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Opinión

Una estrella de 100 años

Es bueno conocer cómo nació el Bloquismo y por qué su indudable influencia nacional no es considerada por la historia. Un sano ejercicio frente a la realidad.

Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Sebastián Saharrea

Suele caerse en la tentación de sostener que la mujer en Argentina votó por primera vez en 1952, gestión de Evita mediante y luego de la reforma constitucional peronista de 1949.

Pues no, lo había hecho 20 años antes, no sólo que una mujer pudiera elegir sino también resultar electa. Ocurrió en una alejada provincia de la metrópoli nacional, que ignora –antes, igual que ahora- todo lo que no le pasa cerca: en 1931 las mujeres votaron en San Juan por primera vez, y tres años más tarde una de ellas fue designada por el voto popular como la primera diputada mujer de Latinoamérica, Emar Acosta. San Juan, vale aclarar a veces, forma parte de Argentina.

Pese a que la historia oficial nacional no lo registre como fundacional, el voto femenino antecedió en dos décadas a la gestión de Eva, sin por eso desmerecer a nadie. Fue esa conquista apenas una en la extensa y provechosa herencia que dejó el Bloquismo, la fuerza que el mes que viene cumplirá nada menos que un siglo y que, como lo ilustra el ejemplo, puede con comodidad ser dimensionada a nivel nacional como el pre-peronismo.

La rica historia del Bloquismo en su primera centuria aparece hoy algo desteñida por lo que ocurrió luego en el intestino de un partido que nació para combatir al conservadurismo de la época: se transformó justamente en lo que estaba combatiendo. No desmerece la dimensión de un visionario como Federico Cantoni, capaz de ver donde nadie veía pero también capaz de emplear en toda su escala el salvajismo político reinante en la época: ya no la grieta de estos días sino literalmente las balaceras y los asesinatos.

Huellas de esos tiempos pueden verse aún hoy en la propia plaza 25, escenario de la embestida final contra los Cantoni donde Federico recibió un balazo en la cabeza de parte de los golpistas en 1934; en La Rinconada, donde los hermanos Cantoni fueron acusados por el asesinato del gobernador radical Amable Jones en 1923; o en la extraordinaria estancia iglesiana Guañizuil, donde los Cantoni prepararon una ciudadela productiva y se atrincheraban escapando de las balas de las intervenciones. O en el propio penal de Chimbas, donde Federico protagonizó (a lo Mandela pero 80 años antes) un cinematofráfico episodio al ser electo gobernador estando en prisión, de donde fue sacado por sus fanáticos hasta la plaza de Concepción. Hubiera ocurrido en New Jersey y Hollywood hubiese tapizado el mundo de películas con Charlton Heston haciendo de Federico.

Fue Cantoni quien comprendió 20 años antes de que lo hiciera el propio Perón que el mundo –en su caso, la provincia de San Juan- no comenzaba y terminaba donde lo hacían las elites. Que había un universo generoso en cantidad y en derechos que alguien debía, aunque tardíamente, tener en cuenta. Eran los tiempos de Hipólito Yrigoyen, el primer presidente argentino de corte popular y surgido de elecciones libres, con quien el sanjuanino mantenía sintonía gruesa (ambos se oponían a los sectores conservadores), pero ásperos debates de estilo.

Al punto que en esas diferencias con el prócer radical anida nada menos que el motivo de la fundación de lo que se llamó inicialmente Unión Cívica Radical Intransigente (término luego recreado por Frondizi 50 años después), luego Bloquista, el 27 de febrero de 1818, como producto del pase del entonces diputado provincial por Desamparados Federico Cantoni al bando antipersonalista, los que se oponían a Yrigoyen. Años después, el líder radical se tomaría generoso desquite interviniendo una y otra vez la provincia, pero esa es otra historia.

Lo que interesa aquí es lo que hizo Cantoni una vez tomado el poder. Federico, luego con los años don Fico, y su indómito hermano Aldo, no eran precisamente mansos. Y ese espíritu fue el que emplearon en su larga obra, de pocos años pero de gran agitación y consecuencias notables: implicó el surgimiento de un nuevo San Juan en el enfoque político, novedoso a nivel provincial pero también a nivel nacional, donde ni siquiera Yrigoyen había ido tan lejos.

Vale reseñar algunos pasajes para ponerlos en contraste con la actualidad, ejercicio del que podrán surgir fuertes conclusiones.

Lo primero, la intervención estatal. Lo mismo que el líder radical había hecho a nivel nacional con el petróleo creando YPF, Cantoni replicó y reforzó en San Juan interviniendo con el estado para sostener los precios. Pluma de lo que luego fue el peronismo y ahora encuadra en pecado de populista (aunque el propio Donald Trump lo emplea en el país que es imperio de la libertad de mercado), Cantoni creó la Cavic para que el precio del vino pudiera sostenerse a partir de la regulación de volúmenes, y también lo hizo con el olivo. Y, desde lo económico, creó una reforma impositiva de carácter progresivo que multiplicó por 3 los tributos que debían abonar las bodegas. Algo así como una 125, sanjuanina y viñatera en lugar de pampeana y sojera, lo que derivó como era lógico con su destitución vía intervención federal.

No sin antes haber forjado la primera reforma constitucional de tipo progresista del continente. Fue en 1927, y además de consagrar el voto femenino puso las bases de lo que sería una visión novedosa por aquellos años: derechos laborales ampliados, dos décadas antes que se enterara el Secretario de Previsión Juan Domingo, mayor intervención estatal para equilibrar los desequilibrios, concepto que hoy suena demodé.

Cantoni también puso la piedra fundamental de lo que fue la gran fortaleza del Bloquismo. Una óptica provincial por encima de todo, que lo llevó a tragarse sapos políticos en sus referencias nacionales (dictadores incluidos). El primero de ellos, el de Agustín P. Justo, puntal de la década infame, con quien Cantoni se asoció por espanto a Yrigoyen. Y no le fue bien: lo dicho, fue destituido a balazos.

Antes, se las ingenió para dejar una marca indeleble en la historia provincial y también en la nacional, que aún no termina de hacer justicia en darle correcta dimensión. Es interminable la lista, se intentará acortarla para mejorar la comprensión.

Emprendió un inédito hasta el momento plan de obras públicas a lo Roosevelt, el presidente de EEUU que en esos mismos años sacó de la depresión a su país mediante el empleo en emprendimientos de financiación estatal. Comprendió rutas como la 12 a Calingasta realizada con picapedreros exiliados (hay quienes sostienen que entre ellos estaba un joven luego conocido a nivel mundial como el Mariscal Tito, de buena relación con el hermano Aldo, fundador del Partido Socialista), o parques como el actual Cantoni (Jardín de los Poetas). Pensó que lo financiaría la Nación ante el compromiso de Justo, igual que la desfinanciación provincial producto de las intervenciones: se equivocó y lo traicionaron en la Nación (lo que se transformaría en una constancia para la política local hasta hoy mismo). Aumentó entonces los impuestos a la industria bodeguera para pagar esas obras públicas.

Amplió el impuesto a la cebolla, las pasas y otras frutas secas, lanzó la Azucarera de Cuyo a base de remolacha para dar pelea a la caña tucumana, proyectó un licor de manzanas en Calingasta llamado Calvados, intentó una industria de aviones, todo con la misma matriz: la intervención del estado en la economía. Promovió un seguro antigranizo y la marmolería del Estado, en la que empleaba presos.

Le fue desparejo y acumuló motivos para que lo descabezaran. Lo confinaron a Mendoza y luego lo “descubrió” Perón. Cuentan que el propio general llamó a la casona de la Avenida Libertador (que debería ser un museo y no un boliche) para ofrecerle la candidatura a vice de su primera presidencia, en 1946, pero como no lo encontró terminó llamando al correntino –y radical- Hortensio Quijano.

Lo mandó entonces a Rusia y allí comenzó otra historia, para los Cantoni y para San Juan. Federico fundó una dinastía de embajadores en Moscú, seguido por su hermano, su hijo Leopoldo Bravo y su nieto del mismo nombre. Dejaron libre el terreno en San Juan para que hiciera pie el peronismo, pero sería el propio Leopoldo quien volvería a izar la estrella partidaria de la mano de un rotundo triunfo en 1963 (después de ganar también el año anterior y que anularan esas elecciones) y una gestión que también dejó larga estela para la actualidad local.

Se podrá ponerle objeciones de todo tipo a su despliegue, como su condición de gobernador de facto. También se podrá identificar a su curva de relaciones en el sentido opuesto al de su padre don Fico: aquel más revolucionario, éste más conservador. Fue candidato presidencial, por ejemplo, del partido de Lanusse. Lo que es cierto es que don Leopoldo le sacó lustre a una marca en el orillo de la política vernácula: la óptica provincial por encima de todo, su exclusivo interés, también sus frutos.

Simpatizó con Alfonsín y con Menem, lógicamente en distintos tiempos. A todos les sacó algo a cambio, en este mercado de ramos generales que fue y sigue siendo la política nacional. Lo más resonante es el impactante coeficiente de 3,24 de la coparticipación federal que establece esa parte de la torta para la provincia de todos los recursos a distribuir, cuando San Juan no lo justifica ni por población, ni por territorio, ni por ninguna otra variable posible de ser tenida en cuenta. Sólo la necesidad de tener manos alzadas en el Congreso, que don Leopoldo izó para aprovechar la ley de divorcio lanzada por Alfonsín y el sanjuanino facturó en la ley de recursos aún vigente, pese a ganarse la enemistad de la Iglesia.

De esos tiempos son también los abusos de poder que depositaron al Bloquismo en el lugar en que hoy está. De a poco se convirtió en un poder omnímodo, sin espacio para nadie más. Copó la justicia, con derivaciones que aún se perciben en los altos cargos, aplicó la ley marcial en Diputados: legislador que se revelara pasaría a degüello, como ocurrió con dos de ellos que se atrevieron a plantear una voz disonante y fueron despedidas de sus bancas con el concurso de una Corte adicta. Le quedaron cicatrices en la destitución de Jorge Escobar y, poco tiempo antes, en la Noche de los Senadores.

Esas acciones en plenos tiempos democráticos alejaron al Bloquismo de la gente, le quitaron la competitividad aunque el ADN sanjuanino –en especial, el de tierra adentro- sigue estando en el partido de la estrella. Luego de una bien recordada gestión de Carlos Gómez Centurión, su último paso por el poder real fue de rebote, cuando Wbaldino Acosta heredó el timón luego de la destitución de Alfredo Avelín. Y no aprovechó la nueva oportunidad, incapaz de aliarse como hicieron desde Cantoni hasta Bravo con el poder nacional –en esa época en manos del peronista Duhalde-, además de mostrar los primeros síntomas de división por no disponer de liderazgos firmes.

Debió conformarse a partir de allí con las migajas y un tablero repetido: transpirando en el llano lejos de los porotos gruesos, y una permanente división entre los que apostaron por una resurrección de la mano del peronismo y los que buscan hacerlo solos. Los primeros, bajo el instinto de que es la única forma de salir del fondo del pozo, al que cayó justamente por concurso de los segundos a su mínimo histórico sin representación en el Congreso Nacional y reducido al máximo en la Legislatura provincial hace 10 años. En el único lugar donde no se pelean es en el único departamento que gestionan: Iglesia, donde hay un botín para distribuir pese a la pésima gestión de los Marinero.

Hoy busca regresar al territorio de los protagonistas, como estuvo acostumbrado el Bloquismo en la mayor parte de sus ricos 100 años. Le faltan líderes que lo traccionen. Le sobra historia en la que inspirarse, que algún día será reconocida como lo merece.

 

 

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