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Historias del Crimen

El caucetero maltratador que murió acuchillado por su esposa

Ocurrió en enero de 1961 en una casa de Caucete. Es la historia de Sebastiana, una mujer que sufría violencia por parte de su marido y que un día puso fin a esos maltratos.

Por Walter Vilca 30 de octubre de 2022 - 09:00

Doce años de cárcel, tal cual pedía la fiscalía. O la libertad inmediata, como solicitaba la defensa. Pero más allá de la condena o la absolución, la cuestión de fondo era la otra lectura del caso: si la castigaban por ser una fría asesina de su esposo o la consideraban una mujer que era una víctima más que sólo se defendió del maltratador que tenía en casa.

El destino de Sebastiana Sosa estaba en manos de un juez. La mujer caucetera había pasado presa ya un año y un mes en la Cárcel Pública de San Juan y no podía olvidar lo sucedido esa tarde del 16 de enero de 1961. La peor de sus pesadillas, pero tan cierta que la tenía como única acusada de un asesinato que conmocionó al poblado de Caucete en esa época.

Ese lunes de enero de 1961, su esposo Hermelindo De los Santos llegó pasado el mediodía al rancho que tenían en la calle Comandante Cabot en la villa de Caucete. El peón rural de 60 años estaba algo borracho, pero además fastidioso. Venía con ganas de desquitarse con alguien y de nuevo emprendió contra Sebastiana y su hija. Se sentó en la mesa como cuan patrón y gritó de forma altanera y prepotente que le sirvieran la comida.

Un violento

La mujer relató que Hermelindo la miraba desafiante, esperando que contestara para buscar excusas y levantarle la mano. Ella le puso el almuerzo y él empezó a mascar, mientras largaba insultos cada vez que metía bocado. Hasta que el hombre se levantó de la silla, tomó el palo que usaban para trabar la puerta y amagó con pegarle.

Hermelindo no bromeaba, iba en serio. Después le largó un palazo directo a la cabeza de Sebastiana, pero ella alcanzó a esquivarlo y el golpe lo recibió en un hombro. La acción defensiva de la mujer enfureció más al hombre, que manoteó los platos y los tiros al piso para mostrar su rabia. Siempre hacía lo mismo para asustarlas y aparentar estar descontrolado, declaró luego la mujer.

Ella aseguró que su esposo la agredió con un palo y por eso tomó un cuchillo para defenderse.

Pero el changarín no se tranquilizó, siguió puteando y volvió a agarrar el palo. Sebastiana sabía que vendría otro golpe o que le aguardaba una dura paliza. En centésimas de segundos pensó en los años de sufrimiento, en la impotencia por no poder enfrentarlo o en ese miedo que parecía no dejarla escapar. Quizás fue su instinto de supervivencia o todo su dolor convertido en bronca, pero en esos instantes miró a su alrededor buscando algo para defenderse.

En defensa propia

Lo primero que vio fue el cuchillo de cocina sobre la mesa y lo tomó rápidamente. Ella misma reconoció -en su posterior confesión- que lo empuñó dispuesta a confrontarlo. No iba a dejar que la volviera a tocar. Muchas veces se había quedado callada.

No recuerda si Hermelindo se le tiró encima para atacarla o fue ella quien se abalanzó para enfrentarlo sin miedo. El obrero rural ni se la esperó, pero Sebastiana le largó un sorpresivo cuchillazo al cuerpo. La estocada con esa hoja metálica de 20 centímetros de largo fue directo al pecho, cerca del corazón. Él quedó paralizado y miró desorbitado a su mujer, sin poder creer que esta vez él había perdido. Ahí vio el chorro de sangre en su camisa y se desplomó en el suelo.

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Otro Caucete. El departamento ahora tiene otro aspecto muy distinto al de 1969.

Otro Caucete. El departamento ahora tiene otro aspecto muy distinto al de 1969.

Sebastiana tomó conciencia de lo que acababa de suceder y corrió al vecino para pedir ayuda. Hermelindo Pascual De los Santos ingresó al hospital de Caucete en horas de la siesta, pero ya estaba muerto. El puntazo en el pecho no le había dado chances.

Homicidio calificado

Esa misma tarde, Sebastiana fue detenida por la Policía y acusada del delito de homicidio. Nadie la escuchó. La única verdad en ese momento era que ella había asesinado a su propio esposo. Los uniformados contaban con pruebas, como el testimonio del vecino que aseguró que Sosa lo buscó para auxiliar a la víctima y el secuestro del arma homicida que involucraba directamente a la mujer de 56 años.

Muchas otras personas fueron a declarar, entre ellos familiares y amigos de De los Santos, que pretendieron hundir a la esposa de la víctima reforzando la hipótesis de la animosidad o hacer ver el homicidio como resultado de una discusión ocasional de pareja. Todo, a pesar de que Sebastiana admitió que reaccionó para defenderse y que al momento en que tomó el cuchillo estaba shockeada por la seria amenaza de otra golpiza.

La mujer fue acusada de homicidio calificado, por el agravante de que la víctima era su esposo.

En el juicio escrito, el fiscal del caso como el abogado defensor esgrimieron argumentos totalmente contrapuestos y sin puntos medios. El representante del Ministerio Público Fiscal sostuvo que hubo una discusión, pero que la mujer actuó de manera dolosa. Incluso puso en duda de que De los Santos la estaba agrediendo. Por eso solicitó al juez que la condenara a 12 años de prisión por el delito de homicidio calificado, es decir que encuadrada el asesinato con el agravante del vínculo. Es que había matado a su pareja.

El juez no valoró demasiado la declaración de la hija de Sebastiana, que respaldó la versión de su madre acerca de que fue el hombre quién la atacó en primera instancia. La tachó por tratarse de un testimonio interesado o parcial, entendiendo que sus dichos tendían a favorecer a la acusada.

El abogado defensor, en cambio, dio vuelta todos los argumentos del fiscal y remarcó que se trató de un acto en defensa propia. Citó a testigos que afirmaron que De los Santos era un violento con la mujer y su hija, que ese día llegó en estado de ebriedad y como en otras ocasiones la maltrató verbalmente y la golpeó con el palo que servía de traba de la puerta.

Un acto de Justicia

El juez tuvo que dar crédito a la confesión de la mujer. El palo al que aludían fue encontrado dentro de la vivienda, además había desorden. Eso respaldaba el relato de Sebastiana, que aseguró que el hombre se puso violento y tiró los platos de comida. Por otro lado, la misma declaración del vecino señalaba que la vio aterrada y arrepentida cuando ésta lo buscó para que ayudara a su marido y lo llevara al hospital.

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El magistrado avaluó que no había testigos presenciales más que la hija. Y que el relato de la acusaba resultaba coherente y ajustado a lo que se apreciaba en la escena del crimen. Tomando en cuenta que el hombre fallecido era un violento, debía creerle a la mujer. Entendió que no hubo agresión ilegítima y no existió una provocación por parte de ella, mientras que usó un medio racional para protegerse de la agresión de De los Santos. Agarró lo que tenía a su alcance, un cuchillo, frente a un hombre que portaba un palo e intentaba agredirla nuevamente, fue su conclusión.

El juez sostuvo que la mujer no provocó el ataque, que respondió a una agresión y uso un medio racional, en este caso un cuchillo.

El futuro de esa ama de casa, que para ese entonces tenía 57 años, estaba en manos del juez. Le esperaban 12 años de cárcel o menos, pero condena al fin, por un delito tan grave como el de asesinar a su propio marido en un hecho circunstancial y sin atenuantes. O le aguardaba la libertad tras un año clamando su inocencia, porque en el fondo era una víctima más de la violencia de ese hombre que era su esposo.

En febrero de 1962, el juez del caso dictó sentencia. En una resolución ejemplar, absolvió de culpa y cargo a Sebastiana Sosa y dispuso su inmediata libertad por considerar que mató en defensa propia. Ese mismo día retornó a su casa y se reencontró con su hija.

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