Doña Ramona Oliva de Maldonado era propietaria del terreno donde se decía estaba enterrada la Difunta Correa y su hijo. Cuando el Gobierno de la Provincia expropió esa tierra para administrar el paraje, el lugar era sólo un desierto sin agua y apenas una decena de casas. Fue en esa época, 1960, cuando tuvo lugar esta historia poco difundida y nunca acreditada, sobre los huesos de un niño encontrados en la tumba de Deolinda Correa.
"Un mes antes de hacer la entrega del predio, doña Ramona manifestó su deseo de sacar un poco de tierra del lugar donde se decía estaba sepultada Deolinda Correa para guardarla en una pequeña urna como reliquia y seguir orando ante ella como lo había hecho siempre, desde hacía más de 30 años", relató Miguel Giménez en su libro "La Difunta y el Niño" publicado en 1996.

Continuó narrando que Doña Ramona pensaba construir una pequeña capillita en su domicilio y en ella un altar donde colocaría la urna junto con sus oraciones y pedidos.
"Su deseo fue concedido y ella misma pidió a Don Otilio Guzmán, persona muy honorable y de absoluta confianza quien efectuaba en compañía de otras personas las tareas de albañilería, que levantara algunos mosaicos y extrajera un poco de tierra... Fuimos llamados en forma urgente para concurrir al lugar y allí entre asombrados, azorados y perplejos, veíamos restos humanos. Decidimos cerrar el oratorio y volver cuando no hubiera promesantes en el lugar... Lo primero que se hizo fue envolver en un paño dos vértebras y unos pedacitos de costillas... estaba resuelto mantener el más absoluto secreto sobre el particular", relató en primera persona Giménez quien se asume protagonista y por lo tanto testigo del hecho.
Esos huesos fueron entregados a Doña Ramona. Luego contó que los huesos fueron examinados por un "profesional" quien determinó que pertenecían a un niño de entre un año y medio y dos años y que llevaba muerto entre 100 y 120 años.
Para Giménez, la autenticidad de los huesos radica en que los primeros enterramientos en la zona fueron de los ferroviarios de Vallecito, a partir de 1913, y que por entonces ya era obligación el ataúd y certificado de defunción.

"Otro hecho que consolida la certeza de la autenticidad de que los restos humanos pertenecen a quien fuera el hijo de Difunta Correa, es que el enterratorio que existió en el lugar desde el año 1913 al 1953 estaba separado del sitio donde se encuetan los restos hallados por una franja de casi 4 metros", aseguró.
Doña Ramona guardó esa reliquia en la tumba de su esposo, Fabián Maldonado, en el cementerio de Vallecito. Cuando ella murió fue enterrada junto a su esposo y nunca más se supo si las reliquias las guardó en otro lado o fueron tiradas por quien no sabía de qué se trataba y sólo vio huesos, según el relato del autor.
"Un trabajo científico y práctico, de excavación y estudios, seguramente daría los datos precisos sobre los restos del niño ya que se conoce exactamente el lugar en el que se encuentran y haría posible ubicar los restos de la Difunta ya que resulta fácil deducir que se hallan muy próximos a los de la criatura", finalizó.
Las certezas son para los que tienen fe. Para el resto, es parte de la leyenda.