El trabajador golondrina que fue asesinado con una piedra por su amigo albardonero
La mañana del 10 de octubre de 1986, hallaron el cadáver de un trabajador golondrina entre unos matorrales en Albardón. Tenía destrozada la cabeza. Días después detuvieron a su amigo, otro changarín con el que la noche anterior había estado bebiendo.
Más que una deuda de plata, había resentimiento y posiblemente un odio guardado que esa noche tomó forma de venganza. De lo contrario, no se explica el ataque. Porque el “Tucumano” dormía borracho en el piso y Hugo Díaz, que decía ser su amigo, aprovechó esa circunstancia para cobrarse la revancha que tanto ansiaba. Sabiendo que nadie los miraba, alzó una piedra de gran tamaño y le partió la cabeza y el rostro a ese otro trabajador golondrina con el que compartía andanzas.
El asesinato de Manuel Nicasio Tula tuvo como único testigo el silencio de un sitio poco transitado de la villa cabecera de Albardón y las penumbras de la madrugada del 10 de octubre de 1986. Hugo Walter Díaz hasta se tomó el trabajo de arrastrar el cadáver, arrojarlo entre unos matorrales y cubrirlo con unas ramas para ocultar el cuerpo del delito.
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El cadáver del "Tucumano" fue hallado entre unos matorrales en cercanías de ruta nacional 40 y calle Rawson, en Albardón.
Recién a la mañana siguiente, un vecino que caminaba por ese bosquecito situado cerca de la finca Carrascosa, en la ruta 40, casi Rawson, observó el cuerpo ensangrentado y sin vida del “Tucumano”. El dato llamativo fue la bolsa plástica que cubría su cabeza y el pantalón y el slip a la altura de las rodillas. Los policías de la Comisaría 18va y de la Brigada de Investigaciones estaban inicialmente desconcertados. La única prueba levantada en la escena del crimen era una piedra de 14 kilos que hallaron al lado del cuerpo de Tula y que, por las manchas de sangre, evidentemente había sido utilizada en el feroz ataque.
El cuerpo de Manuel Nicasio Tula estaba tendido entre ramas secas, con el rostro irreconocible y la cabeza destrozada por los golpes. No había testigos, no había gritos, no había pelea. Solo la huella brutal de una piedra levantada en la oscuridad.
Tula tenía 48 años y llevaba una vida errante. Había nacido en el departamento de Simoca, Tucumán, y como tantos otros obreros rurales recorría las provincias en las temporadas de cosecha en busca de trabajo temporario. Así llegó a San Juan, pero después se quedó a hacer changas y vivía de manera transitoria en una finca. No contaba con familia y sus amigos eran otros obreros rurales, entre ellos algunos vecinos de Albardón.
Lugar
El titular de Diario de Cuyo para dar cuenta del caso Tula.
Las primeras horas de la investigación estuvieron marcadas por la confusión. Su condición social hacía descartar la hipótesis del robo y nadie recordaba conflictos anteriores del tucumano con gente de la zona. El cuerpo, sin embargo, mostraba una violencia extrema reflejada en las heridas que presentaba en el cráneo y el rostro. Los peritos confirmaron que había sido atacado mientras estaba indefenso, que no había rastros de pelea y que luego fue arrastrado varios metros hasta el lugar donde lo ocultaron. También descartaron el ataque sexual, pese al pantalón bajo.
Con el correr de los días, los investigadores comenzaron a reconstruir las últimas horas de Tula. Así apareció el nombre de Hugo Walter Díaz, un albardonero conocido en el ambiente de changas y trabajos rurales, habituado a las bebidas alcohólicas y a una vida áspera. Algunos vecinos de la zona de El Rincón relataron a los investigadores que la noche del crimen, o en las horas previas, habían visto al “Tucumano” en compañía de Díaz y otros changarines que se juntaban a tomar.
En esos días también apareció un dato que en un principio pasó desapercibido y que más tarde sería clave. Un comerciante de apellido Firmapaz contó que esa noche le habían robado fiambre y mercadería de su negocio y que, por lo que había averiguado, los vecinos responsabilizaban al “Tucumano” y a Díaz, que esa noche andaban borrachos.
Ese testimonio confirmó que una de las últimas personas que estuvo con Tula la noche del asesinato era Díaz, quien extrañamente había desaparecido de su casa. En función de esa prueba, una comisión policial, bajo las órdenes del juez Raúl Iglesias, del Quinto Juzgado Penal y Correccional, detuvo al obrero rural el 30 de octubre de 1986 y de inmediato quedó imputado por el delito de homicidio agravado por la alevosía.
Tula
Hugo Walter Díaz durante la reconstrucción del asesinato. Foto de Diario de Cuyo.
Los investigadores policiales y judiciales armaron el rompecabezas del crimen, con Hugo Walter Díaz como el autor del asesinato y la posible participación de otro cómplice que nunca fue identificado. Para ellos, esa noche los changarines se emborracharon, robaron en la fiambrería de Firmapaz y se refugiaron en ese bosquecito próximo a la ruta 40 y a calle Rawson.
La sospecha fue que esa madrugada los dos changarines discutieron acaloradamente, pero no alcanzaron a tomarse a golpes de puño. El “Tucumano” cargaba con fama de malevo y posiblemente el otro no se le animó. Lo cierto es que, creen, estaban tan ebrios que Tula se durmió mientras intentaba orinar o defecar, cayó y quedó tendido.
La hipótesis oficial —que dieron por acreditada— fue que, en esos momentos en que Tula roncaba en el piso, Díaz sacó la bronca guardada por aquella discusión previa, reactivó otros rencores y entonces decidió tomar revancha. El “Tucumano” estaba regalado.
No hubo discusión ni forcejeo. El ataque fue directo, a traición, según la interpretación que hizo luego el juez Iglesias. Según quedó acreditado en la causa, Díaz tomó una piedra, de aproximadamente 14 kilos, y descargó los golpes sobre la cabeza y el rostro de Tula.
Díaz confesó el asesinato durante la declaración indagatoria, pero meses después se retractó y dijo que es inculpó por miedo y la prisión policial. En una segunda declaración acusó a un comerciante de ser el autor del asesinato.
Después del ataque, el asesino intentó borrar rastros. Arrastró el cuerpo, lo ocultó entre matorrales, lo cubrió con ramas y hojas y le colocó una bolsa sobre el rostro. Fue un intento burdo, desesperado, que no alcanzó para ocultar el crimen. A la mañana siguiente, el cuerpo fue descubierto y la historia salió a la luz.
Díaz lo confirmó a través de su propia confesión en la declaración indagatoria en Tribunales. Admitió lo del robo en la fiambrería y dijo que estaban muy borrachos. Aseguró que le pegó a su amigo porque este le debía dinero, pero que no fue su intención matarlo.
Meses más tarde, Díaz pidió declarar de nuevo y en esa oportunidad se retractó de todo. Incluso involucró al comerciante Firmapaz y lo acusó de ser el autor del crimen. Aseguró que ese vecino de Albardón salió a buscarlos por el robo de mercadería y que, al enfrentarlos, atacó a Tula con esa piedra. Según el changarín, también lo amenazó y le exigió que se hiciera cargo del crimen; de lo contrario, le iba a pasar lo mismo.
Tribunal
Díaz junto a los miembros del tribunal que revisó la sentencia de primera instancia. Foto de Diario de Cuyo.
El cambio de versión de Hugo Walter Díaz no consiguió cambiar su destino. En diciembre de 1988, el juez Raúl Iglesias lo condenó a prisión perpetua por el delito de homicidio agravado por la alevosía. El fallo sostuvo que Díaz había actuado sobre seguro, a traición y aprovechando la indefensión absoluta de la víctima.
La defensora oficial Nilda Durán rechazó la condena y apeló la sentencia. Entre sus argumentos, tachó de nula la confesión de Díaz tras su detención y aseguró que se había autoincriminado por miedo y presión de los policías. También dijo que el robo no estaba acreditado, señaló que nunca se investigó al comerciante y que la versión del acusado tenía sustento probatorio.
El caso llegó a la Sala Segunda de la Cámara en lo Penal y Correccional, que revisó el expediente en marzo de 1990. Los jueces Mirta Salinas de Duano, Félix Herrero Martín y Ramón Orlando Avellaneda analizaron el fallo judicial y hasta realizaron una reconstrucción del crimen para estudiar detenidamente la escena y evaluar las pruebas.
El Tribunal confirmó la autoría del crimen por parte de Díaz, pero ajustó la calificación del delito por el cual fue condenado en primera instancia. Los magistrados entendieron que no hubo planificación ni cálculo frío, sino una reacción violenta bajo los efectos del alcohol. Por eso, revocaron el agravante de la alevosía, recalificaron el hecho como homicidio simple y mantuvieron el delito de robo. De esa manera, anularon la prisión perpetua y redujeron la pena a 15 años de prisión.
FUENTE: Sentencia de la Sala II de la Cámara en lo Penal y Correccional, artículos periodísticos de Diario de Cuyo y hemeroteca de la Biblioteca Franklin de San Juan.