Caso María Rosa Pacheco

La pista del poder-Por Omar Garade

Al igual que el caso María Soledad en Catamarca, el caso María Rosa tuvo protagonistas ligados al gobierno. Esa línea investigativa nunca se siguió por el juez que instruyó la causa y por supuesto, por la policía de la provincia. La familia de la víctima agregó datos sobre una fuerte discusión que la psicóloga mantuvo unos días antes de desaparecer.
viernes, 02 de diciembre de 2011 · 19:25

“No alcance a hacerle una pregunta, cuando el juez Lanciani, señalando un Cristo de madera que tenía colgado justo arriba de su sillón en la pared de su oficina, me dijo: ‘Solo él y yo sabemos la verdad’. Segundos después me invitó a irme de su despacho,  asegurando que no quería hacer ningún tipo de declaración a la prensa. Si este era el juez que llevaba adelante en ese momento la investigación por la desaparición de María Rosa Pacheco, algo estaba muy mal en este asunto. Sobre todo porque el que me llamó para hablar fue el mismo magistrado”.

 A más de quince años de la desaparición y muerte de la psicóloga, el relato de este periodista que en aquella época cubría el caso, nos muestra el grado de nerviosismo que existía tanto en las autoridades judiciales, policiales y políticas, sobre la investigación del crimen en cuestión.
Todavía hoy el solo recuerdo de este cruento asesinato pone nervioso a más de uno. ¿Será porque nunca se encontró a un culpable? ¿Será porque muchas personas cercanas al poder político suenan cerca del caso? ¿O será porque se llevó a juicio al marido y al cuñado de la víctima con una causa falta de pruebas?

Si repasamos los hechos, pareciera que el crimen de María Rosa fue planeado hasta al más mínimo detalle por alguien que se manejó fríamente en todo momento. Es como si el autor hubiera estado marcando el pulso de cada acto posterior al crimen, para lograr que la investigación quedara en la nada.

La mujer desaparece el 2 de junio de 1996. La última vez que se la ve con vida es a la salida del Sanatorio Almirante Brown, luego de visitar a su madre enferma. Tres días después, su auto, un Renault 19, aparece quemado y sin ruedas en cercanías del dique de Ullum. El 22 de julio son encontrados restos humanos en una hondonada del cerro Villicum. Luego,  un análisis de ADN establece que los restos son de María Rosa. En agosto de ese mismo año Juan José Balmaceda y Jorge Balmaceda son detenidos acusados del crimen.  Después de tres años en la cárcel, los hermanos Balmaceda son juzgados, absueltos y puestos en libertad.

Pareciera que el criminal iba dando de a miguitas a los investigadores, a los periodistas, al público en general de como él querían que fueran las cosas. De a poco iba mostrando las evidencias de su crimen, pero siempre haciendo lo imposible para que se descubriera su identidad. Quizás su golpe maestro en esta trama haya sido la identificación de los restos, algo que le vino al pelo a la causa.

El hecho que los huesos humanos encontrados en el Villicum hayan sido identificados como los de María Rosa, fue muy conveniente. Sobre todo para el gobierno de Escobar que a toda costa no quería tener un “desaparecido” durante su administración.

Además una desaparición sacaba de plano toda la causa contra el marido, ya que un crimen pasional tiene otras características, y no la de alguien que mata, desaparece y no deja un solo rastro de su víctima. Un profesional. Ni más ni menos. Alguien que tiene experiencia en realizar este tipo de “trabajos”. Y en este país todos sabemos de quién podríamos sospechar.

Es por eso que vamos a sacar de plano la sospecha sobre la autoría de su marido y su hermano en el crimen de María Rosa. Cierto es que ninguno de los dos personajes ayudaba mucho para despejar dudas en aquel primer momento. Juan José, por ser un hombre muy parco y demasiado serio, que a algunos les parecía frío, pero no por eso culpable. Y Jorge por ser una persona que amedrentaba con su físico y su extraña forma de actuar, y a la cual nunca se le encontró ni una sola prueba en su contra, excepto esa falsa carta que le envió a su hermano en nombre de su esposa.

Es hora de mirar para otro lado. Y no hablamos del Centro Caminos, ese lugar en donde se trataban a adictos a la droga, porque para ser sinceros en esa época en San Juan la droga no era un problema tan grave como lo es ahora. Algo pudo ver o escuchar la psicóloga en ese lugar, pero seguramente no era la trama secreta de narcotraficantes que le pudiera costar la vida.

Entonces enfoquemos nuestros ojos hacia el poder sanjuanino de esa época. El gobierno de Escobar en lo que respecta a seguridad,  venía ya bastante golpeado con el crimen del abogado y asesor político, Carlos Hensel. Ya con ese caso el poder político había mostrado sus debilidades y sus intenciones de que “todo termine en nada”. Peor aún el Poder Judicial local, que terminó dejando en libertad a su posible asesino y nunca lo llegó a juzgar.

María Rosa trabajaba en un programa del Ministerio de Educación de la provincia que se encargaba de llevar adelante inversiones en esa área con dinero que llegaba desde el Estado Nacional. Su jefe era Francisco León, un personaje que terminó su carrera como funcionario público luego de un vergonzoso incidente en una playa privada del dique de Ullum, junto a un jovencito.

Sus allegados cuentan que los mayores dolores de cabeza que la psicóloga tenía de sus múltiples trabajos, provenían de su participación en el gobierno. Alguna vez León aseguró que su relación con la víctima “era muy buena”, pero sus amigos aseguraban lo contrario, es más,  explicaban que María Rosa no confiaba mucho “en esa gente del ministerio”.

Recientemente desde la familia se supo que también hubo un incidente con otro funcionario del que nunca se quiso investigar,  por más que se presentaron testigos para declarar al respecto. Esto sucedió unos días antes de su desaparición en uno de los pasillos del ministerio de Educación, y según el relato,  se supo que la profesional le reclamaba sobre la aprobación de proyectos de inversión con  los que parecía que ella no estaba de acuerdo.  Varios compañeros de oficina se presentaron a la Policía para testificar este hecho, pero los investigadores nunca lo tuvieron en cuenta y ni siquiera se mencionó en el juicio.

Otro personaje del cual no se investigó lo suficiente, fue el de  Rubén Osvaldo Bufano, que en esa época estaba a cargo de la seguridad con su agencia OVYS,  del sanatorio Almirante Brown, lugar donde  fue vista por última vez la psicóloga, y del cual se cree que participó en la represión ilegal durante la última dictadura militar. Bufano es sindicado como ex integrante del Batallón de Inteligencia 601 y acusado como asesino del escritor Haroldo Conti. También se lo vincula a la llamada Masacre de Fátima, en Pilar, Provincia de Buenos Aires.

 Es decir que cuando hablamos de “desaparecidos” y de quien tendríamos que sospechar en este país en un caso de este tipo, el nombre de Bufano cobra una gran importancia. Vale una sola pregunta: ¿Qué conexiones tenía en el poder este hombre que llegó a poner una agencia de seguridad en la provincia y a la vez conseguir un contrato en un hospital manejado por gremios y con gran presencia financiera desde el Estado, tanto provincial como nacional?
Para seguir sumando a la hipótesis de que el crimen vino desde el poder político sanjuanino de esa época, podemos decir que durante el juicio a los hermanos Balmaceda se ordenaron la investigación de veinte falsos testimonios, en el que se incluye el de ocho policías, el mismísimo Francisco León y otros empleados del Ministerio de Educación.

Por supuesto esas investigaciones quedaron en la nada, y estas personas que mintieron deliberadamente ante la Justicia nunca fueron castigadas por eso. Que por supuesto habla muy mal de la Policía y como construye los casos, del juez Lanciani y su inoperancia para investigar la causa, y del Poder Judicial por dejarse mentir en la cara y no hacer nada al respecto.

Lo que llama la atención es cómo un personaje como León pudo haber seguido en la administración pública después de esto. A uno queda la duda si el gobierno actúa en estos casos con desprecio sobre lo que dice otro poder sobre sus funcionarios, o tan solo mantienen a “un cómplice a flote” como si fuera una mafia. Pero estos personajes hacen su propio destino, y León terminó hundiéndose solo.

Finalmente y volviendo a esa época, es interesante seguir analizando las similitudes que tuvo el caso María Rosa con el de María Soledad en Catamarca. En los dos hubo personajes del poder político como protagonistas del caso. En los dos hubo marchas de silencio pidiendo justicia que molestaron al gobierno. En los dos participó la monja Marta Pelloni, en busca de justicia para los familiares.

Pero quizás la más dura de las similitudes sea la presencia de personas vinculadas a la represión ilegal de la dictadura militar. Los nombres de Patti y Bufano, luego aggiornados en “agentes de seguridad”, son presencias nefastas que se mezclaron en estas causas de la mano del poder político.

Hay una sola cosa en que los dos casos no concuerdan. Los culpables por el crimen de María Soledad fueron juzgados y cumplieron su condena. Mientras que por el caso María Rosa todavía no se ha hecho a nadie responsable.

Todavía no hubo justicia para María Rosa, por lo tanto todavía no hubo justicia para su familia que aún la recuerda y ama. Y si vemos a todos  los sanjuaninos como los miembros de una gran familia, también podemos decir que todavía no hubo justicia para San Juan.

 

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