La radio lo atrapó de casualidad y, de algún modo, le dio un lugar cuando todo a su alrededor estaba desordenado. Roberto Di Luciano llegó a ese primer estudio casi arrastrado por un amigo, sin saber bien qué estaba mirando. Venía de atravesar una pérdida fuerte, de las que dejan a uno sin demasiadas certezas, y cuando entró a la emisora -que era Amanecer- sintió que algo encajaba. No sabía manejar un micrófono, no entendía el lenguaje del aire, pero entendió lo esencial: ahí había una forma de decir, de acompañar, de no estar solo.
Empezó de abajo, con lo mínimo. Mencionaba el nombre de la radio, el del ganador de un sorteo o simplemente anticipaba cómo iba a estar el tiempo. Se grababa, se escuchaba una y otra vez, corregía, volvía a grabar. Se encerraba durante horas, todavía adolescente, persiguiendo una voz que aún no sabía que estaba buscando. Recién ahora -después de décadas de micrófono- se anima a decir que siente que le va bien. No por números, sino por el vínculo. Por los mensajes que llegan, por las historias que le cuentan y que muchas veces lo descolocan.
Hablarle a alguien del otro lado es, para él, el corazón del oficio. No cree en la radio como simple herramienta de información, sino como compañía. Por eso elige no hablar de política al aire. No porque no le interese ni porque no tenga opinión, sino porque entiende que la gente prende la radio para otra cosa. Para distraerse, para sentirse acompañada, para encontrar un respiro. “La política no le gusta a la gente en la radio”, dice sin rodeos, y ahí traza un límite que nunca quiso cruzar.
Embed - Roberto Di Luciano, sin libreto
La rebeldía sigue siendo parte de su identidad, aunque hoy tenga otras formas. La esencia no se negocia, pero sí se transforma. Dice que donde antes había provocación, ahora hay historias, ejemplos, situaciones cotidianas que cualquiera puede reconocer como propias. Muchas de esas historias suenan tan reales que parecen confesiones personales. Y, en parte, lo son. Aunque también hay truco. Di Luciano admite que gran parte de lo que cuenta es invento, improvisación pura, herencia directa de aquellos tiempos de radioteatro sin guion, sin papeles, sin red. Cuando se aburre, cambia. Siempre fue así.
Desde hace 30 años, Roberto Di Luciano conduce Bala Perdida. Hoy, por Rock and Play.
Fuera del micrófono, en cambio, es otro. Escucha más de lo que habla. Observa. Junta material sin que nadie lo note. Quizás por eso sus relatos funcionan: porque nacen de una atención constante al entorno, a lo que le pasa a los demás. Como en la cocina, otro de sus refugios. La parrilla como desenchufe, la pasta casera como homenaje a su abuelo italiano y a esa mesa familiar donde la comida era sagrada. Ahí también hay método, aunque parezca improvisación. Y ahí también hay una idea clara de respeto por el oficio.
El rock atraviesa todo. Como oyente, como productor y como identidad cultural. Di Luciano defiende el rock barrial, lo siente cercano a la gente y lo piensa como expresión artística, no como estigma. Traer bandas a San Juan es, para él, mucho más que un negocio: es generar trabajo, movimiento, emoción. Detrás de cada estadio lleno hay cientos de personas trabajando y una logística compleja que pocas veces se ve.
Roberto Di Luciano hizo casi todo lo que quiso hacer: radio, televisión, programas nacionales, grandes escenarios. Pero confiesa que no se permite el cierre. Sigue cambiando cuando se aburre, sigue buscando formatos, sigue defendiendo la idea de hablarle a alguien del otro lado. Sin libreto. Como el primer día.