editorial

Aislados, el lamentable legado de tanto centralismo porteño

Lo padecieron las dos familias sanjuaninas destrozadas en la ruta 40. Lo sufrió hasta el propio ministro de Transporte Mario Meoni, fallecido a manos de una eterna parálisis. Por Sebastián Saharrea
sábado, 15 de mayo de 2021 · 10:18

Bilbao y San Sebastián representan, a grandes trazos, algo similar para España a lo que significan para Argentina Mendoza y San Juan.

Dos grandes capitales nacionales, con similar representación demográfica: Bilbao tiene una población en su conurbano de 1.000.000 personas y San Sebastián tiene 500.000 (620.000 si se agrega la conurbación de Bayonne, del otro lado de la frontera francesa) en un país como España con 47.000.000 de habitantes; algo parecido a Mendoza con 1.000.000 en su zona capital y San Juan con algo más de 500.000 para un país como Argentina de 45.000.000.

Dos regiones definidas con identidad propia además de la nacional (vascos allá, cuyanos acá), ubicadas a similar distancia entre una y otra: 100 kilómetros allá, 160 acá. Es decir que debería trasladarse de un lugar a otro más o menos la misma cantidad de gente. Para interactuar en cualquier ámbito: visita, turismo, comercio, negocios, amigos, familia.

Entre Bilbao y San Sebastián hay una fantástica autovía nacional de hasta 8 carriles –la AP 8- con peaje, dos rutas alternativas impecables sin peaje, 4 trenes diarios y hasta es posible viajar en avión. Ir y volver es un trámite cotidiano, sencillo, para miles, cientos de miles de vascos, españoles y ciudadanos del mundo que pasan a visitar.

Sepultados el tren y el avión como alternativa, entre San Juan y Mendoza no existe ni siquiera una ruta digna en condiciones de apenas dos carriles (uno de ida y otro de vuelta), destrozados de ambos lados, repletos de interrupciones (dos puestos camineros, uno en cada provincia, que interrumpen el tráfico cuando se les antoja con excusas surtidas; dos puestos sanitarios en los que se debe pagar y bajar), badenes, tramos peligrosos con ciclistas en el medio, camiones de tráfico pesado entrando y saliendo. Accidentes, muertes, peligro latente. Dolor de cabeza, tensión y vidas en peligro: preferible no ir, de no ser necesario.

La analogía vasca -más cercana a este periodista- no es para nada exclusiva sino tomada como ejemplo al revoleo para graficar la decadencia nacional en su fallido federalismo. Puede extenderse a cualquier región española con comodidad, donde las rutas catalanas o las andaluzas sacan lustres, también el Renfe (tren) o los aviones.

O a cualquiera del mundo occidental: en EEUU, las autopistas (obra pública también allá, con diferentes formatos de gestión pero todas pagadas con fondos públicos) entre pueblos pequeños son parte del paisaje habitual; en Brasil hay autopistas generosas que no apuntan a la Capital (Brasilia). Hasta Chile marca contraste con Argentina: la única autopista nacional, la 5, corre de Norte a Sur todo el país y fue reconstruida a impecable en los últimos 20 años.

A nadie se le ocurriría pedirle a los vascos, o a los catalanes, que para reparar un bache en su moderna autovía AP 8 haya que hacer una procesión política a Madrid a moverle la cola a algún funcionario de turno nacional. Sería motivo automático de reactivación del espíritu independentista, o de autodeterminación.

Y es eso justamente a lo que este país, el nuestro, Argentina, somete a los funcionarios de cualquier lugar del país, por más cerca o más lejos de las oficinas centrales porteñas que esté: para arreglar un bache en la ruta 40 (esa única y destrozada que une San Juan con Mendoza) hace falta peregrinar hasta Buenos Aires con una caja de vino para caerle simpático al señor porteño (o en su nombre) que maneja los presupuestos nacionales para que dispongan de esos fondos para arreglar el bendito bache. Ahh, pueden pasar dos años en el medio.

Ocurrió este mismo año: un terremoto destrozó en enero la capa asfáltica de la ruta –su único carril, vale insistir- y tuvo que venir hasta el presidente de la Nación a sacarse una foto y cortar la cinta de la reparación.

Ni hablar si lo que se pretende es darle algo más de dignidad a la vida por estos lados e intentar construir una autopista para dos grandes ciudades del interior sin pasar por Buenos Aires, como son los infructuosos esfuerzos de las provincias desde hace décadas para hacerlo en el tramo San Juan-Mendoza de la 40.

Siete años desde que fue licitado y adjudicado (apenas 30 de los 160 kilómetros), y nada. Empresas quebradas, falta de compromiso nacional. Hasta el extremo de los últimos años en que la provincia decidió aportar los fondos para que no se frenaran las obras, porque la Nación se desvinculó de su obligación de los desembolsos en la gestión anterior, más interesada en contraer deuda líquida en dólares del exterior para la timba financiera. Fueron $ 3.000 millones entre ese tramo y el otro lado de la 40, a Albardón. Recién ahora lo pudo recuperar.

En medio de esta vergüenza, imperceptible desde los despachos porteños, se mueve el país. Sin que a nadie le parezca otra cosa que una eterna “normalidad” a la que hay que someterse mansos. En Argentina, imposible imaginar una autopista que no pase por Buenos Aires: las únicas, sobre las rutas 2 y 9, unen Córdoba, Santa Fé, Rosario y Mar del Plata, siempre en dirección a la Capital Federal. Sólo Mercedes-San Luis, por la 7, con fondos provinciales hace 20 años. Punto final, parece ser.

La ruta 40 es la red troncal que atraviesa el país de Sur a Norte, similar a la impactante 5 de Chile pero con mayor recorrido (en el país vecino llega hasta Chiloe, donde la detiene la zona de fiordos). Tiene una extensión de casi 5200 kilómetros, partes de ella recién pavimentadas (en el Sur, desde Malargüe). En San Juan conecta a la capital provincial con Mendoza hacia el Sur y a Jáchal e Iglesia hacia el Norte, hasta que cruza a la Rioja. Su aspecto en la provincia es igual al de hace 50 años, excepto en esos citados esfuerzos de los accesos Sur y Norte, donde se avanza en la conexión con Albardón.

En el tramo a Jáchal es donde se produjo la semana pasada la desgracia de 4 muertos por un choque frontal que destruyó a dos familias. Según las pericias, se trató de una imprudencia de un conductor intentando un sobrepaso en una zona vedada para eso. Pero es imposible no observar el contexto en que se produjo: lleno de badenes de aluviones rotos y llenos de piedras, banquinas cortadas, cinta asfáltica destruida, poca señalización adecuada. Nada mejor para percibir el peligro que manejar de noche (o de día) por allí.

El mismo estado general en que se encuentra todo el tramo a Jáchal, sin mejoras sustanciales desde que fue construido en la década del 70: 50 años básicamente igual, con apenas alguna repavimentación pero sin mejoras estructurales: mismos badenes, puentes y única traza para una región que, lógicamente, creció mucho en ese lapso. Lo mismo la ruta 40 al Sur de San Juan: mismos miserables dos carriles, ahora mucho más deteriorados que en 1950, cuando fue pavimentada como está ahora, para unir dos provincias pujantes y crecientes.

No hay Dios que lo haga entender al funcionariado porteño que atiende en horario de oficina. Y entiende que los grandes asuntos nacionales de Transporte son el soterramiento del Sarmiento –el tren del Gran Buenos Aires cuyo costo es equivalente al Túnel de Agua Negra, unos U$S 1.500 millones, y ninguno de los dos se hizo- o las remediaciones en el aeroparque metropolitano mientras el de San Juan sigue con obra paralizada sin que sus responsables (el gobierno nacional) tome registro. ¿Hasta cuándo?

Así como la red troncal Norte-Sur por excelencia del país, la ruta 40, aparece lejos de la lógica porteña y sus ocupaciones, también está abandonada la red troncal Este-Oeste. La ruta 7 es la más importante del país para atravesarlo horizontalmente junto a la 8 (100 km al Norte), tiene más de 1200 kilómetros y pasa por Santa Fé, Córdoba y Mendoza y conecta con San Juan. Cualquiera que ha viajado a Buenos Aires en vehículo, o de vacaciones a la costa, la ha padecido.

Fue construida entre 1935 y 1975 hasta San Luis, y desde que fue finalizada quedó absolutamente igual. Sólo se fue bacheando, emparchando, pero es la misma traza, los mismos carriles que desde hace casi 80 años. Apenas una mejoría en el acceso a….sí, la Capital Federal. Desde Luján y ahora un poco más al Oeste en Giles. Lógico, sin relación con el crecimiento demográfico o las necesidades de comunicación intensa.

En los 90, esa ruta quedó interrumpida por el agua de la laguna La Picasa, que le pasó por arriba y la dejó inutilizada por ¡8 años! Se reparó con un by pass costosísimo, pero se volvió a inundar 10 años después porque la laguna siguió creciendo. Insólito: en el medio, pueblo y provincias incomunicados, el tránsito recargando la ruta 8, más accidentes, más muertos. También desapareció el tren. La línea San Martín, desde aquel “ramal que para, ramal que cierra” de los 90.

Desde esa época hay accidentes todos los días, muertos todos los meses en esa ruta. El más impactante, por su relevancia, fue el mismísimo ministro de Transporte del país, Mario Meoni, ocurrido el pasado el 23 de abril pasado, justo en el tramo más complicado entre Giles y Areco. Por allí hay que ir a paso de hombre en algunos tramos: un gran tráfico para un solo carril de ida y otro de vuelta, igual a como fue construido en 1940. Con paciencia y esquivando inconcientes apurados que cada tanto son noticia.

Pocos lo habrán padecido como Meoni. Fue intendente de Junín 12 años, la ciudad a 250 kilómetros de Buenos Aires que enfrenta una odisea para ir a la Capital. Y ahora como ministro, justamente de Transporte, regresando a casa después de una semana de trabajo y siendo víctima de una trampa de décadas. Ni eso parece despertarnos.

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