevan adelante el proceso en su contra. Si así fuera, dispondría de una valiosa información personal de cada uno, referida a los fueros íntimos personales. Tanto si fueran masajes convencionales o “sensitivos” los que ofrecía, bajo sospecha del ejercicio de la prostitución en el lugar y su consecuente onda expansiva social. Para ella, en cambio, probablemente data importante como para confiar en no pasar demasiados dolores de cabeza en los tribunales.

También buena letra para una serie interesante de Netflix. Sólo que con protagonistas reales de a la vuelta de la esquina y no en decorados de la lujosa Las Vegas. Se ha escrito mil veces, va una vez más: la realidad supera a la ficción.

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