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OSCURO OBJETO DEL DESEO

Historia cultural de la sodomía

El término nació por una equivocación bíblica y aún hoy la práctica está prohibida en casi medio mundo. Un éxito teatral que llega a la Argentina pone la cuestión del lado del placer. Tabúes, prejuicios y realidad, de los cantos de hinchadas a la cumbia villera.

Por Redacción Tiempo de San Juan


POR FLORENCIA GUERRERO 

En 1972, Último tango en París llegaba al cine, con destino de romper varios prejuicios. Explosiva de erotismo, pasó a la historia por la memorable escena en que Marlon Brando sodomiza, manteca mediante, a la bella Maria Schneider. En aquel momento, la sociedad de la educación y las buenas costumbres mundial estalló en furia por el “exabrupto”. Varias décadas después, el bestseller La rendición apuesta a lo mismo.

El libro, devenido en obra teatral que ahora llega a la Argentina, trata sobre la historia real de la bailarina clásica Toni Bentley, que encuentra en la sodomía un placer infinito y descubre que ya no quiere hacer otra cosa más que eso. Pero no todo es perfecto: entre escena y escena, la protagonista pone en cuestionamiento si aquella práctica no es una enfermedad. Pecadora o no, desde entonces acepta ser sometida a otro tipo de experiencias sexuales. “No hay más alternativa que la rendición, soy suya por completo, en cuerpo, alma y culo. Goza de mi libertad”, exclama Isabelle Stoffel, la actriz que interpreta a Bentley: en España, la obra reabrió una vieja polémica.

“Históricamente, el sexo anal se consideró como contra natura, ya que por tradición religiosa sólo se consideraba ‘natural’ aquello que se hacía con fines reproductivos. En el mundo occidental judeo cristiano todo lo que no estaba dentro de los cánones establecidos era visto como obsceno”, explica León Gindin, autor de La nueva sexualidad de la mujer, editado en 2005 por Norma. El libro explica que en el continente americano, no hace muchos años, las jóvenes usaban esta práctica con el fin de preservar la virginidad y evitar embarazos indeseados.

Tal vez el primero en imaginarlo, el Marqués de Sade dio vía libre a sus pulsiones en Los 120 días de Sodoma. Allí El Obispo, un hombre flaco y de aspecto desgarbado, engendra a un apasionado de la sodomía. Varios años después, la antropóloga Margaret Mead analizó la cuestión cultural que operaba en sociedades de Nueva Guinea, donde el sexo anal representaba un acto obligatorio como parte de los ritos de la pubertad, porque se creía que los jóvenes no crecerían como es debido si no recibían el semen de hombres de más edad.

“Aún hoy la sodomía está usualmente vinculada a cuestiones negativas. Los pacientes suelen consultar sobre riesgos, problemas o inconvenientes que podría ocasionarles el practicarlo. Es un error plantearlo de esa manera: es una práctica que, bien realizada, puede generar placer a los dos integrantes de la pareja”, aporta el sexólogo Adrián Sapetti. La actualidad lo demuestra: la historia intentó velarlo, pero raspando un poco en la superficie aparece lo evidente: el sexo anal emerge en diferentes etapas significativas en la historia de la humanidad.

Uno de los pioneros en estudios de las relaciones sexuales anales entre hombres y mujeres fue el sexólogo Alfred Kinsey, que ya en 1948 reconoció el potencial erótico del área anal basado en la alta concentración de terminales nerviosas próximas a los órganos sexuales y la interconexión con otros músculos de la pelvis. “Hoy se sabe que en el mundo heterosexual occidental, aproximadamente el 40 por ciento de las parejas ha practicado la sodomía y que en más del 20 por ciento es una práctica frecuente. En la comunidad gay, el porcentaje se eleva al 50 por ciento”, agrega Gindin.

“La parejas heterosexuales lo practican pero no lo admiten –explica Bentley–. Creo que la naturaleza del tabú que pesa sobre la sodomía se basa en la vergüenza. El ano es un punto de nuestro cuerpo y desde la niñez se nos acostumbra a verlo como algo sucio, que debe mantenerse en privado”. Efectivamente, la persistencia de la prohibición cultural a lo largo de los siglos extendió la idea de la calidad de “antinatural” del coito anal. Contra eso, la verdad evidente: el sexo anal existe casi desde que el mundo es mundo.

Ya en las interesadas crónicas en los tiempos de la colonia pretendieron desenmascarar la supuesta sexualidad infame de los pobladores americanos. El cronista oficial de Indias, Gonzalo Fernández de Oviedo, escribió en 1552: “Porque, en la verdad, según afirman todos los que saben estas Indias (o parte de ellas), en ninguna provincia de las islas o de la Tierra Firme, de las que los cristianos han visto hasta ahora, han faltado ni faltan algunos sodomitas, además de ser todos idólatras, con otros muchos vicios, y tan feos, que muchos de ellos, por su torpeza e fealdad, no se podrían escuchar sin mucho asco y vergüenza, ni yo los podría escribir por su mucho número e suciedad”. Una infamia, entre tantas otras, que sirvió para consolidar aquella cruzada de cultura y civilidad que escondía la verdadera intención de saquear todo a su paso.

Si hasta aquí la información despierta polémica, qué decir del origen bíblico del término sodomía. “Todo comienza con un error de interpretación de la historia de Sodoma y Gomorra, en el que se identifica el pecado de la primera ciudad con el sexo anal, aunque si uno lee atentamente, Dios castiga a Sodoma por la falta de hospitalidad de sus ciudadanos. Quien comete el error documental fue San Agustín, y nadie nunca modificó esa acepción porque en el fondo se pretende el control moral de los fieles, dominando su intimidad a través de la culpa”, analiza el teólogo Adrián Vitali. Gracias a ese manejo es que se sustentaron las leyes que identificaron el sexo anal con una herejía castigada con la muerte.

“Si un hombre sodomiza a su compañero y se le prueban los cargos y se le encuentra culpable, le sodomizarán a él y le convertirán en eunuco”, demandaba la primera ley contra la sodomía dictada en el siglo XII a.C. en el imperio asirio medio. Aunque parezca absurdo, en la actualidad 73 países distribuidos en África, Asia y Oceanía prohíben el sexo anal. Y no es todo, el abanico de prejuicios y discriminación incluye un dato más jugoso: en países como Chile y Estados Unidos la edad establecida para el consentimiento legal en una relación homosexual es más alta que para una heterosexual. “Para la dominación cultural resultó muy importante el tema de la vergüenza. A las mujeres nos dicen desde pequeñas que el sexo es por la vagina, cuando tenemos tres posibles formas de penetración y además el recto y la boca están conectados”, cuestiona Bentley, atea confesa y militante contra el oscurantismo erótico que hasta se da el lujo de colar sus interpretaciones en la cultura popular actual.

Según el sociólogo Pablo Alabarces, autor de Cuestión de pelotas. Fútbol, deporte, sociedad, cultura, “en los cantitos de la cancha donde unos piden a otros ‘Entregá el marrón’, lo que se produce es la metáfora del sometimiento. En esta ética del aguante las relaciones sociales del fútbol se sintetizan en un mundo cerradamente masculino donde lo más valioso es ser el más macho: ese es el terreno de disputa en el que la relación anal es vista como entre vencedores y vencidos”. Lo cual, en términos maradonianos, se simplificaría en “la tenés adentro”. Sin atisbos de felicidad, claro está.

Pero la cultura popular también puede ver la luz, y el mismo origen de aquella acepción peyorativa acuña pequeños espacios en los que la resignificación de los términos, y principalmente las prácticas, no padecen el estigma de apocalípticas. “Notamos que dentro de las expresiones actuales, la cumbia villera es una de las que abre un panorama diferente –destaca Alabarces–. Cuando se tematiza el sexo anal heterosexual pareciera tener una lectura en la que se iguala la posición de la mujer. Es un fenómeno nuevo y comienza a mostrar que ellas también son legítimamente sujetos de placer”. Bandas como La Pura o Supermerk2, con el hit “Pelito con pelito”, lo confirman.

“Siempre que se respeten las medidas de cuidado e higiene, la sodomía no debería causar preocupación alguna. Llegó la hora de sincerarnos y vivir el sexo con verdadera libertad, no con la que acostumbramos predicar y no practicar”, arenga Sapetti sobre aquel verdadero hallazgo del paisaje erótico humano recreado entre otros por Brando y Schneider, quien varios años después confesó que aquella escena no figuraba en el guión hasta que fue sugerida por el actor norteamericano. Cierto es que desde aquel momento, los tabúes culturales operaron históricamente definiendo aquello que se hace pero nunca se dice, porque dios manda. Por si quedan dudas, Bentley suspira en La rendición: “Entrad por la salida, les espera el paraíso”. A buen entendedor…
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Opinión

Romper las barreras del prejuicio
Por Isabelle Stoffel
Actriz

Un amigo me sugirió que leyera La rendición y al hacerlo encontré la voz honesta de una mujer que cuenta sus experiencias más íntimas. Toni Bentley tiene un don de autoobservación muy irónico y se mete en un tema del que socialmente no se habla. Lo noto en el nerviosismo de los espectadores, por ejemplo algunos necesitan desahogarse y lo hacen soltando una carcajada.

A primera impresión creo que muchos esconden su vida sexual en el sótano, bajo los avatares de la vida cotidiana, lo cual termina siendo un error. Así que lo mío no es una reivindicación de la sodomía porque también profundizo sobre otros temas: me interesa lograr que la gente reflexione sobre la importancia de la sexualidad y sobre por qué la sodomía llegó a nosotros como un tabú. Porque finalmente, el sexo es un motor de la vida, aunque nos resulta difícil ponerle palabras al poder que transmite.

Para interpretar hay que experimentar y eso me pone en un sitio interesante. Es casi la excusa para saber de qué voy a hablar. Una vez que estoy en escena, el objetivo se cumple si genero en los que miran una sacudida física. Espero poder romper las barreras de prejuicio existentes en todo el mundo. La sexualidad plena bien vista comienza en el autoconocimiento.

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