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Columna

Al show del empacho, el grito celeste y blanco de los invisibles

Este 25 de mayo encuentra a los argentinos más oprimidos, al pueblo más infeliz y a los pobres más pobres. Mientras, se transmite por televisión la función teatral protagonizada por el presidente democrático que menos quiso al país.

Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Eduardo Camus

El 25 de mayo es una fecha que ratifica la profunda fe del pueblo argentino. Este día patrio es una invitación a reflexionar. La encrucijada en la que estamos como país nos interpela para pensar en ese pasado y así poder construir una memoria común que nos permita buscar un presente más justo. A pesar de las heridas y las derrotas, lo nacional brota en el celeste y blanco de las escarapelas, los locros compartidos, los chocolates y los actos escolares.

Las escuelas preparadas para la efeméride, la bandera en alto y los pibitos listos para representar la Revolución de 1810. Los más estudiosos recitan alguna prosa, memorizamos la Primera Junta, pero lo más divertido siempre fue pintarse la cara con un corcho quemado y ser algún trabajador de la época. Esos sin nombre, aún esclavos, fueron los principales hacedores de la gesta libertadora. ¿Se imaginan lo mal que hubiese olido Saavedra sin las lavanderas? Moreno no habría leído jamás a Montesquieu o Rousseau sin quien le vendiera las velas. Esos pibes con las caras tiznadas, con papeles secundarios en los actos escolares, son los trabajadores excluidos de la revolución.

A lo largo de los 214 años recorridos, con pequeños momentos excepcionales de gobiernos populares, y hoy más que nunca, los más vulnerables quedan fuera de la historia. Los vendedores ambulantes de aquel mayo son los trabajadores de la Economía Popular del siglo XXI, fuera de todo sistema que los contenga, inventores de sus propios trabajos. Imprescindibles en la construcción del tejido social y a la vez invisibles. ¿Por qué dejamos afuera a quienes hacen? Si en plena pandemia reconocimos lo esencial del trabajo y la solidaridad de las mujeres de los comedores y merenderos, hoy con un 55% de pobreza y un 18% de indigencia, ¿por qué las negamos o somos indiferentes? En nuestro país, la mitad de los trabajadores laburan en condiciones informales, es decir, con menos derechos, sin cobertura de salud, sin posibilidad de jubilarse, sin descanso.

La escuela del Estado Nación, pensada por Sarmiento, sirvió perfectamente para construir estereotipos, inclusiones y exclusiones. A medida que íbamos creciendo, pintarse la cara de negro deja de ser entretenido, y aspiramos a progresar a roles más “civilizados”.

Sarmiento se declara a sí mismo un hijo de la Revolución de Mayo. Orgulloso, en Recuerdos de Provincia, escribe que su propio nacimiento obedece a la "efusión patriótica" de su padre. Sarmiento, brutal y genial, hace de su propia vida un paralelo con la Argentina. Loco y pasional por este país, mejor dicho, por su idea de lo que tenía que ser –una pequeña Europa– y no por lo que realmente era –un país de Nuestra América, con indios, negros, gauchos y mulatos. Roca, quien tampoco se caracterizaba por su mirada inclusiva ni mucho menos, lo sintetizó: “Amaba la Patria, pero no a sus compatriotas; a la educación, pero no a los maestros; a la humanidad, pero no a sus semejantes”.

En Sarmiento, el problema de la dicotomía: dos Argentinas. Una, la de las élites dirigentes, cuyo pensamiento no tiene contacto con la Argentina de carne y hueso, que no les importa lo real. Quieren borrar a los laburantes, a los negros, indios, gauchos. A los de antes y a los de hoy. Pretenden falsificar la historia e impedir que el país encuentre su verdadero rostro. Diego Capusotto lo define con aguda simpleza: “Se creen dueños de un país que detestan”. La otra Argentina, la de abajo, la invisible, la del barro de la historia. La nuestra, la que no sale en las tapas de los diarios, pero que cada día hace este país. La Argentina que no para de laburar. Las caras marcadas por el sacrificio, el trajín diario de buscar sobrevivir en un sistema que los usa como mano de obra y los desecha cuando los malditos números de la economía no quieren cerrar con ellos adentro.

El empacho de poder es obsceno. Es que el mileismo no reparte ni siquiera lo que tiene. Prefiere que se pudran 5.000 toneladas de alimentos antes que ponerle rostro a la pobreza que se ha empecinado en multiplicar. Invisibiliza las filas del hambre. Se empacha de su propio show mientras los trabajadores que no llegan a fin de mes golpean las puertas de los comedores en donde hay ollas vacías y una tristeza infinita.

Milei no es parte de las élites, es un marginal. Un showman, un mal comediante –como el protagonista de Bebe Reno– que quiere ser simpático para los dueños. El abuso lo sufrimos los argentinos. No es normal ni gracioso que el presidente sea una farsa absoluta. Es responsabilidad de todos no banalizar esta locura. No hay pacto de Mayo, ni ha logrado absolutamente nada de lo que prometió o anuncia. Ha viajado solo al exterior, nunca a las provincias; es un presidente que no conoce el país. En los 5 meses de su mandato, estuvo fuera del país 26 días, 102,541 km –pagados con la tuya, con la de todos– y no consiguió un solo acuerdo o inversión; solo ha generado conflictos diplomáticos.

¿Es un fracaso o una gran estafa? Sus presentaciones histriónicas, buscan llamar la atención, todas teñidas de dramas cambiantes. A mi me hacen pensar a Galtieri diciendo “Vamos ganando”. Pero la realidad, lejos del show, es otra, distinta. Las provincias comienzan a tener grandes crisis, por no poder afrontar el brutal ajuste. Misiones totalmente incendiada, policías, estatales, docentes reclamando sueldos que les permitan llegar a fin de mes o, por lo menos, un cachito de vida digna. El Poder Judicial de Mendoza tomado, la misma situación. Y en San Juan docentes que se plegaron a un cese de actividades porque falta para llegar a la canasta básica. No alcanza, aunque se tenga un trabajo formal, empieza a replicarse el malestar. Devaluación, inflación, recesión y ajuste es un combo explosivo, todos lo sabemos. El falso profeta lo planteó en campaña, prometía hacer el ajuste fiscal y suba de tarifas cuando la economía se recuperará. No pasó, en marzo se registró una caída de la actividad económica del 8,4% con respecto al año anterior. “… ¿Quién pagó los gastos?” pregunta Berltol Brecht en el poema Preguntas de un obrero que lee. No hay la mínima mejoría para el pueblo. Flota la pregunta, cuánto más puede seguir destruyendo: industria nacional, obra pública, universidades, pymes, 100,000 puestos de trabajo, jubilaciones y pensiones, la sangría no se detiene. Inversiones no, trabajo para los argentinos no. Eso sí, cantó en el Luna Park. A mi hija Eva, de 12 años, le da “cringe”. Tuve que preguntarle qué significa; vergüenza ajena, me explicó. Me pareció una buena definición. Para esta nota busqué el significado de este anglicismo y es peor: tener un papelón como presidente. La traducción del inglés es “encogerse o hacerse pequeño”.

Milei nos quiere pequeños, encoger las posibilidades del país, dejarnos indefensos y así vender la Argentina. Para eso necesita la Ley Bases y el paquete fiscal, en especial el RIGI. Es abrir las puertas a un saqueo como en la época de la colonia. Un robo de dimensiones históricas y mundiales, sólo Angola y Nigeria tienen regímenes parecidos. Si esto avanza, Argentina va a ser un nuevo Potosí, "la ciudad que más ha dado al mundo y la que menos tiene", describe Eduardo Galeano.

No hay tiempo para esperar, hay que frenar esta locura. Nuestros representantes, gobernadores, senadores, diputados y jueces tienen la responsabilidad constitucional de defender la Patria. No sirven acuerdos parciales, en los que pocos o solo alguno arregla y el resto padece. No es más pícaro, ni mejor político, quien lo hace. Es lisa y llanamente un especulador que pretende salvarse solo. Hay que evitar la disolución nacional. El pésimo ejemplo de estos días es el de la UBA, en el cual su conducción radical usó una causa nacional –la defensa de la Universidad Pública– para su exclusivo beneficio. Este tipo de maniobras hacen daño y, más temprano que tarde, se vuelven contra quien las lleva adelante y sobre todo atenta con la unión que necesita el país para salir de esta inédita crisis.

El cabildo abierto, el corazón enardecido de nuestros próceres, el eterno sacrificio de los trabajadores, nuestra historia, nos exige un camino revolucionario. Alterar esta ruta de entrega y subordinación a intereses que no son los nuestros, revocar el orden impuesto que nos ha traído hambre y miseria social. Encontrar en los argentinos, en quienes trabajan, la cara del pasado, presente y futuro. No hay Patria sin trabajadores.

¿Qué haremos si un día cualquiera descubrimos con angustia que ya no hay Patria que nos contenga? No es un capricho recuperar el romanticismo de aquellas propuestas populares que soñaron con una patria justa, libre y soberana. Es la condición para empezar a construir la esperanza.

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