El Gobierno promete que la ley que trató anoche el Senado
impulsará el derrame de una dorada catarata de beneficios económicos sobre la
Argentina. Por ahora, incluso los más optimistas adherentes al oficialismo
están obligados a reconocer que ese éxito económico existe sólo en los
escenarios virtuales que arriesgan los economistas y en la imaginación de los
funcionarios. Pero Mauricio Macri tiene a mano un motivo de celebración
instantáneo y rotundo: lo que consiguió ayer el oficialismo es un triunfo
político con pocos antecedentes comparables en los últimos años. Con un bloque
de apenas 15 senadores, Cambiemos logró que más de dos tercios de la Cámara
apoyen el proyecto que pidió el Poder Ejecutivo.
¿Esto será un caso aislado o inaugura una tendencia de
votaciones cómodas para el oficialismo en el Congreso? "Podemos estar
contentos. No tenemos que dar por supuesto que siempre tendremos esta mayoría,
pero lo que queda claro con esto es que se va consolidando una dinámica de
trabajo que invita a consensuar. Nosotros nos basamos en el consenso y la
votación prueba que estamos construyendo confianza”, dijo anoche a este diario
Marcos Peña, jefe de Gabinete. "Si hace cien días nosotros le decíamos a
alguien que a esta altura íbamos a tener la ley para salir del default votada
por más de dos tercios del Congreso nos hubiesen tratado de locos”, calculó un
importante funcionario ante Clarín, sin disimular la satisfacción.
¿En qué momento supieron los hombres de Macri que
conseguirían que se apruebe la ley? "Cuando logramos separar de este proyecto
la negociación del 15% de coparticipación para las provincias que reclamaban
los gobernadores. Ahí ganamos”, evaluó anoche uno de los hombres más cercanos
al Presidente.
La construcción del consenso que convirtió una bancada
minoritaria en una mayoría aplastante, según describen en la Casa Rosada, llevó
meses de viajes, encuentros y llamados del ministro del Interior, Rogelio
Frigerio, y del presidente de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó. También
trabajaron en ese sentido el secretario de Interior, Sebastián García De Luca,
y el jefe de los diputado de Cambiemos, Nicolás Massot.
Ese mismo equipo, incluso, ya se puso enfrente el plan de
conseguir para dentro de dos semanas el apoyo de dos tercios de los senadores
para los candidatos a la Corte Suprema, Carlos Rosenkrantz y Horacio Rosatti.
Antes de esa prueba, Frigerio dará una señal de que el
Gobierno está abierto a negociar incluso con los opositores más duros. Mañana
viajará por primera vez a Río Gallegos –Macri no visitó esa ciudad ni siquiera
en campaña– para sentarse a dialogar con la gobernadora de Santa Cruz, Alicia
Kirchner. De allí, saltará a Tierra del Fuego para buscar apuntalar a otra
mandataria peronista, Rosana Bertone, que enfrenta una situación política y
social desesperante.
Nadie sabe qué apoyos conseguirá el ministro en ese
recorrido patagónico, pero sí se puede anticipar que el viaje servirá para
consolidar la impresión de que el Gobierno seguirá trabajando para ampliar el
consenso –con todas las herramientas que encuentre a su paso– y para alejarse
del estilo confrontativo que tanto transitó el kirchnerismo.
El golpe pegó fuerte entre la quincena de senadores del
Frente Para la Victoria que votaron en contra del proyecto del Gobierno. "¿Era necesario que tantos de los nuestros se
dieran vuelta? No hacía falta que nos mostráramos tan débiles”, evaluaba ayer
uno de los rebeldes cuando ya estaba claro que la derrota sería por goleada. La
respuesta es fácil: no hacía falta, al menos desde el punto de vista de las
matemáticas. Pero esa ciencia suele quedarse corta para explicar vaivenes de la
política.