ver más

lunes 4 de mayo de 2026

PERSONAJES: JULIO VÁZQUEZ

El último sheriff

Es uno de los investigadores policiales que más buscaban los jueces. Resolvió 13 homicidios y recapturó a 43 fugados. “Empecé a ir a la psicóloga para dejar la Policía”, confiesa. La historia de un policía callejero que tuvo en sus manos muchos de los casos impactantes. Por Gustavo Martínez Puga.
Por Redacción Tiempo de San Juan

 

Por Gustavo Martínez Puga
gmartinezpuga@tiempodesanjuan.com

A los 13 años, cuando se lesionó el arquero titular, el técnico lo mandó a llamar. Él creía que le pedían que pasara el agua. Pero cuando le dijeron que era para que entrara al arco, se agarró del banco y lo tuvieron que sacar a los empujones. Con el paso de los años, ese pibe de la Cuarta, fanático de Del Bono y de River, se convirtió en uno de los investigadores policiales más famoso de la provincia. Ahora pasó a retiro con el grado de comisario mayor, después de 30 años de servicio y una vida apasionante resolviendo homicidios, violaciones, atrapando prófugos y caminando las calles. Con ustedes, Julio Ricardo Vázquez (51), el último sheriff, quien dejó el fútbol tras sufrir una inmensa goleada.
Egresó de la Escuela de Cadetes en el ´83, con el regreso de la democracia, donde llegó de casualidad, porque después de andar cortando pasto y pintando para ganarse la vida, un día un amigo, el comisario inspector Galletti (Jefe de la Dirección de Escuelas de la Policía), le propuso que se anotaran para ser policías.
“Yo nada que ver. Venía de recibirme en el Central Universitario con una formación social. En realidad yo quería ser ingeniero agrónomo, pero en mi casa, con el salario de obrero de la bodega Cinzano de mi padre, no alcanzaba. Así que me metí en la policía”, empieza recordando Vázquez en su despacho del primer piso de la Comisaría Novena, donde funciona la Regional Este, su último destino. En esos dos años de formación policial, Vázquez tuvo un contacto personal con Víctor Federico Echegaray, un emblema del boxeo sanjuanino y argentino que le enseñaba defensa personal, y con Juan Fanzolato, un carismático sacerdote salesiano que terminó convirtiendo en circulista a Vázquez, quien se había ganado el apodo de “Loco” en la escuela policial.
Pero su destino estaba en la fuerza de seguridad pública. Es que en su primer lugar de trabajo, en la comisaría de Zonda, le tocó protagonizar dos hechos inolvidables. El primero fue el de la tragedia del Tambolar, donde cayó un micro con la Banda de Música del RIM 22. “Nunca en mi vida vi tantos muertos juntos”, dice, antes de contar su participación en el hecho: “Estando de guardia en la comisaría, se arrimó una persona en un auto y me dijo que en la ruta 12, a la altura de El Tambolar, había una persona herida pidiendo ayuda que había salido del lecho del río. Me crucé al bar que había frente a la comisaría y le avisé a mi superior. Así nació el operativo de rescate de los sobrevivientes”, cuenta.
También recuerda el día que toda la policía buscaba a unos sujetos que habían robado un taxi en la Ciudad. De repente aparecieron por Zonda con el vehículo. Todo el operativo policial se trasladó ese lugar. “Como no teníamos en qué andar, en bicicleta nos fuimos hasta la calle Las Moras con un compañero. Estábamos ahí aburrido cuando apareció un auto. Al acercarse vimos que era el taxi que todos buscaban. Cuando vieron que éramos policías, abrieron fuego. Nosotros respondimos con un fusible que teníamos. Les reventamos las gomas y el auto terminó chocando contra un póster. Igual se nos escaparon y los atraparon después”, recuerda el jefe policial que estando en Zonda también se recibió de profesor de Educación Física, una actividad que siempre le apasionó.
Esos primeros pasos estaban marcando el camino de Vázquez, que le encontró el gusto a la investigación policial cuando fue trasladado a la Seccional 24, en Rawson, como oficial inspector. Allí resolvió varios hechos y se dio cuenta que eso era lo suyo. Desde entonces no paró y poco a poco empezó a ser conocido por los jueces, quienes empezaron a buscarlo, tal como ocurrió con el caso de Ariel Tapia, el niño de 12 años que apareció muerto en una heladera el 6 de diciembre. Ese fue su último caso a pedido de la jueza Mónica Lucero, aunque Vázquez fue citado para hallarlo con vida, cuando estaba desaparecido. “Desde un primer momento les dije a la jueza y a los que estaban ahí que este caso no iba a terminar bien”, revela. Al aparecer el cadáver de Ariel, el jefe policial se apartó y dejó el caso a los investigadores de la Central de Policía.
“Hoy en día hay buenos investigadores. Para mi gusto, falta que haya más jefes policiales que salgan de sus despachos y caminen la calle. Y que le enseñen a las nuevas generaciones a investigar, a tener contactos, a conocer como la palma de su mano los lugares a los que están asignados. Yo creo que los policías universitarios van a dar buen resultado, pero no va a ser en el corto plazo. Y necesitan que les inculquen también la universidad de la calle”, reflexiona Vázquez.
El comisario mayor es conocido como un policía callejero. Era raro encontrarlo en su oficina. Siempre, en todo destino, mantuvo un fuerte vínculo con la comunidad a la que lo asignaron. Así fue como un día, estando en la puerta de la Seccional 24, apareció una madre diciendo que hacía varios días se le había perdido su hijo. La forma de contarlo de la madre y el tiempo que había pasado le hicieron dudar a Vázquez que fuera un simple caso de extravío. No se equivocó. Terminó siendo el caso de Yiyo Villafañe, el nene de 8 años que desapareció de su casa en la Villa Hipódromo y nunca más se supo de él. “Para mí ese caso siempre tuvo algo que ver con la venta de órganos. Nuestra investigación fue buena porque la justicia encontró pruebas para condenar a tres personas por la desaparición del chico. Creo que ya están por salir en libertad”, cuenta.
Antes de Yiyo, Vázquez había tenido otro caso resonante en sus manos: la desaparición de la psicóloga María Rosa Pacheco de Balmaceda. “Yo anduve día y noche con Jorge Balmaceda –el cuñado de María Rosa- y no tengo dudas que lo que resolvió el juez Conte Grand es así. Para mí había evidencias que probaban que los hermanos Balmaceda –Jorge y Juan José, hermano de María Rosa-, eran los culpables. El tribunal votó 2 a 1. Dos dijeron que no habían pruebas suficientes para condenarlos, no que fueran inocentes, y Conte Grand dijo que sí eran los culpables”, recuerda Vázquez.
Otro caso emblemático que tuvo Vázquez fue el de Eduardo Villavicencio, “Loco del Sifón”, condenado por violación y homicidio. A los 15 había violado a una chica. Lo dejaron en libertad por las leyes. A los 17 abusó de otra a la salida de un boliche. Lo volvieron a dejar en libertad. Y después pasó lo de la señora ciega, a quien violó con un control remoto de Direc TV y mató a su marido, un ingeniero con un sifón. Cuando ocurrió el caso nos fuimos directamente a buscarlo porque sabíamos que era él. Es un monstruo que conocí en Rawson desde que era pibe”, recuerda Vázquez.
En su haber Vázquez cuenta haber resulto 13 homicidios, innumerables robos y haber recapturado a 43 fugados del Penal de Chimbas. Tal vez por este último récord es por lo que más se lo recuerda en los últimos días. Fue cuando había sido asignado a la subcomisaría del Médano de Oro, donde había un altísimo índice de cuatrerismo. “En el Médano armamos un gran equipo de investigadores. Hasta el chofer del móvil quería ser investigador. A los fugados los atrapamos porque simplemente nos pusimos a trabajar. En el Médano atrapamos a 40 en distintos puntos de la provincia. Y en Caucete a otros 3 más. Yo los atrapaba porque salía a buscarlos, simplemente”, dice.
Estando en el Médano de Oro le tocó conocer personalmente a su ídolo, el Payo Matesevach, ese rubio pelilargo que cuando niño le había ido a tirar agua cuando pasaban a los palancazos por la Esquina Colorada, donde Vázquez nació y se crió. Al ídolo le habían robado sus dos caballos, el Indio y el Cacique, en la zona del Medanito. Vázquez, según contó el mismo Payo antes de morir, trabajó día y noche. “Teníamos el dato de que los tenía el dueño de una tropilla en El Encón. Nos fuimos en mi auto con el Payo. Me contó toda su vida. Era una bellísima persona. Cuando llegamos, habían unos galpones, entonces el Payo le silbó y el Indio le contestó con relinchos. Yo me puse a llorar. No lo podía creer. Después los cuatreros nos entregaron al Cacique. Fue un gusto en vida que me dio el ser policía”, dice Vázquez, con los ojos llenos de lágrimas.
Además del cuatrerismo y del récord de prófugos atrapados, Vázquez resolvió 10 robos en el Médano de Oro, una localidad tranquila donde el rango de subcomisaría del lugar le quedaba chico al rango de comisario inspector que tenía Vázquez. Cabe recordar que venía de sufrir una sanción disciplinaria, porque hallaron en un prostíbulo en Concepción su celular y el de otro jefe policial. En esos días, muchos le atribuyeron la movida a una interna policial. Lo cierto es que Vázquez reconoce que “es verdad que el reglamento policial dice que no podemos tener contactos con proxenetas, prostitutas o delincuentes. Pero también es cierto que sin esos contactos en la calle no se pueden resolver muchos de los hechos que ocurren”.
Vázquez cumplió con el castigo. Tal vez por eso no llegó a ser comisario general, el máximo rango de un policía con 30 años de servicio. Pero su paso por el Médano de Oro le terminó dando un ascenso a comisario mayor y lo destinaron a Jefe de la Regional Este. Es decir, la máxima autoridad policial en ese punto cardinal de la provincia. “Cuando llegué, la diagonal de la entrada principal de Caucete parecía Miami Vice: estaba lleno de vehículos estacionados con los copones de tragos arriba de los techos de los autos. Éste gobierno, como a toda la Policía, nos dio mucho apoyo: me mandaron cuatro motos, armamos una motorizada, y tuvimos muy buen resultado. En un año hubieron 100 accidentes de tránsito menos, se cerraron 16 drugstore y se secuestraron 17 motos que tenían pedido de captura; labramos 780 actas de infracción”, enumera Vázquez. En Caucete le tocó al jefe policial colaborar en el último gran homicidio de mucho impacto en la provincia: el crimen de Milagros Ruarte, la chica de 15 años que habría sido asesinada por su cuñado, cuyo cadáver apareció enterrado en un parral.
“Tuvo características similares al de Ariel, yo también creo que en el entorno está la respuesta. Los involucrados son gente sin medios y por eso los cadáveres aparecieron a metro de los lugares donde viven”, comenta Vázquez.
Ya más relajado en su último destino, detrás del escudo de hombre duro de la policía, Vázquez hace una confesión a la hora de hablar de sus últimos días con el uniforme: “Empecé a ir a la psicóloga para dejar la Policía. Me ha hecho mucho bien. Es un duelo que tengo que pasar. La verdad, es que le recomiendo a todos los policías que vayan al psicólogo. Nosotros trabajamos con el lado malo de la sociedad y muchas veces necesitamos ayuda”, concluye.
Así pasa los últimos días el comisario mayor Vázquez, quien trabajará hasta el último día de diciembre, tras 30 años de servicio. Y a quien muchos de sus camaradas aún le siguen haciendo bromas por cómo se fue del fútbol: fue a los 16, cuando atajaba para Del Bono y perdían 11 a 0 frente al San Martín que jugaba en el Nacional B. Vázquez salió lesionado del arco y su equipo, con la mayoría de jugadores de divisiones inferiores, terminó perdiendo 17 a 0.


Su vínculo con Caucete: abuelo, gremios y militares
Vázquez se retira de la Policía en Caucete, un lugar con un fuerte vínculo en su historia familiar. En ese lugar salvó su vida su abuelo paterno, Alejandro de la Cruz Vázquez, a quien le debe la pasión por Del Bono y River Plate. Sucede que éste hombre era un dirigente peronista con mucha militancia en el gremio Foeva. En la Revolución Libertadora, en el ´55, los militares lo detuvieron y lo subieron a un tren para llevarlo a Buenos Aires. Pero en Caucete, a la altura de Guayama, el tren sufrió un desperfecto y el dirigente, que en esos días era diputado, logró fugarse de esa detención ilegal.


Vázquez por 4
“Gracias a la Policía pude formar una gran familia. Y la fuerza me permitió ayudar a la gente de una manera directa. Eso provoca una gran satisfacción”.
“Mi esposa fue un pilar fundamental en mi vida. Sin ella no podría haber hecho nada. Éste trabajo implica dejar la familia durante horas, días a veces. Y ella siempre estuvo”.
“Nunca pensé en ser Jefe de Policía. Ser un buen jefe es un trabajo prácticamente inhumano. Yo he visto a Luna, González y Alcayaga que trabajaron todo el día, todos los días, sin descanso”.
“Una solución al delito es cambiar las leyes para que se puedan hacer procesos sumarísimos cuando funcione la Policía Judicial, para los casos sencillos. En 48 horas, el fiscal lleva todo lo actuado y el juez juzga y punto. Se termina con la burocracia”.

Seguí leyendo

Dejá tu comentario

Te Puede Interesar