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miércoles 6 de mayo de 2026

rinconcitos sanjuaninos

Hualilán, testigo del oro y de la cárcel de antaño

Las ruinas de Hualilán, en medio de la nada, cubiertas por un silencio ensordecedor y envueltas en antiquísimas leyendas que aseguran que aquí está el oro al alcance de la mano, siguen en pie. Por Gustavo Martínez Quiroga.
Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Gustavo Martínez Quiroga
Canal 5 Telesol

Las ruinas de Hualilán, en medio de la nada, cubiertas por un silencio ensordecedor y envueltas en antiquísimas leyendas que aseguran que aquí está el oro al alcance de la mano, siguen en pie, desafiando el tiempo y extasiando a sus visitantes que se ven transportados a la época incaica, o al siglo 18 o 19, de donde datan estas ruinas, cuando criollos e ingleses sobrevivían con mucho sacrificio,(mas los primeros que los segundos) sin agua suficiente y soportando las intensas inclemencias climáticas, alimentados con la sola promesa del metal dorado.
La palabra Hualilán, que en lengua aborigen significa  “tierra de oro”, da cuenta del conocimiento que tenían los primeros habitantes de estas tierras sobre los minerales auríferos de la zona, ubicada en Ullum, al Noroeste de la ciudad de San Juan y al oeste del Valle de Hualilán propiamente dicho.
Se trata de una cuenca de gran extensión, sin desagüe  y cuya parte más deprimida es la Pampa de los Avestruces, cerca de La Ciénaga. La ruta provincial 436 que une la capital provincial con el departamento Iglesia cruza todo el valle en sentido longitudinal y pasa a pocos metros de las ruinas mineras, a 1760 metros sobre el nivel del mar, cuyas chimeneas pueden divisarse claramente desde el camino.
El oro de Hualilán ya habría sido explotado para el imperio Inca, pero la historia más reciente se inicia cuando una compañía inglesa, que había trabajado en la región minera de El Tontal y El Castaño, aumenta su capital y comienza labores en éste yacimiento en el año 1872. Al principio se trabajó con éxito hasta que el mineral cambió de carácter y se generaron muchas dificultades para la extracción del oro, que hicieron que la compañía tenga que abandonar los trabajos.
Tres años más tarde, en 1875, otra compañía inglesa llamada paradójicamente “La Argentina”, reanudó las labores: instaló dos hornos de tostación con capacidad para 80 toneladas diarias y con el trabajo de 124 mineros criollos y 35 ingleses hizo un total de 31 excavaciones. Pero la empresa no logró extraer más de 0,75 onzas (aprox. 21 gr) por tonelada. Además del bajo rendimiento, la extracción de agua subterránea y el transporte en caminos casi inexistentes se transformaban en verdaderos problemas para la continuidad del emprendimiento. Desanimados los inversores, abandonaron definitivamente la mina.
En verdad, la región adyacente a las minas es muy pobre en agua pero existen algunas vertientes en sus cercanías. La más próximas es la de Los Marayes a tres kilómetros del establecimiento, de la que se sirvieron los ingleses instalando una cañería sostenida por pilotes de piedra, cuyos restos pueden observarse todavía hoy.
El establecimiento metalúrgico de Hualilán fue uno de los más grandes de aquélla época, disponía de dos motores de más de 100 hp cada uno, que movían toda la maquinaria. La capacidad de la planta era variable pero llegó a procesar 200 toneladas por día. Las habitaciones de los directores de las empresas ostentaban cierto lujo considerando la ubicación de la mina, pero los mineros ocupaban miserables pircas de piedra.
Aproximadamente a dos kilómetros del pique central hay otro grupo arquitectónico, también de piedra, pero notablemente menos elaborado. Se trata de la vieja cárcel construida y usada durante los años de las compañías inglesas. La construcción, abandonada desde entonces ha sido usada por puesteros nómades, que han techado un sector con troncos y ramas. El patio posterior de la antigua cárcel muestra claras señales de haber sido utilizado como corral.
Todavía se encuentra a un costado de las ruinas todo el relave dejado por la explotación. A ese material residual, generalmente se le puede extraer mas oro en un segundo tratamiento con cianuro, y de hecho, se intentó en 1914 y posteriormente en 1987 por la compañía Rosa Amarilla.
Las minas de Hualilán fueron declaradas Patrimonio cultural. El proyecto de ley, aprobado por la Cámara de Diputados, establece que el paraje identificado como tal y todo lo existente en un área de 5 kilómetros alrededor del pique central de las minas es un bien integrante del patrimonio cultural y natural de San Juan. El área fue reducida notablemente a partir de una modificación de la ley original que consideraba como bien patrimonial un radio notablemente superior (de 20 kilómetros) alrededor de las ruinas inglesas. La posibilidad de futuras explotaciones en el yacimiento, movilizó a eventuales inversores a solicitar que el área protegida sea menor. De todos modos, incluye a la vieja cárcel y a los restos de un asombroso asentamiento indígena que se encuentra precisamente a 5 kilómetros de las ruinas.
Se trata de un conjunto de habitaciones con muros de piedra de una altura promedio superior al metro, de doble hilera con relleno interior, unidas con barro. Las piedras están colocadas con la cara plana hacia fuera y trabadas en las esquinas. El lugar fue aparentemente reutilizado en épocas posteriores, pero aún pueden identificarse las casas circulares de los aborígenes con clara influencia incaica, las puertas al naciente y enclavadas en el cerro fuera del peligro de crecientes estacionales.
En medio de la nada, Hualilán sigue esperando una política que preserve éstos pedacitos de historia, los ponga en valor, los proteja del deterioro y del vandalismo, los incluya definitivamente en un proyecto que, igual que con las Ruinas de Hilario en Calingasta, contemple de ser necesaria una expropiación en nombre del patrimonio de todos los sanjuaninos.
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