En San Juan hay una casa donde se vuelve a cocinar como antes, pero no exactamente igual.
Su abuela le enseñó a cocinar en San Juan, recorrió el mundo y hoy abre su propia mesa íntima
Tras cocinar para presidentes y celebridades, Gonzalo Ponce decidió instalarse en su provincia y ya inauguró un espacio exclusivo donde rescata sabores familiares con una propuesta diferente
No hay carteles en la puerta ni tránsito constante de clientes. No hay menú fijo ni lógica de restaurante tradicional. Lo que hay es una mesa servida para pocos, una cocina encendida y una historia que se cuenta plato a plato.
Ahí, en una vivienda del barrio Villa Mallea, Gonzalo Ponce decidió empezar de nuevo.
No desde cero. Desde el origen. “Volví hace un par de años y tenía claro que quería hacer algo propio acá, en mi provincia. Algo que tenga que ver conmigo, con mi historia”, cuenta.
Y su historia, inevitablemente, empieza en una cocina.
Antes de los hoteles cinco estrellas, de los viajes y de las cocinas exigentes, hubo otra escena mucho más simple: una abuela y un chico inquieto.
“Mi abuela, Nena, me hacía ayudarla para que no hiciera travesuras. Me decía ‘vení, dame una mano’ y así empecé. Pelando habas, arvejas… cosas básicas, pero que después te quedan”.
Esa abuela —Lidia Rosa Gil— no sabía que estaba formando a un cocinero.
Pero sí le dejó algo más importante que una receta.
“Un día me dijo: ‘vos tenés que aprender a cocinar, te va a servir para la vida’. Y eso me quedó. Fue como una señal”.
A partir de ahí, todo tomó forma.
Gonzalo se formó en San Juan, en la Universidad Católica de Cuyo, y rápidamente salió a buscar experiencia. Primero en el país. Después afuera.
“Trabajé desde Ushuaia hasta el norte, en restaurantes, hoteles boutique, hoteles cinco estrellas. Después me fui a México y también estuve en Perú, en Colombia”.
La cocina lo llevó lejos.
Y lo puso frente a nombres que suenan grandes.
“Me tocó cocinar en cumbres presidenciales, para Néstor y Cristina Kirchner, para Lula. También para Macri en Buenos Aires y para López Obrador en México”.
Y también para figuras del espectáculo. Todo eso forma parte de su recorrido.
“Cuando murió mi abuela yo estaba viviendo en Buenos Aires. Tenía 22, 23 años. Me llamaron por teléfono. Fue durísimo”. Esa distancia dejó marca.
“Ella sabía que yo estaba haciendo lo que quería. Me lo había dicho antes. Y eso me dio paz”.
Años después, esa historia encontró una forma de volver.
El proyecto que hoy ya está en funcionamiento no es un restaurante tradicional. Es otra cosa.
Funciona en la casa de su tía abuela, la hermana de Nena. Conserva los muebles, la vajilla, los objetos.
“No quería armar algo frío. Quería que la gente entre a un lugar que tenga alma. Que se sienta como en una casa”.
Un espacio para 20 personas. Solo con reserva. Sin improvisaciones. Pero con algo que cambia todo el tiempo.
“La idea es que el menú sea dinámico. Que dependa de la estación, de lo que haya, de lo mejor que se consiga. No queremos repetir siempre lo mismo”, cuenta.
Esa lógica rompe con lo habitual.
“Capaz un plato cambia un fin de semana y al siguiente ya no está. Eso también genera otra experiencia”.
La cocina que propone no busca copiar el pasado.
Busca reinterpretarlo.
“Hay recetas de mi abuela, sabores muy nuestros, pero trabajados de otra manera. Con otras técnicas, con otra mirada”, señala.
El resultado es una mezcla: tradición y actualidad.
“San Juan tiene una materia prima increíble. Y creo que tenemos que empezar a mostrar eso también desde la gastronomía”, completa.
El nombre del lugar sintetiza todo.
Nena, por su abuela.
Chill, por una imagen.
“Encontré una foto de ella de joven, en las sierras, con amigas, haciendo un picnic. Todo muy relajado, muy lindo. Me transmitió eso. Y dije: esto es lo que quiero”.
No es casual. La escena de ese picnic, décadas después, se transforma en una mesa distinta.
Más chica. Más cuidada.
Después de haber trabajado en grandes estructuras, Gonzalo eligió el camino inverso.
“Esto es más personal. Estoy más cerca de la gente. Puedo explicar lo que hago, contar de dónde viene cada plato”, dice.
Y en ese ida y vuelta, aparece algo que no estaba antes.
“Todo lo que hice me sirvió. Lo valoro. Pero hoy estoy en otro momento. Y esto tiene que ver con eso”, concluye.San Juan no es solo el lugar donde nació.
Es el lugar donde decidió quedarse. Aquí apuesta.
“No cambio nada de lo que viví. Pero necesitaba volver. Hacer algo acá”, finaliza, mientras exhibe una mesa chica que está lista para recibir comensales.