Cada comunidad tiene sus rituales, creencias y costumbres. Esa particularidad suele acentuarse aún más en los pueblos. Tal vez porque son pequeños y todos se conocen, lo que permite que el boca a boca se conserve más tiempo. O porque el respeto por las tradiciones y las enseñanzas de los ancestros se preservan mejor en la quietud y la calma que en el trajín de las ciudades más grandes. Lo cierto es que, en San Juan, existe un sitio con esas características que mantiene una práctica arraigada a la fe, difícil de pasar por alto y única en la provincia.
Vasos con agua: la curiosa costumbre para honrar a los muertos en un cementerio sanjuanino
De las flores a las lápidas, tradiciones para los difuntos hay muchas. Sin embargo, en un rincón de la provincia se mantiene un ritual diferente.
Sucede en el cementerio de Huaco, aquel rincón jachallero donde la quietud y la tranquilidad son una constante. Ese espacio, al final del pueblo, con los cerros como telón de fondo y que es reconocido por resguardar los restos del poeta sanjuanino Buenaventura Luna, guarda un hábito singular: allí se coloca un vaso con agua en cada una de las tumbas.
Los recipientes se encuentran al lado de cada lápida, junto a los floreros. Se han convertido en un elemento más de la cotidianidad, en una muestra de respeto que cada familia rinde a su difunto.
Por sus características, se advierte que cada vaso es elegido con cuidado y en relación con la persona fallecida. Aunque todos son de vidrio, ninguno es igual a otro. Entre ellos pueden verse copas altas y delgadas, vasos bajos y simples, modelos humildes sin adornos y otros con diseños vinculados a los gustos del difunto, como escudos de equipos de fútbol, principalmente Boca y River.
Para quien llega por primera vez, la presencia de esos vasos llenos de agua puede resultar extraña. Sin embargo, para los lugareños es tan habitual como mantener limpia la foto o la placa con el nombre del ser querido. Los deudos se ocupan de rellenarlos con la misma dedicación con que cambian las flores marchitas.
“Es una costumbre muy antigua. Para nosotros existe desde siempre. Yo nací acá y siempre estuvo esta tradición de poner los vasos”, cuenta una de las encargadas de limpiar el cementerio, sin darle demasiada importancia a la situación.
Ella relata que, según ha escuchado, se trata de una práctica relacionada con la necesidad de calmar la sed de los muertos y purificar sus almas. Luego, con humor, agrega: “Si me preguntás si el agua se consume de manera repentina o si sale una mano de la tumba para tomar el vaso, te digo que no, acá no pasa nada raro. Pero la gente a veces tiene esas ideas de película. Lo que ocurre es lo lógico: en verano, los vasos se vacían más rápido que en invierno, por la evaporación. Sólo eso”.
La cruz de 121 años que oculta un misterio
Por su antigüedad, el cementerio de Huaco ha acumulado historias que mezclan dudas y misterio, transmitidas de generación en generación. Entre ellas, destaca una que sorprende a todo aquel que escucha la leyenda y observa con atención.
La creencia gira en torno a una gran cruz que sobresale detrás de uno de los féretros enterrados en el suelo. Corresponde a la tumba más antigua del complejo, que data de hace 121 años.
En la avejentada placa puede leerse que allí yacen los restos de Laura Tejada, una huaqueña que falleció el 30 de enero de 1904, a los 64 años.
Según los relatos, aquella gran cruz que acompaña sus restos fue originalmente de madera. Sin embargo, con el paso del tiempo habría comenzado a transformarse hasta convertirse en una pieza de piedra gris, dura y maciza. Creencia o no, quienes conocen la historia no dejan de pasar por el sitio cuando visitan el cementerio y suelen persignarse frente a ella.