La Navidad habla de encuentro, de pausa, de compartir… pero muchas veces también trae ansiedad, comparaciones y exigencias que no siempre se dicen en voz alta. La ropa, que podría ser aliada y refugio, termina sumándose a esa lista de cosas que “deberíamos” cumplir. Lee la columna de Raffa Andrada en otro miercoles con "M" de moda en Tiempo de San Juan.
Hay algo que se repite cada año, casi sin que lo cuestionemos: llega la Navidad y, con ella, la sensación de que tenemos que estrenar algo. Un vestido nuevo, una camisa especial, un conjunto pensado solo para esa noche. Como si la fecha lo exigiera. Como si sin algo nuevo, la celebración quedara incompleta.
Pero, ¿de dónde viene esa idea? ¿En qué momento estrenar dejó de ser un gesto cargado de ilusión y pasó a sentirse, para muchas personas, como una obligación silenciosa?
La Navidad, antes que una fecha en el calendario, es un ritual. Marca un cierre y, al mismo tiempo, un comienzo simbólico. Históricamente, vestirse con algo nuevo representaba eso: dejar atrás lo viejo, prepararse para lo que venía, mostrarse renovados ante los demás y ante uno mismo. No se trataba de lujo ni de consumo desmedido. Era un acto simple, pero lleno de intención. La ropa acompañaba un deseo de cambio, de esperanza, de inicio.
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Con el paso del tiempo, ese gesto fue mutando. La moda, la publicidad, las imágenes idealizadas y las redes sociales hicieron lo suyo. Lo que antes era elección empezó a sentirse como mandato. Estrenar ya no siempre nace del deseo, sino de la presión: “para Navidad hay que ponerse algo nuevo”, “para esa noche hay que estar a la altura”.
Y ahí aparece una contradicción interesante. Porque la Navidad habla de encuentro, de pausa, de compartir… pero muchas veces también trae ansiedad, comparaciones y exigencias que no siempre se dicen en voz alta. La ropa, que podría ser aliada y refugio, termina sumándose a esa lista de cosas que “deberíamos” cumplir.
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No se trata de estar en contra de estrenar. Estrenar puede ser hermoso. Puede ser ilusión, juego, disfrute. Puede ser una forma de celebrarnos, de regalarnos algo, de marcar un momento especial. El problema aparece cuando se pierde el sentido y se transforma en carga, cuando deja de ser elección y pasa a ser obligación.
Tal vez la pregunta no sea qué nos ponemos para Navidad, sino desde dónde nos vestimos.
¿Desde el deseo genuino o desde la presión externa? ¿Desde la alegría o desde el “tengo que”? ¿Para celebrar quiénes somos hoy o para cumplir con una expectativa ajena? ¿Desde el deseo genuino o desde la presión externa? ¿Desde la alegría o desde el “tengo que”? ¿Para celebrar quiénes somos hoy o para cumplir con una expectativa ajena?
Vestirse también es un lenguaje emocional. Hay prendas que nos hacen sentir livianas, cómodas, contenidas. Otras que nos recuerdan momentos, personas, etapas de la vida. A veces, lo más nuevo no es lo que acabamos de comprar, sino una prenda que vuelve a cobrar sentido cuando la miramos con otros ojos, cuando la usamos de una manera distinta o cuando la elegimos desde otro lugar.
Estrenar también puede ser:
usar algo que estaba guardado y nunca nos animamos a ponernos,
resignificar una prenda querida,
elegir comodidad en lugar de rigidez,
vestirnos para disfrutar, no para demostrar.
En un contexto donde todo parece exigir más —más consumo, más imagen, más perfección— la moda puede convertirse en un espacio de pausa y de elección consciente. No para renunciar a lo estético, sino para devolverle su función más linda: acompañarnos. Acompañar nuestros cuerpos reales, nuestras emociones, nuestras historias.
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Esta Navidad, tal vez, el verdadero estreno no pase por la etiqueta ni por la vidriera. Tal vez pase por cómo habitamos lo que llevamos puesto. Por la intención con la que elegimos. Por la calma. Por el permiso de no cumplir con todo, de no responder a todos los mandatos.
Porque estrenar puede ser algo hermoso, si nace del deseo y no de la obligación, si es una elección consciente y no un mandato silencioso. Y cuando eso sucede, la ropa deja de pesar y empieza, simplemente, a acompañar.