Editorial

Alberto, experto en grietas (mirá si se iba a perder San Juan)

El presidente aplica su propia receta para surfear sobre una división nacional cada vez más evidente y sangrienta. El resultado, en revisión. Una reacción bien a lo peronista.
sábado, 30 de enero de 2021 · 11:59

De los dos lados lo tironean al presidente Alberto Fernández. Y forcejean fuerte: unos, los sectores corporativos, descerrajan sobre su gestión las pestes más crueles que ni siquiera Cristina debió enfrentar; otros, los propios, empiezan a filtrar por lo bajo y también por lo alto quejas amargas cercanas a la desilusión.

Le pega en la cara la grieta más profunda a Alberto, sin solución de medias tintas. Y él, calmo como es habitual, no parece en su faceta pública registrar alguna incomodidad: si sufre, lo hace en silencio.

Y aplica su propio paracetamol a una grieta cada vez más potente: un tono monocorde, una acción simpática con el statu quo, nada de peleas con nadie. Ni siquiera sobre los temas que más impactan sobre el electorado (el suyo en especial), que son los de tipo económico y que han llevado a un emblema peronista como al asado a condición de inaccesible.

Por ahora, los resultados de su acción están en permanente corrección. Sin margen para una evaluación terminante: no le va catastróficamente mal, tampoco de maravillas. Lo que sí puede advertirse a primera vista es que no está consiguiendo dejar contento a nadie, ni a quienes lo rivalizan y lo harán cualquier cosa sea la que haga, ni a los que lo sostienen y se han juramentado hacerlo al extremo de sus fuerzas porque del otro lado está el abismo.

Esa tensión puede percibirse en los diarios de todos los días, su tendencia es creciente. Una virtual carnicería conformada por el abanico de los diarios más importantes del país en cantidad de lectores, criticando a coro y sin anestesia cuando interpretan un mal paso en el elenco oficial.

No encuentran demasiados obstáculos en individualizar el tema del día y salir en equipo a destrozar al Presidente y desde el hacia abajo en efecto cascada. Todos los días, a toda hora. Un efecto que ni siquiera Cristina en los tiempos más bravos de su gestión debió soportar. Ni en aquellos días iniciáticos de la grieta en que el propio Néstor no encontraba eco entre sus contactos de TN para que le bajaran la pantalla partida cada vez que hablaba Cristina en la crisis del campo y el otro plano apuntaba al gesto del mellizo De Angeli junto al resto de los productores en la ruta. Ni cuando jugaban solos y Cristina apenas aparecía desfilando en los juzgados federales.

Nunca tan potente ese pistón de la grieta como ahora con Alberto, ni tan amplio en consenso como en las firmas que se suman al efecto: diarios, sectores empresarios, una fracción importante de la clase media. Y eso que Alberto no es Cristina, ni cerca, en capacidad de producirles ese efecto espanto: ni dice cosas imposibles de digerir para ellos, ni su acción de gobierno muestra determinaciones fulminantes, mucho menos irreductibles y sin marcha atrás.

Pero igual lo corren todos los días con que Cristina gana espacio en tal o cual repartición (como si eso no resultara natural al ser el kirchnerismo el accionista mayoritario del triunfo de Alberto), le organizan corridas contra el dólar, contra el acuerdo con el FMI, ahora contra las acciones de YPF y también contra la campaña de vacunación. Entonces, ¿por qué con él, de manera implacable y sin descanso?

En la respuesta a esa pregunta yace el creciente malhumor de su propia fanaticada. Creen –y lo dijo la propia vicepresidenta cuando tocó por segunda vez el timbre para que se corran los “funcionarios que no funcionan”- que lo hacen para condicionar a los que están. Que lo que consideran el mantenimiento del lawfare sin que Alberto mueva un dedo opera no hacia el pasado sino hacia el presente y el futuro: los funcionarios K presos son una imagen vigente para espantar a los actuales en sus decisiones.

Y creen que mal no les está yendo a los que no cesan en la modalidad. Porque a su criterio, Alberto ha asumido un rol de tal intransigencia en su afán de no pelarse con nadie, que no toma medidas fuertes que puedan evitar efectos no deseados. En este partido, con alguien te tenés que pelear, parecen sugerirle, y también parece que se les está agotando la paciencia.

No sólo le piden petardear el lawfare por la vía de un indulto a los ex funcionarios kirchneristas detenidos (De Vido, Boudou, etc) que es exclusivamente una atribución presidencial y Alberto ya rechazó, sino también otras en el campo económico.

Ya ni se puede comer un asado, le critican a Alberto desde adentro de su propio partido y en voz alta. Antes de repetirle que se trata de una consecuencia de su decisión de no aplicar retenciones a los granos en pleno aumento internacional de los valores, que impactan en la mesa de los argentinos. Lo que hizo Cristina, Lousteau y el propio Alberto como jefe de Gabinete en 2011.

Ahora apareció el tema de la pauta publicitaria nacional para reforzar el malhumor de los propios. Le señalan al presidente que las cifras de 2020 fueron de un incremento más alto que la inflación (el 40% contra el 35% del Indec), con la particularidad que los destinatarios de los fondos fueron en gran parte parecidos a los de Macri. Es decir, que la pauta de Alberto fue a las mismas manos que las de Macri, con el detalle de que a Alberto lo destrozan a corazón abierto hora por hora. Demasiado naif, para sus propios partidarios.

En pleno recrudecimiento de esa grieta, apareció repentinamente la grieta de San Juan. Pero esta vez, una grieta real, palpable y demasiado dolorosa para este lado del país. Y el presidente aprovechó para enviar un par de señales políticas evidentes. Primero, recostarse sobre su verdadera fortaleza política en medio de este berenjenal: los gobernadores, entre quienes Sergio Uñac ocupa un rol claramente relevante. Segundo, captar cierto aroma peronista en esa rápida reacción de asistencia que rememoró a la del propio Perón en 1944, cuando incluso conoció a Evita además de viajar a San Juan.

Demoró minutos el presidente en comunicarle al gobernador sanjuanino que vendría a la provincia al día siguiente del terremoto. Acomodó la agenda y aterrizó a menos de 15 horas de producido el sacudón, recorrió los lugares y se comprometió a una rápida asistencia.

Fue cumpliendo de inmediato. Y mandó a tres ministros fuertes de su gabinete a poner la cara: Katopodis, de Obras, a supervisar las reparaciones y a percibir en carne propia la necesidad de viviendas, luego complementado por Ferraresi; y Arroyo, por lo mismo en el área social.

Hasta que un twit desde Mendoza devolvió a la realidad. La senadora provincial macrista Hebe Casado posteó despectivamente su asociación con el peronismo iniciático: “LPM, espero que este temblor de San Juan no sea como el de 1944 que nos trajo 75 años de mala suerte. Pasamos de ser primer mundo, a ser peronia”.

Si lo hizo, habrá pensado que el pronunciamiento le depararía más apoyos que rechazos. Y muy lejos de eso no habrá estado. Otra vez, la maldita grieta.

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