Pasaron 11 años desde su último suspiro, sin embargo su recuerdo sigue presente no sólo en la memoria de sus seres queridos sino también en las anécdotas de aquellas personas a las que, literalmente, les salvó la vida. Es que Rosa Cordeje, la propietaria de la Hostería Pachaco, durante más de 50 años auxilió a los accidentados que corrieron con mala suerte en el peligroso camino de montaña y, por tanto, se convirtió en el ángel de la Ruta 12.
Rosita de Pachaco, el ángel de la Ruta 12
La mujer que prácticamente fundó Pachaco junto a su marido, cuando se instaló en 1948 y apenas tenía 15 años, fue la primera en llegar al paraje situado camino a Calingasta y también la última en irse puesto que, tras la construcción de la Ruta Nacional 149, la vieja Ruta 12 se cortó y, sin el paso de turistas al que acostumbraba, el pueblo quedó aislado.
Hasta sus 70 años resistió en el lugar que construyó con sus propias manos y al que gracias a su labor samaritana dejó una huella difícil de borrar. Para su pesar, de forma obligada, debió mudarse a la Capital, donde falleció 8 años más tarde, el 11 de diciembre de 2011. No obstante, según cuenta su hija, Gilda Uliarte, la labor que cumplió no fue en vano por el servicio a la comunidad que prestó sin pedir nada a cambio.
Corajuda como pocas mujeres de la época, Rosita -como la conocían todos- aprendió primeros auxilios a la fuerza por la cantidad de personas a las que debió rescatar. Si bien era ama de casa y su trabajo estaba delimitado dentro de la hostería que manejaba con su esposo, los continuos siniestros viales que se registraban en las inmediaciones la condujeron a transformarse una enfermera voluntaria.
Por hallarse a mitad de camino entre San Juan y el departamento cordillerano, en tiempos en los que las comunicaciones no eran como las de ahora, Rosita y los suyos siempre eran los primeros en enterarse de los accidentes que ocurrían en las zonas de precipicio y, por consecuencia, los primeros en llegar. Fue así que la experiencia que adquirió con el paso de los años y su vocación de servicio la llevaron a prestar tarea en conmocionantes incidentes, como la tragedia de El Tambolar.
En aquella oportunidad, en el fatídico episodio que se cobró la vida de 16 personas, cuando un colectivo con efectivos de la Banda de Música del RIM 22 volcó, el 23 de enero de 1986, Rosita fue clave en su rol de asistencia y de nexo de comunicación con las autoridades situadas a kilómetros del hecho.
Acorde cuenta su descendiente, algo que también acreditan los registros periodísticos de la época, debido a los constantes siniestros que se daban y las emergencias que suponían, pedía a los gobiernos que en Pachaco -distrito de Zonda- se instalara un puesto sanitario para colaborar con los elementos correspondientes. Sin embargo, su requerimiento nunca fue atendido salvo por un término reducido.
Fue por ello que ella misma no sólo se preocupó por aprender lo básico en primeros auxilios, sino que también armó un botiquín que le sería de aliado en cada asistencia que brindaría a los heridos.
La mujer de origen libanés y de raíces con tradición machista, pese a la crianza que tuvo bajo esos parámetros, encontró en el servicio a la comunidad un espacio para tomar decisiones y controlar situaciones desesperantes. “Manejaba el camión de mi papá, llegaba al lugar del accidente y actuaba. Para eso era muy fría y tranquila, siempre sabía qué hacer y cómo hacerlo”, destaca Gilda.
Cuando no tenía que salir corriendo para rescatar a alguien, Rosita gestionaba beneficios para los pobladores de Pachaco, empezando por la creación de la escuela Islas Malvinas (hoy ubicada en la Quebrada de Zonda). Es que según manifiesta la familiar de la enfermera de vocación, su madre, que había destinado una habitación de la casa para que se dieran clases a los niños del lugar, insistió con la conformación de un establecimiento educativo.
“Las maestras venían a mi casa para enseñar y, después de insistir junto a las docentes, el Ministerio de Educación puso una escuela”, señala la interlocutora al mismo tiempo que aclara:
En la época de esplendor de la Hostería Pachaco -que hoy volvió a abrir sus puertas gracias a la construcción del Dique El Tambolar-, camioneros y turistas tenían allí una parada obligada. Por ejemplo, la empresa de colectivos El Expreso Argentino, que recorría el tramo San Juan – Calingasta, paraba siempre en la hostería de Pachaco. En esas ocasiones, el sánguche de jamón crudo con pan casero de horno de barro se había transformado en la vedette de los viajeros.
Tal y como lo cuenta su hija, Rosita luchaba para que su comunidad tuviera la asistencia y los servicios primordiales. “Era una gran gestora, hizo todo lo que pudo para su gente. Hablaba con los políticos y les pedía cosas”, asegura y agrega: “Así se consiguió que la escuela fuera ampliada y funcionara como albergue para lugareños, como así también creó una comisión recaudadora de dinero para solventar gastos”.
Con el enorme flujo de visitantes que ponían un pie por Pachaco, se le ocurrió una manera de sacar provecho a ello con la Comisión Virgen de Andacollo que tenía la misión de pedir donaciones para la escuela y su botiquín de primeros auxilios. De esa manera, obtenía el apoyo que muchas veces los funcionarios políticos no le prestaban.
Empoderada, dado los años que corrían, la mujer que nació en la Villa de Calingasta y que de jovencita empezó de cero en la nada misma había encontrado su lugar y su labor en el mundo. Como en aquellos tiempos no existían las redes sociales, los agradecimientos que a veces no bastaban con ser dados en persona, se hacían a través del periódico. Más de una vez leyó las gracias en el diario y por tanto su nombre supo ser renombrado en la época.
Cartas de la Asociación Sanjuanina de Volantes y del Club Andino Mercedario también dan cuenta del agradecimiento de las entidades por su voluntariado en diversos acontecimientos, como travesías deportivas.
Tristemente para ella y su familia, compuesta por sus hijos Gilda y Oscar Alberto Uliarte, el cierre de la Ruta 12 decretó el olvido de Pachaco y, consecuentemente, el fin de su fuente de ingresos. Hasta sus últimos días, Rosita se lamentó el desenlace y a ello lo dejó plasmado en una carta.
Quizás nunca obtuvo las explicaciones que esperaba y quizás se marchó de este mundo con el deseo de volver a su tierra, su Pachaco querido. Pero como si fuera un guiño del destino, las esperanzas de resurgimiento cobran fuerza con el avance de la obra en el Dique El Tambolar. Aunque la construcción se vio afectada por el paso del tiempo y el propio abandono de la zona, la estadía de los trabajadores en las inmediaciones resultó beneficiosa para la apertura del comedor que actualmente opera gracias al yerno de Rosita, Rolando Vila secundado por el marido de su hija.
En su primer aniversario de fallecida, como símbolo de que su paso sí dejó una huella importante, un gran impulsor del turismo como lo fue Jaime el 'Gringo' De Lara manifestó: