“Estaba tirada cuando la encontré”, dijo tartamudeando Carlos César Agüero, para cubrirse ante el deplorable estado en el que se encontraba la chica. El médico Raúl Orellano hizo que pusieran a la joven sobre una camilla y al controlar sus signos vitales comprobó que estaba muerta. El personal médico no tuvo dudas, se encontraba frente una muerte violenta por las lesiones que evidenciaba esa chica llamada Zulema Raquel Martínez.
Lo que sorprendió al doctor fue que, cuando le informó a Agüero sobre el deceso, éste no se conmovió para nada ni siquiera expresó un gesto de tristeza por esa joven de 23 años que supuestamente era su mujer.
Con esa misma indiferencia, el sujeto alegó que iría a avisar a la familia y buscó marcharse, pero los policías le ordenaron que no se moviera hasta que explicara qué pasó. Su primera respuesta fue que no sabía nada y armó una novela poco creíble.
Una historia violenta
Les reveló que la joven era una trabajadora sexual y él, su pareja. Contó que la noche del martes 10 de mayo la llevó a su “parada” en la avenida Rawson, que allí Zulema se quedó trabajando mientras él se fue a beber con unos amigos. En los primeros minutos del miércoles 11 de mayo regresó a buscarla y no la encontró. A partir de ese momento empezó a dar vueltas por el centro y los alrededores de la Capital. En ese recorrido pasó por el Lateral Sur de Circunvalación, entre las calles Tucumán y avenida Rawson, y logró ver a la joven tendida en el piso, toda lastimada, según él.
El relato sonó a un burdo intento por armar una coartada y esa misma madrugada quedó detenido. Es que a los policías les resultó extraña esa historia, más todavía con lo que vieron dentro del auto. En el Fiat 1500 hallaron la cartera y la campera de la mujer empapadas con sangre. En realidad, había manchas esparcidas en distintas partes del interior del vehículo. El propio Carlos Agüero tenía su pantalón embebido con ese tinte rojo.
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El lugar. El asesino primero dijo que encontró a la joven tirada en este lugar. Foto de Diario de Cuyo
La versión poco creíble que daba Agüero hacía agua con los testimonios que recogían por parte de la familia de Zulema, de sus vecinos y las otras chicas de la avenida Rawson. Con cada declaración tomaba fuerza la atroz historia que había detrás de la muerte de esa joven que fue mamá de un niño pequeño que, por extrañas razones, vivía con sus padrinos en Mendoza. Un drama en el que “El Oreja”, tal como apodaban a Agüero, aparecía como el responsable de todos los males.
La autopsia
El informe del forense Amado Imhoff fue determinante para calificar el hecho como un asesinato. La autopsia reveló que el cuerpo de la joven presentaba marcas en el cuello de un intento de estrangulamiento. Tenía heridas en la nariz, en un pómulo, en los labios, en la zona maxilar, en una clavícula, en las costillas, en los brazos, en las piernas y un corte en el cuero cabelludo producto de los golpes. Zulema recibió una brutal paliza, pero la causa de muerte habían sido los golpes, sino un infarto a consecuencia de la aceleración de su ritmo cardíaco en medio de esa desesperante situación.
Agüero reconoció que era pareja de la chica, pero en condición de amante. Él llevaba una doble vida. De día se mostraba como un hombre de familia con su esposa e hijos en su casa de Santa Lucía, pero de noche era el proxeneta que explotaba a esa chica y la dejaba en la avenida Rawson para que ofreciera su cuerpo a cambio de dinero, que después él se apropiaba. No le iba mal. Mientras estuvo con Zulema, Agüero se compró una moto, después pasó a tener un auto Rambler y por último adquirió ese Fiat 1500.
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La víctima. Esta era Zulema Martínez. Foto publicada en Diario de Cuyo.
La joven contaba con 18 o 19 años cuando conoció a Agüero, quien le llevaba casi 10 años de diferencia. Ella se enamoró y fruto de esa relación clandestina nació un niño que él jamás reconoció. Aun así, Zulema tomó la peor decisión y continuó con ese amorío que día tras día se transformó en su tortura.
Ese hombre que alguna vez dijo amarla, la obligó a ponerle precio a su cuerpo y la sacó a la calle como un objeto sexual. Al tiempo, Zulema se convirtió en “La Negra” para sus compañeras de la noche y adoptó la avenida Rawson como su parada y vitrina para los hombres de todas las calañas que buscaban calmar su sed de sexo con dinero.
Hasta la esposa de Agüero reconoció que sabía, aunque él lo negara, de la relación que su esposa mantenía con esa chica llamada Zulema. En una declaración contó que él salía sin dar explicaciones y regresaba de madrugada o al amanecer. Ella tampoco la pasaba bien, aseguró que sufría maltratos por parte del sujeto y no se separaba por temor.
Un vividor
Agüero vendía diarios y revistas, pero dejó ese oficio. Le encontró el gusto a esa condición de vividor de mujeres, aunque eso implicara someter y humillar de la forma más baja a su pareja. Detrás de ese supuesto amor, no había más que violencia y la explotación sexual de esa muchacha.
La madre y la hermana de Zulema declararon que antes que abandonara su casa y que fuera mamá, solían verla con moretones y los labios partidos por los maltratos que sufría. Aseguraron que fue Agüero quién la metió en el mundo de la prostitución y la instaló en un conventillo de calle Santiago del Estero, cerca de Maipú, en Capital.
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Otro titular. Una nota de Diario de Cuyo reveló, a través de testimonios, que Zulema sufría violencia de género.
La muchacha vivía allí en el último tiempo. Agüero era tan miserable con Zulema, que le quitaba todo lo que recaudaba en la noche y él mismo le llevaba el almuerzo o le compraba las cosas que necesitaba. Muchas veces la dejaba encerrada.
Tres de sus vecinas relataron a los investigadores judiciales que en distintas oportunidades escucharon los gritos de Zulema y los golpes que le propinaba Agüero. En más de una ocasión la vieron con un ojo morado y parte del rostro lastimado por las constantes palizas, detallaron.
Zulema no podía huir y estaba resignada. Llegada la noche ella se arreglaba, se ponía los tacos altos y se maquillaba para verse atractiva frente a los clientes. Y Aguero llegaba como un relojito a las 21 para buscarla y dejarla en la vereda oeste de avenida Rawson, entre Mitre y avenida Ignacio De la Roza. Él la intimidaba, le hacía sentir que él era su dueño. Permanecía por largos ratos dentro del auto para mirarla, a veces la seguía a los hoteles y la vigilaba para saber sus movimientos.
Sin salida
Al menos siete trabajadoras sexuales que conocían a Zulema, entre ellas Lidia Páez -años después asesinada-, confirmaron a los policías que la muchacha le tenía terror a Agüero y se desesperaba cuando reunía poca plata. Sabía que le esperaba una golpiza. También revelaron que ella portaba un revólver y un cuchillo sierrita para protegerse de los clientes violentos, no para defenderse de él.
Ella les confió muchas veces que “El Oreja” le prohibía hablar con las mujeres de la zona roja y que le pegaba por cualquier motivo. Les repetía asustada que estaba cansada, que su vida era un martirio y quería retirarse de la calle, pero no podía porque Agüero la amenazaba y le juraba que la asesinaría si lo abandonaba. Es más, en los días previos al crimen, él hacía planes para llevarla a trabajar a los prostíbulos del sur del país.
Además, sus compañeras de la avenida Rawson relataron que la madrugada del 11 de mayo de 1988 vieron a “La Negra” trabajando. Coincidieron en relatar que a las 1.30 arribó “El Oreja”, llamó a la chica y mantuvo una breve charla con ella. Describieron que, después, Agüero la agarró del cuello, la metió a la fuerza al coche y partieron por calle Santa Fe al oeste.
Los testimonios y las pruebas de la causa arrinconaban cada vez a Agüero, entonces él cambió su versión y afirmó que había atropellado accidentalmente a Zulema. Las heridas en su cuerpo eran producto de ese hecho fortuito, juró.
Indefendible
Su treta consistió en culparla a ella. Declaró que esa noche la buscó en su auto, que en el camino ella empezó con los reproches y fueron hasta el Lateral de Circunvalación en Concepción para hablar a solas. Según él, discutieron y se golpearon mutuamente. Reconoció que le dio unas cachetadas a “mano abierta”, trompadas no, aclaró.
De acuerdo a su declaración, Zulema se bajó y comenzó a caminar. Agüero aseguró que arrancó el auto y se marchó con intenciones de regresar a su casa, pero al poco andar se arrepintió y dio la vuelta para buscar a la joven. Temía “que le pasara algo” en ese lugar, manifestó.
Agregó que en eso que retornaba, vio que Zulema salió a la acera en dirección a su encuentro y ahí ella trastabilló o se tropezó y cayó debajo de la trompa del auto. En ese instante él apretó el freno, pero igualmente la embistió y la arrastró un par de metros, declaró.
Para defenderse, el asesino aseguró que la chica se cayó delante de su vehículo y la atropelló sin querer. Sin embargo, la autopsia reveló que las heridas eran producto de una golpiza.
Sin dudas esto era parte de una coartada para acomodar su relato con las lesiones que presentaba la chica. Sin embargo, el informe forense descartó que las heridas que sufrió Zulema fueran a consecuencia del arrastre y la embestida de un vehículo.
Los investigadores policiales y el juez del caso concluyeron que existía una sola posibilidad y las pruebas así lo confirmaban: que esa madrugada, Agüero le dio una tremenda golpiza. Eso explicaba las heridas y las manchas de sangre en la ropa de ambos y dentro del vehículo.
En el marco de esa teoría, dieron por hecho que Agüero se ensañó contra Zulema. Era consciente que ella andaba con un revólver -que él mismo le había proporcionado- y un cuchillo, y no quiso dejarle margen para que reaccionara y se defendiera, especularon. Durante esa golpiza fue que ella murió dentro de auto. Cuando se dio cuenta que la muchacha no reaccionaba, la trasladó urgente al hospital e inventó esa versión de que la encontró golpeada y tirada a un costado de la Circunvalación.
Sin escapatoria
Carlos César Agüero fue acusado de los delitos de homicidio simple y promoción y facilitación de la prostitución. Como en otros casos de aquellos años, no le pusieron agravantes. Podrían haberle atribuido, al menos, el agravante del vínculo. En la causa quedó acreditado que el hombre era pareja de la víctima y casi convivían. Él había alquilado esa habitación donde residía la muchacha y los vecinos aseguraron que todos los días lo veían a él en el inquilinato. En cambio, el fiscal mantuvo la acusación inicial y pidió un castigo de 18 años de reclusión para el hombre.
Hoy, con seguridad, le hubiese cabido el agravante de femicidio, incluido en el Código Penal Argentino en 2012. “La Negra” fue sometida y humillada durante todo el tiempo en el que estuvo en pareja con Agüero.
La defensa del proxeneta insistió hasta el último día del juicio que se trató de un homicidio culposo, o sea por un accidente, o a lo sumo un homicidio preterintencional. Esto último, porque supuestamente admitió que la golpeó, pero no era su intención matarla.
El 11 de abril de 1990, el juez Juan Carlos Peluc Noguera del Segundo Juzgado en lo Penal sentenció a Carlos César Agüero a la pena de 14 años de cárcel y lo confinó al penal de Chimbas. Según averiguaciones, cumplió su condena. Actualmente vive en Capital y posee un taller.
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FUENTE: Sentencia del Segundo Juzgado en lo Penal, artículos periodísticos de Diario de Cuyo y hemeroteca de la Biblioteca Franklin.