Editorial

Al fin se vota en la UNSJ, en el peor momento y de la peor manera

Un año después, en las peores condiciones posibles. Con un sistema que altera caprichosamente la democracia por una división en estratos. Por si fuera poco, la aparición de campañas rentadas.
sábado, 1 de mayo de 2021 · 10:59

Por si faltaba algún condimento al extraño coctel electoral de la Universidad Nacional de San Juan, aparecieron las campañas rentadas como si se estuviese votando al intendente de un pueblo.

Se podrá argumentar que ésta convocatoria a las urnas es tan particular, que la ausencia de un clima electoral con afiches pegados en las paredes universitarias reclama un ámbito nuevo para debatir modelos políticos y por eso aparecieron las pautas publicitarias al formato de la política tradicional.

La realidad es mucho peor que eso. La irrupción de este modelo tantas veces denostado en los claustros y ahora asumido con naturalidad es inédita en la vida universitaria, donde hasta acá se ufanaban de saldar diferencias políticas con campañas más sanas. Ahora hay, como nunca, avisos en los diarios, en las radios y la TV, señal inequívoca del arribo al ambiente político universitario de aportes financieros al menos extraños y difíciles de justificar.

¿Una facultad paga los avisos de sus decanos/candidatos? Y si no son ellos, ¿quién los paga? Preguntas de respuestas necesarias y difusas, imprecisas, en un ambiente que se jacta de ir a contramano de las deformidades del sistema político formal. Y que denota la llegada de inconfesos intereses a tallar sobre este paño donde se juega el segundo presupuesto de fondos públicos más importantes de la provincia, por encima de los municipios de Capital y Rawson. Referencia necesaria para poder comprender mejor la situación.

Es la frutilla en el postre que faltaba a un coctel que viene mal alumbrado desde hace tiempo, cuando el nacimiento de la pandemia –ahora descubrimos que a niveles mucho menos duros que los de ahora, en San Juan y el mundo- demoró casi hasta el infimito la renovación de autoridades. Que debía hacerse en junio el año pasado y se hará en junio de este año, un año exacto después, miles de casos diarios de diferencia.

 

 

Desde cuando fueron suspendidas las elecciones en fecha original hasta ahora, pasaron cosas. Siempre para peor, no exclusivamente en el plano sanitario: se produjo en el medio el fallecimiento de una candidata que corría con chances de ganar, Mónica Coca.

En junio de 2020, el fantasma del Covid se veía en San Juan mayoritariamente por televisión. Todos atemorizados por las dantescas escenas provenientes desde Europa, también por la gestión monotemática de los canales porteños entretenidos en sus propias tripas.

Pero en San Juan, los casos diarios se contaban con los dedos de una mano. Se iba preparando para lo que seguramente ocurriría, todos tenían la certeza, faltaba poner la fecha: que el bicho rompiera el cerco de la frontera interprovincial y se difundiera sin freno en San Juan. Eso ocurrió el 20 de agosto, es decir dos meses después de la fecha original de las elecciones en la UNSJ. Suspendidas ante la parálisis del ambiente universitario local ante las imágenes provenientes de cualquier lado. Menos de San Juan.

Luego ocurrió que la provincia comenzó a complicarse, llegó el pico en noviembre y desde allí comenzó a bajar la cantidad de casos de los 500 diarios a los que alcanzó. Pero, caramba, vacaciones. Hasta que se reseteó desde cero el sistema con diciembre y enero paralizados, otra vez a activar los calendarios con ritmo paquidérmico y así llegamos a tomar decisiones en marzo para….junio.

Nadie sabe con certeza en qué condiciones sanitarias se llegará a junio, dentro de un mes y medio. Sólo se sabe que, seguramente, será peor. No sería una carambola imprevisible que a esa altura, el país y la provincia puedan estar atravesando la peor faceta de las turbulencias por el Covid. Hasta resulta lo más lógico analizando los datos actuales y proyectándolos con cierta racionalidad.

Es decir que se podría estar en el peor momento, claro contraste con junio del 2020 en el que no había casos y se postergó por el fantasma que se veía venir, pero todavía no llegaba. Ahora no hay margen por una nueva marcha atrás, por lo que lo más seguro es que se avance igual con la elección, a menos que ocurra una catástrofe. Será el precio de decisiones erradas, algo también de un excesivo arraigo por los cargos.

Cierra el círculo el sistema con el que será cursado la elección, una verdadera negación de cualquier sistema democrático real que, milagrosamente, no cosecha ningún cuestionamiento en un ambiente dedicado a pensar como es una universidad. Y que coquetea con el voto calificado: en realidad lo es, cada voto vale de acuerdo a la condición de cada uno.

Se trata de un sistema que postula que todos son iguales de modo artificial, cuando en realidad todos son diferentes por el peso de su comunidad. Texas no es lo mismo que Connecticut, por caso, en una elección indirecta por decidir al presidente de EEUU: cada uno lleva la cantidad de representantes acorde a su tamaño demográfico, su cantidad de habitantes. Del mismo modo, Buenos Aires no es lo mismo que Tierra del Fuego, ni en una elección indirecta como era hasta 1994 llevando representantes a un colegio electoral ni en una directa como ahora, ni llevando diputados al Congreso (sí senadores).

Pues bien, el sistema de esta universidad y apenas un puñado más presumen que todos los compartimentos son iguales –tanto de personal como de facultades-, intentando apuntalar un presunto plano de igualdad que en realidad funciona exactamente a la inversa: altera la igualdad. Ejemplo: el voto de un alumno puede significar hasta el 10% del peso del voto de un docente, de acuerdo a qué facultad sea. Sí, increíble, y todo en nombre de la igualdad.

Eso es posible en este sistema por la doble alteración de la natural composición del espectro universitario. Un integrante igual a un voto, cumpla la función que cumpla y provenga de donde provenga, sería un principio incuestionable.

En la UNSJ, eso no es así. Los docentes ocupan por designio estatutario de los iluminados que lo crearon (en el más estricto sentido de la palabra, porque se arrogaron una jerarquía superior), el 50% del peso electoral total. Es decir que el voto de todos los docentes vale la mitad de todos los votos, luego hay que dividir por la cantidad de docentes para establecer cuánto vale cada voto docente. Todos los alumnos de la UNSJ representan la mitad de ese peso, el 25%, y como son muchos más que los docentes, su voto individual valdrá mucho menos que ¼ del voto docente, depende de la facultad, otro factor que se ampliará.

Eso explica que el voto del alumno no le importe mucho a nadie en campaña, más vale concentrarse en los docentes. Es decir, una elección cerrada en su propia burocracia. O en los PAU, personal de Apoyo Universitario que pesan el 11% del total, pero como son mucho menos, su voto es gravitante al punto que uno sólo PAU a favor o en contra es capaz de definir una votación en una carrera. Luego, otro 11% queda para los egresados por el mismo sistema, el 2% para los colegios universitarios (los docentes y PAU, se entiende) y el 1% en manos del rectorado. Una bala de plata, en medio de una ponderación caprichosa y nada democrática, como puede advertirse.

Aparece luego otra igualdad forzada en el sistema electoral que se suma a la anterior: todas las facultades son iguales (20% de ponderación cada una de las 5), por más que Arquitectura tenga el 10% de los estudiantes que Sociales, por ejemplo. Sería lo mismo que igualar a Santa Fé (3,4 millones de habitantes) con Santa Cruz (320.000) en la elección de presidente de la Nación. Absurdo.

Entonces, todos los docentes de Arquitectura pesan 10% del total y los de Sociales lo mismo. Con lo que los docentes y los estudiantes de una facultad son mucho más importantes que los de otro en el peso de su sufragio. Y según la diferencia interna entre docentes y estudiantes de cada facultad, el voto del primero puede valer hasta 10 veces más que uno de los segundos. ¿Se entiende?

San Juan es una de las 9 universidades públicas del país que emplea este sistema. Las otras son La Pampa, Luján, Misiones, Río Cuarto, Salta, San Luis, Villa María y Santiago del estero. Aplican sistemas muy parecidos, con escasas variaciones en las ponderaciones (Luján y Santiago superan el 57% para docentes, Misiones da sólo el 20 a estudiantes, seguramente por considerarlo pasajeros, como si los docentes no lo fueran). Fuera de eso, no hay “democracias”, ni universitarias ni nacionales ni de ningún otro tipo que pueda sostener un mecanismo como éste.

Las otras 37 universidades públicas del país –incluidas las dos más importantes, la UBA y la UNC- tienen otro sistema, que es indirecto (las anteriores, pese a su entrevero, son “directas”) y consisten en designar electores. En la UNSJ era así hasta que la administración de Tulio Del Bono lo decidió cambiar –para una de sus dos reelecciones- por esta ponderación infundada que altera la expresión de la comunidad universitaria.

La cambió para otorgarle un valor de acuerdo con la cara del cliente, o su condición o su procedencia. Todo, en nombre de la democracia.

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