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Columna

Donde pueden buscarnos: somos memoria de la vida

Ante la propuesta de muerte, llenamos plazas con alegría. Un recuerdo más que necesario: el Chango Illanes y su poesía que apuesta al corazón.

Por Eduardo Camus

Hay símbolos que atraviesan la historia de un pueblo como un rayo que ilumina el cielo oscuro de una tormenta.

La Argentina contemporánea y democrática tiene uno. Está tatuado en millones de pieles, estampado en remeras, pintado en murales y banderas; presente en múltiples formas que configuran una cultura y una identidad nacional. A pesar de que, a 50 años, sigue en disputa política, histórica y simbólica, las plazas del país han dado una batalla contundente: los pañuelos de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo no son un recuerdo nostálgico ni pintoresco, sino el corazón que le da sentido a nuestra historia.

La multitud del 24 sostiene una convicción profunda e irrenunciable: existe un piso ético desde el cual mirar y proyectar un país.

Esa fuerza inconmensurable, sostenida por mujeres que defendieron la dignidad enfrentando el terror y el dolor más íntimo, nos permite encontrar esperanza allí donde la muerte dejó un río de sangre y una tierra herida.

¿Cómo es posible que, después de tanto sufrimiento, en las plazas haya alegría y encuentro?

Porque creemos en la vida y no en la muerte; creemos en las infinitas posibilidades y no en la resignación. Porque somos un pueblo bravo e invencible: somos los hijos, los nietos y ahora también los bisnietos de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.

A modo de pequeño homenaje a cada uno de los que creyó, cree y seguirá creyendo que vale la pena intentarlo, comparto un poema de Daniel “Chango” Illanes, que es la contratapa del libro que escribió mi viejo para sembrar Memoria, Verdad y Justicia:

Por las fosas comunes, por los hornos de cal, pueden buscarnos. Por los cauces ocultos, debajo del limo o detrás de aquél cerro, o de aquel otro, entre las peñas que desnuda el viento y arrastra la tormenta y el alud. Allí estarán, seguramente, unidos nuestros huesos, a la greda, inconfundiblemente nítidos, claros, esperando que se vaya desentrañando el laberinto. Hace tiempo que no estamos ahí. Primordialmente primaveramos en las montañas en que nos recuerdan alegremente, porque no andamos penando: somos flor en la flor, verdor en los reinicios de la vida, germinamos. No somos un pasado forzoso e implacable. Nos gusta aparecernos sonrientes en la larga mañana que crece. Te pregunto si no te ha dado por pensar o soñar que un rostro hecho todos los rostros es un pueblo. Nosotros no venimos a tu conciencia a pedirte una culpa, venimos a traerte un pimpollo cálido de los jardines de la memoria, venimos en nombre del pétalo y el tacto, de la sílaba herida, de la sonrisa sorprendida en el borde de tu alma. Venimos en ancas de tu alegría, no queremos que te vuelvas un estropajo de la muerte. Venimos a resucitar en tu camino para ayudarte a caminar, no sea que pienses que dimos la vida para que te enmudezcan o intimiden, para que entumezcan y resientan en cuerpo y alma. Ahora la ansiedad se nos conmueve por las contracciones de la tierra y los pueblos. Vamos, si, a ser paridos, otra vez resurrectos, otra vez insurrectos sobre la osada y fracasada muerte. Daniel Illanes.

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