El templo de la comunidad Emaús es una casona de campo con aire colonial emplazada en Las Chacritas que no tiene nada que envidiarle a las casas de fin de semana de los más pudientes. Las misas, en estos días soleados, se hacen en el pastito, rodeado de álamos y flores. Si ven que aparece algún extraño, varios de los presentes se acercan entusiastas para invitarlo a unirse al grupo. Muchos se besan y abrazan antes de sentarse, y los niños corretean por el pedregal mientras los grandes cantan al son de una banda de pibes y pibas, ayudados con un equipo de sonido. Antes de empezar la ceremonia de todos los domingos, el cura, a quien casi todos tutean, hace una confesión exprés a un adolescente e improvisa una bendición a un joven en el altar. Mientras tanto, unos niños humildes de la zona andan a los saltos pidiendo cuidar los autos de los feligreses.
Emaús, la otra iglesia
Emaús nació con 15 personas hace 17 años y hoy cuenta al menos 500 seguidores directos que participan en poco más de 30 “comunidades”, que son grupos con alguna característica en común que se juntan a reflexionar y compartir experiencias. Quienes están dentro del movimiento dicen que es especial porque le da lugar a muchos sectores que la Iglesia tradicional no contenía, como los divorciados e incluso gente de otras religiones. Están conformados como una asociación civil y tienen una meta mayor: convertirse en la Asociación Privada de Fieles.
“Emaús nació de la oración, era un grupito de jóvenes que se juntaban y yo estaba recién ordenado. Y empezamos a sentir un llamado, a compartir esta experiencia, y el Señor fue bendiciendo este deseo y empezamos a crecer”, describe el padre Gutiérrez. “Hoy hay gente de todo tipo, de toda clase económica, de todo tipo de profesión y no profesión, adolescentes, adultos, separados, divorciados, juntados, la verdad que Dios nos inspiró a hacer un lugar para todos. Incluso hay hermanos de otras religiones, evangélicos, que se han acercado y están participando. Desde hace mucho se les va dando cada vez más lugar y ellos se lo van dando y se dan cuenta de que ellos pueden participar por otro camino, como el servicio, el apostolado, ya es un mito que el separado no puede volver formar una familia y seguir en la espiritualidad”, agrega.
“Tenemos dos dimensiones. Hacia adentro es toda la vida en comunidad, los retiros, la oración. Y de adentro hacia afuera es el servicio, la predicación de retiros, conferencias, la Red Sanar, el grupo de oración y autoayuda que es todos los jueves que van 150 personas a acompañarse y funciona en Santa Rosa de Lima… Hay iglesias que nos prestan las instalaciones y muchas comunidades se juntan en sus casas”, enumera el sacerdote las actividades de Emaús.
Si bien el grupo no es de lo más ortodoxo de la Iglesia local, el padre subraya que “es algo eclesial”. Asegura que siempre tuvieron anuencia del Arzobispado: “Tenemos apoyo total. Primero cuando estaba Distéfano, que fue poco tiempo. Y después con Alfonso Delgado, y estamos muy agradecidos porque parece increíble que un obispo nos esté apoyando tanto”.
Gutiérrez fue secretario del primero y ahora repite con el actual obispo. El sacerdote destaca que es tan buena la relación con los superiores, que este año hicieron en el Arzobispado el lanzamiento de la Red Sanar (una organización internacional de voluntariado para la salud mental con filiales en varias provincias del país que llegó a San Juan de la mano de Emaús).
La casa de Emaús fue creciendo de a poco, según Gutiérrez, a base de donaciones, que se iniciaron con un predio en Las Chacritas de varias hectáreas: “Primero era un salón, después le agregamos una galería, ahora estamos haciendo una cocina grande y la idea es hacer dos habitaciones para que las comunidades se queden. Hay empresas que por ahí les dijimos, o se enteraron y trajeron ayuda, y es increíble que cuando estamos quedándonos sin fondos, alguien nos da una mano”.
En la galería hay una pizarra con un gran afiche que muestra el proyecto de la casa Emaús. Una señora vende desde madalenas y rosquitos hasta adornos navideños, mientras en el predio relucen columnas y vigas nuevas de la ampliación en marcha y los autos van llegando y se va poblando la misa sui generis.
Cuando le preguntan a Gutiérrez si no hay recelo dentro de la Iglesia por lo convocante de Emaús, el padre asegura que “en general no, algunos pueden tener una mirada más expectante sobre qué va a pasar, pero en general recibo mucho cariño”. Y concluye: “Siempre hay algún tipo de celo, pero bueno…”.
El gurú espiritual
Aunque él aclara que en el movimiento participan otros sacerdotes como Luis Garcés de Albardón y Andrés Riveros de San Martín, el peso del padre Eduardo Gutiérrez en Emaús es incuestionable. Sanjuanino, de Desamparados, con 44 años, Gutiérrez se crió en una familia con 3 hermanas. Estudió en Rosario, “porque en ese tiempo no había seminarios”, dice. Se inició como secretario de monseñor Italo Severino Distéfano en los ’90 y pasó por varios templos: estuvo en La Merced, en Rawson, en el Divino Salvador de la UCC, en Angaco, en Santa Lucía y ahora volvió a sus funciones en el Arzobispado como secretario de Alfonso Delgado. “Con el obispo hay mucho cariño, nos conocemos mucho y es un hombre muy simple”, asegura, intimista.
El por qué del nombre
El padre Gutiérrez cuenta que “Emaús” remite a un relato bíblico sobre unos discípulos que camino a ese lugar se encontraron con Jesús resucitado y encontraron así la felicidad. “Nuestra misión es ponernos en el camino del que está mal, del que está deprimido, del que perdió un hijo, y ayudarlo a llegar a la resurrección”, asegura.