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Los libros no muerden

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social.
sábado, 14 de septiembre de 2019 · 10:59

Muchas veces hemos escuchado esta expresión. Solemos utilizarla para la lectura, tan postergada por la pereza. Sabemos que nuestra sociedad, a menudo pendiente de la imagen, cada vez se aparta más de los libros. Pero no es mi intención abordar ahora esta cuestión.

Nuestra tradición religiosa judeo-cristiana (así como el Islam) está basada en un “Libro Sagrado”.  En esas Escrituras reconocemos la Revelación de Dios. La palabra Biblia es de origen griego y significa “papiro” o “libro”. Está compuesta por varios “libros” escritos durante siglos con estilos literarios diversos (históricos, poéticos, apocalípticos, proféticos, cartas…) y en varios idiomas (hebreo, arameo, griego).

Unos se escribieron de modo casi contemporáneo a los acontecimientos narrados, y otros plasmaron en un texto tradiciones orales que se transmitieron por muchas generaciones.

Son libros inspirados por Dios para nuestra salvación y para iluminarnos en el camino de la vida.

Nos traen la historia de nuestra familia.

Cuando éramos chicos, con mi hermano disfrutábamos sentarnos con mamá y papá a mirar fotos familiares mientras tomábamos unos mates. Aparecían abuelos, tíos, primos que el paso del tiempo hacía que nos costara reconocerlos. También familiares que vivían en otros lugares del mundo a quienes nunca habíamos visto, e incluso varios ya habían muerto. Era una manera de reconstruir la historia familiar. Personas, paisajes, viviendas, situaciones de fiestas o encuentros.

Algunos pasajes de la Biblia nos cuentan la historia de nuestra familia de hijos de Dios. Los Patriarcas y su condición peregrina tras una promesa, la predicación de los Profetas, la belleza de los Salmos, la Palabra hecha carne en Jesús, los Evangelios, la Iglesia naciente y misionera, las Cartas de San Pablo… por mencionar algunos.

En estos relatos nos vinculamos con hombres y mujeres de fe testigos de la Resurrección de Jesús el Cristo, y compartimos con ellos nuestra vocación de discípulos misioneros. Somos de su linaje, su estirpe.

En los templos católicos suelen ocupar un lugar destacado dos mesas: el altar y el ambón. En una nos alimentamos del Cuerpo y la Sangre de Cristo, en la otra de Él mismo hecho Palabra. Ambas mesas son importantes para nuestro crecimiento en la fe.

Debemos cuidarnos de la tentación de desvincular ambas mesas, teniendo una mirada reduccionista que empobrece la fe.

Me han contado de algunas comunidades que cuando el sacerdote no está para la misa y un Diácono o un Ministro Extraordinario de la Comunión se hace cargo de realizar una Celebración de la Palabra con distribución de la Comunión, hay gente que se va. ¡Como si fuera poco lo que se ofrece! ¡Alimentarse con la Palabra y la Eucaristía no es poca cosa!

También es oportuno señalar que las llamadas “revelaciones privadas” en nada reemplazan o suplen a la Palabra de Dios. Ni siquiera la mejoran o completan. Nos dice la carta a los Hebreos: “Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo el mundo”. (Hb 1, 1-2). San Juan de la Cruz, comentando estos renglones, expresó: “Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra [...]; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado todo en Él, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad”. (Catecismo 65).

San Jerónimo fue el primero en traducir la Biblia al latín para que pudiera ser comprendida por el pueblo o vulgo (por eso se la conoce como “Vulgata”). Murió en Belén el 30 de septiembre del año 420. Por eso se dedica septiembre como Mes de la Biblia. Jerónimo dijo: “Ignorar la Escritura es ignorar a Cristo”.

Te propongo que cada día podamos leer y rezar con algunos renglones de la Biblia.

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