Empresarios: Analía Millás

“Tuve que demostrar más por ser mujer”

A cargo de una bodega y participando en las empresas de transporte de la familia, aseguró que fue fácil ingresar al mundo empresarial pero difícil mantenerse en el rol de directivo en un rubro de hombres. Asumió su función como un gran desafío. Por Viviana Pastor.
miércoles, 13 de junio de 2012 · 08:45

Por Viviana Pastor
vivipastor@tiempodesanjuan.com

Analía Millás era una feliz maestra jardinera cuando la empresa familiar, Socasa, perdía uno de sus empleados más importantes y su padre, Joaquín Millás, quedaba sólo al frente de todo el negocio. Ella le preguntó si la necesitaba a su lado y él le dijo que tenía que hacer lo que le gustaba. A los 25 años decidió apuntalar a su padre y empezó a dar sus primeros pasos como futura empresaria. “Nunca me sentí presionada, no era como las familias donde hay que continuar lo que tu padre inició. Sí sentí una inspiración. En mi inconsciente sabía que esto era lo que iba a terminar haciendo”, contó.

Hoy está al frente de Bodega Millás, y junto a su hermano Francisco, de las empresas de transporte Socasa y Facundo, ésta última opera en La Rioja.

La flexibilidad de su padre, su apertura hacia lo nuevo y hacia la opinión de sus hijos, la hizo sentirse cómoda en la nueva tarea; siempre acompañándolo se fue afianzando en las tareas administrativas y comenzaba a vislumbrar nuevas posibilidades. La familia había comprado una finca y bodega en 1976, en Pocito, sobre calle 5, que por muchos años estuvo elaborando un gran volumen de vinos comunes para traslado. Económicamente no era rentable y se estaba convirtiendo en una carga, por eso decidieron darle otra impronta, la de vinos finos.

 Joaquín no le dedicaba tiempo a la bodega y Analía vio que éste podía ser un espacio más propicio para ella que el del transporte. En 1998 se hizo cargo del negocio vitivinícola familiar. Se hizo reconversión de parrales de uvas comunes a viñedos finos y se acomodó la bodega con tecnología para la elaboración de esas uvas.

“Fue algo que me interesó mucho más, era socialmente más agradable, te desarrolla los sentidos de una manera especial. Tuve que aprender, hacer cursos de degustación, de laboratorio, me involucré mucho en el campo que es una tarea preciosa; fue una apertura de un mundo distinto y me fascinó”, confesó Analía. 

No fue difícil ya que tuvo el asesoramiento de una persona que trabajaba en la empresa y conocía mucho del tema, en una época muy propicia para el mercado externo. Tenía tecnología, asesoramiento técnico, materia prima, todo en bandeja, así nació el vino Cuesta del Viento.

En el 2002, con la primera cosecha de vinos finos de muy buena calidad, salió a ofrecerlos  al exterior de la mano del CFI, que financiaba los viajes a los grupos de bodegas. Fue la primera exposición donde logró el primer contacto de ventas que mantiene hasta el día de hoy, en California. “Hoy la remamos, con muchísima dificultad pero estamos ahí todavía”, destacó.

Esa fue la punta de lanza y fue la oportunidad que tuvo de medir sus vinos y todos los vinos del país. “Yo no sabía si los vinos estaban a la altura de los requerimientos internacionales, no sabía nada, era una prueba piloto y me llevé una grata sorpresa porque estábamos muy bien”, destacó.

La participación en ferias y el crecimiento de los vinos  Millás fueron sostenidos hasta el 2007.
Hoy, la situación de la vitivinicultura del país está en una “situación de desventaja importante, que no se cómo vamos a manejar por el desfasaje de los costos de producción y los márgenes de ganancia que hay, sentís que no rinde, que no se puede invertir, ni renovar”, lamentó.
La exportación es hoy una presencia simbólica y un 80 % de la producción va al mercado interno fraccionado y a granel.

Ser la cara visible de la bodega siendo mujer, en un sector tradicionalmente de hombres,  no fue fácil. “Cuesta más que al varón, es distinto, uno tiene que demostrar un poquito más, mostrar que puede todos los días. A las mujeres nos cuesta un poco más, hay que estar con una posición distinta, trabajando siempre para demostrar que podemos, esa es mi experiencia”, contó. 

La vida

Analía vive sola y no tiene servicio doméstico. Se levanta muy temprano y a las 8,30 sale a trabajar;  en la mañana en la bodega y la finca, supervisando la elaboración, compras, etc. La siesta es para ella, hace deportes, sobre todo bicicleta con su grupo de mountain bike. A las 17, otra vez a la calle para terminar trabajos de la bodega y después a la empresa de transporte. “Ahí trabajo menos porque mi hermano Francisco se dedica de lleno a eso”, contó.
Su padre falleció el año pasado y su madre es Encarnación Amat. El mimado es su sobrino Juan Francisco de 11 años, “es un solcito ese chico”, dijo.

¿La materia pendiente? “Queda pendiente mi propia familia que se ha visto postergada indiscutiblemente por cuestiones de otro tipo, me distraje bastante. Es mi tema pendiente, ojalá se pueda desarrollar, creo que sí, no está terminado aún”, aseguró con una amplia y  bella sonrisa.

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