opinión

Semana 10: Los domingos en familia y los alcances del cuarto caso 

Opera un vencimiento importante: hasta dónde llegó el daño por la gira de Laurita. Mientras, los sanjuaninos de pic nic esperamos el invierno debatiendo sobre el encierro.
sábado, 30 de mayo de 2020 · 10:42

A caballo de los dos países distintos que conviven dentro de Argentina, comenzó en San Juan un evidente procedimiento de “normalización”, algunos acatando la regulación descomprimida y otros desbordándola sin más.

En estos días se cierra el ciclo sobre el alcance del daño que causó la gira descontrolada de la médica que asistió a su hermano con el virus, lo contrajo y lo repartió. El 17 de mayo fue confirmada su condición de infectada, tuvo tiempo antes de contagiar a al menos un colega. El 31 de mayo, este domingo, se vencen los 14 días de incube que corresponden para saber si hubo otros más.

Al mismo tiempo, comenzó en San Juan una decidida descompresión de la más estricta cuarentena, gesto devenido de la (por ahora, tocando madera) privilegiada situación de provincia frente al descalabro que el virus viene generando en todo el mundo y ahora también en el país.

Pero lo afirmado en estas líneas en entregas anteriores se dibuja con más fuerza con el paso de los días: para el coronavirus, hay dos países nítidamente delineados. Uno, el cúmulo de AMBA –Ciudad Autónoma más conurbano-, y el otro el resto del país. El primero, ampliado a toda la provincia de Buenos Aires con sus grandes ciudades que no integran el GBA (Mar del Plata, Bahía Blanca, Tandil, etc.) apenas supera los 18 millones de habitantes sobre un total de 45 millones, pero concentran el 90% de los casos y más aún de las muertes. El 10% restante se reparte en todo el resto del país, las 22 provincias. Con picos como Chaco o Córdoba, pero marcando cifras de un dígito en el conteo diario de casos.

Claramente dos países distintos, que distingue a Argentina del resto de los países del mundo, donde el contagio es más diversificado. Con polos mayoritarios (NYC en EEUU, San Pablo en Brasil o Santiago en Chile, pero otras zonas también claramente comprometidas). En consecuencia. También será diferente el tratamiento de las restricciones que impone la cuarentena, y más aún si en ese manual de disposiciones le va la vida económica a tanta gente.

Por ese motivo es que San Juan pudo liberar hasta el momento el 92% de sus fuerzas económicas, un dato que fue tenido en cuenta hasta por el presidente Alberto Fernández en su último anuncio. Con un denominador común en todos los casos: nadie volvió a ser el que fue, en ningún caso las ventas siquiera se acercaron a los tiempos previos a la pandemia. Conectados al respirador, mejor que muertos. Y la cada vez más certera sensación de que la recuperación no será instantánea.

El resto de las provincias descomprimidas también comenzó a mostrar una cara diferente a la cuarentena más estricta que debería operar en el AMBA. Los casos más evidentes de la semana fueron Jujuy que arrancó con el turismo interno y piensa hacerlo con las clases; o Mendoza, que levantó la persiana de a poco a los bares y restaurantes. Dos provincias administradas por gobernadores opositores, para quienes puntean datos políticos en estas decisiones.

San Juan analiza esos mismos puntos y habilitó en la última semana un par de actividades que levantaron un poco el humor entre tanta pálida. La posibilidad de liberar energías por el deporte al aire libre, una marca indeleble en el ADN sanjuanino eso de salir a la montaña a hacer trekking, o a las rutas a pedalear. Y la de juntarse con la familia, distanciados por el confinamiento marcial al que hubo que apelar en los primeros meses del virus.

Hubo fotos de reencuentros familiares que emocionaron, miles de historias que ponen en carne y hueso los padecimientos por la distancia, en especial los dedicados al segmento menos escuchado en esta novela, tal vez por su nula capacidad de queja: los niños.

Hubo también una vorágine incontenible en las calles, pasando por encima las regulaciones cuarenteneras más esenciales. Se vieron hasta algunos cafés abierto de prepo, estaciones de servicio sobre el margen de la Circunvalación con sus tiendas abiertas y sus mesas al aire libre ocupadas hasta por jueces de renombre.

Ni justificar ni hacer apología, pero puede comprenderse que el encierro motive liberar toda la energía contenida durante tanto tiempo cuando el panorama local no se acerca al que transmite la tele porteña. También que algún comerciante intente hacer una moneda, si no pone en riesgo a nadie, o algún transeúnte camine más allá de los 500 metros permitido. Se entiende también que la autoridad no puede consentirlo, sí puede evitar persecuciones absurdas.

Se da en medio de la batalla política por la cuarentena. Vigente en cuanta programación porteña (y, sólo con eso, de jurisdicción nacional), pero también con algunas esquirlas sobre San Juan, lógico que con algunos condimentos locales y un peso relativo de los casos que impacta en el humor.

A mayor cercanía de los casos, mayor es el miedo, y a mayor miedo mayores cuidados. Eso debería ser un razonamiento lógico, que asombrosamente consigue alterar la posición política. De cajón debería descartarse que no hay un sector harto de la cuarentena y otro que disfruta de tan tremendas limitaciones: están (estamos) todos hartos.

Tampoco hay un espacio que lucha a corazón partido por las libertades individuales (transitar, por ejemplo) y otro que acata gustoso tales censuras. Todas las detestan (detestamos). Y menos se verifica que en los sitios donde no se han “abolido” las libertades, su haya salvado la economía. Por el contrario, Brasil y su fanático mandatario y EEUU atestiguan que la caída es idéntica, nada más que con memos gente con vida.

Ocurre que se transita un estado de excepción, en los que las conductas individuales no sólo atentan con la propia integridad sino –tal vez lo que más cueste entender a los abolicionistas de la cuarentena- también contra la de terceros. Sin desentenderse del hartazgo, la saturación y el alerta por la salud económica que depara el confinamiento. Con perdedores de todo tipo, pero algunos que pierden más que otros, comprensible entonces esa angustia.

Lo notable es que semejante militancia televisiva ha derivado en una ecuación política al menos curiosa: los que defienden a la cuarentena son oficialistas, y los que la cuestionan son opositores. Con lógica primitiva y límites borrosos por supuesto, pero algo así. En consecuencia, se configura la peor de las sospechas: que existen móviles políticos en capitalizar para un bando político especial el razonable malhumor que generan los efectos de la cuarentena.

En San Juan existe el mismo debate, pero diluido en agua. Y tamizado por la lógica local, de pocos casos y poco miedo en la calle (como se percibe en cualquier día laborable). La gente circula igual, en medio de medidas más laxas y algunas confusas (una barrera en la peatonal que separa por metros a comercios a los se puede ir y otros a los que no).

Conviene preguntarse qué mejoraría en San Juan si la habilitación fuera masiva, y que se perdería. De éste último lado, en riesgo aparece lo que puede saltar a 14 días de distancia por un amontonamiento innecesario. Del otro, los comerciantes declaran en promedio estar vendiendo un 30% respecto de la vieja normalidad, no parece que el motivo sea que no se puede ir a comprar sino la bomba de incertidumbre creada por el virus en la confianza: el que no perdió el trabajo, se lo redujeron, el que no, no sabe si volverá a cobrar.

Al mismo tiempo ocurre el vencimiento de los plazos epidemiológicos para conocer el tamaño de la onda expansiva del tour de la médica que se contagió por atender a su hermano en una zona a la que no podía acceder hace ya casi dos semana. Laurita, así llamada por su amiga Rosa Contreras (la epidemióloga que llamó al operador de los vuelos para convencerlo de que cargara en el avión sanitario al paciente) se floreó por donde quiso.

A la cadena de lo ya conocido -entrar a una zona restringida, salir sin problemas luego de haberse contagiado y protagonizar episodios pocos claros en la calle con el virus encima- agregó ahora otro eslabón con la visita a un médico conocido para aparentemente consultarle sobre su malestar. Terminó contagiándolo y obligando a seguir la huella de éste último.

Este domingo, cuando se cumplan las dos semanas de su diagnóstico positivo, se conocerá si su gira tuvo alguna otra víctima. Mientras su situación judicial entra en un cono de complicaciones, seguramente será ella misma por su propio beneficio quien estará cruzando los dedos para la onda no sea mayor. Mientras su amiga Rosa entrega su versión y trata de explicar lo que pasó, con poca suerte.

Claro que esos plazos operan para lo de la médica Laura. Porque su colega neumonólogo contagiado fue diagnosticado esta semana, como resabio del descontrol de ella. Y obliga, otra vez, a volver el reloj atrás y empezar a contar los días de nuevo.

 

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