En su libro "Federico Cantoni, hacedor del San Juan del siglo XX", Ursulina Cantoni, hija del caudillo, describe cómo era la estancia Guañizuil en su pico productivo.
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SUSCRIBITEEn su libro "Federico Cantoni, hacedor del San Juan del siglo XX", Ursulina Cantoni, hija del caudillo, describe cómo era la estancia Guañizuil en su pico productivo.
Señala que Cantoni compró a Don Carmen Videla, en el año 1916, los derechos de campo en el departamento Iglesia, la estancia Guañizuil. "Según su relato, fueron tierras feraces, pero casi todas revenidas, no había canales ni acequias; el agua invadía el predio y en los lugares bajos se hacían grandes lagunas donde crecían totorales. Para disecar esas lagunas, se trasportaron en carros piedras y ripio de la falda de los cerros que las circundaban. Fue una tarea ardua, costosa y que implicó mucho tiempo".

"Yo conocí la estancia Guañizuil cuando era un oasis de una vegetación exuberante. A la entrada, álamos impresionantes formaban una avenida que llegaba desde la ruta al casco de la estancia. A la derecha de la entrada estaba el criadero de nutrias y las casillas que alojaban (provisoriamente) a los zorros plateados. Al final, la casa de adobe, cómoda y confortable. Al frente, había jardines con flores variadas".
Agrega que a la izquierda de la casona se ubicaban los corrales para los caballos peruanos que habían sido traídos desde Salta. Allí también estaba el famoso "Jáchal" y sus crías, un caballo que había ganado varias carreras en el hipódromo, incluso el Premio Carlos Pellegrini. Cantoni lo compró en un remate en La Rural y lo tenía como reproductor, ya que era manco.
"En el patio estaba el aljibe que nos proveía de agua potable, y más a la derecha "la cantina", donde los peones se abastecían de mercadería. Todo esto era provisorio ya que se había proyectado un chalet con el que soñaba la señora Ursulina: muy cerquita, existía una pequeña loma en la que se habían plantado cercos de uva "Ursi", rosales de pie y rastreros, además, gran cantidad de flores exóticas que ella cuidaba con absoluto esmero. Rodeando este proyecto y ascendiendo hasta la altura de la loma, había una calle angosta".

Y continúa: "Las avenidas eran pobladas por castaños, fresnos y abedules que crecían maravillosamente bien, el clima y la altura favorecían estas plantas oriundas del sur de Europa. Había un "cuadro de alfalfa" para alimentar a los animales. Teníamos setecientos cerdos, todos de pedigrí, provenientes de los criaderos de Santa Fe de don Juan Campeón -eran los Durock-Jersey-. Más adelante pastaban las ovejas karakul en invierno, ya que en el verano se las llevaba a la precordillera, ya que es una raza especial que necesita para su vida pastos pobres, sino perdían su característica adiposidad de la cola.

Era un espectáculo ver trasladar un rebaño de mil ovejas. Un puestero avezado, Hediberto Tejada, su esposa Carmen y su hijo Meregildo, acompañados de otros obreros, trasladaban el rebaño durante todo el verano a la precordillera. Tenía Hediberto once hijos, sumamente adiestrados en estos menesteres. Llevaban varias mulas cargueras llenas de provisiones para poder mantenerse durante tantos días, en los que indefectiblemente debían engrosar su alimento con el sacrificio de alguna oveja del rebaño, afectada físicamente".
Ursulina cuenta que con los cueros de esos animales se hacían grandes fajos que se mandaban al señor Sigifredo Seefeld, que tenía una enorme curtiembre de la que salían listos para la fabricación de tapados.
"Cuando se intensificó la cría de zorros plateados, se hicieron las celdas en la Finca Nueva, distante 20 kilómetros de Guañizuil. Un alemán experto se ocupaba de su cuidado. Las celdas se pintaban de blanco para que el pelaje del zorro, al mimetizarse, fuese de mayor valor. También se reproducían zorros colorados, pero no tenían la aceptación de los plateados".
"Guañizuil tuvo 400 hectáreas de manzanas de diferentes variedades. También se plantaban papas, porotos, maíz... A toda la gente de la zona de Tudcum se le obsequiaban lanas y manzanas, teníamos en gran cantidad y el flete era caro. Recuerdo con cariño los telares de todo Tudcum y Colangüil. A Doña Manuela Noriega con sus magníficas obras, a Carmen Urriche, a los Quilpatay, todos avezados en hacer frazadas, jergones, alfombras..."
"Guañizuil: era el lugar más visitado por los turistas que se alojaban en Pismanta, Centenario y Terma de Rosales. No solamente porque era un oasis en medio del desierto, sino para conocer a Don Fico, un personaje tan polémico, tan querido, tan fascinante".

El ocaso
Ursulina reseña que cuando la familia viajó a Rusia, cuando Federico Cantoni fue nombrado Embajador, éste le deja un poder a su hermano Elio y a un señor Moya, para que administraran todos sus bienes.
"Mientras Federico recibía noticias favorables respecto de la administración de la estancia, ellos, sin consulta previa, decidieron venderla porque 'no se podía comercializar los productos, y por el transporte costoso'. Se vendió por seiscientos pesos a un inglés, señor Senior, el cual, a los tres meses, vendió solamente álamos por un valor de siete millones de pesos. Fue muy doloroso para Federico y para mí esta venta. Esa fue la verdadera causa por la que Federico colmó su paciencia y dejó Rusia ávido de salvar Carpintería, que también estaba a la venta. Así, la mayoría de los detalles de la estancia solamente quedaron grabados en la imagen de quienes la conocimos: su colección de lilas, los tulipanes, las violetas de los Alpes... una policromía que nunca volví a contemplar. También para el departamento de Iglesia fue una gran pérdida: las ovejas karaku y sus cueros ya estaban impuestas en el mercado y representaban una fuerte entrada de divisas; el turismo a la estancia terminó, los animales quedaron sumamente abandonados y los artesanos de la zona, no recibieron más la lana donada que aumentaba sus magras ganancias.
Fue para mí tan doloroso que nunca volví a Guañizuil, ni como simple turista".
