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domingo 22 de marzo de 2026

Para la eternidad

La historia de desamor detrás de la tumba de un prócer sanjuanino en La Recoleta: "No felices para siempre"

El cementerio porteño guarda un relato intrigante y poco conocido sobre Salvador María del Carril.
Por Redacción Tiempo de San Juan

En el cementerio de la Recoleta, se yergue una tumba que susurra al visitante una historia intrigante y poco conocida. Es el caso del sanjuanino Salvador María del Carril, prócer argentino cuyo legado se tiñe con un episodio singular que va más allá de su destacada carrera política. "No felices para siempre", resumió un aficionado a la historiografía.

"Salvador María del Carril fue un político y jurista que tiene el título de haber sido el primer vicepresidente argentino tras la sanción de la Constitución Nacional en 1853", contó el usuario José Murcia en la cuenta de Facebook, En busca del San Juan antiguo. Sus logros también incluyeron ser gobernador de San Juan, primer ministro de Economía y uno de los primeros cinco miembros de la Corte Suprema de Justicia. Sin embargo, su legado no se limita a los anales políticos, sino que adquiere matices inesperados cuando miramos más de cerca su vida personal.

El inicio de la intriga se entreteje en la relación matrimonial de Salvador María del Carril y su esposa, Tiburcia Domínguez. La historia toma un giro inesperado cuando Del Carril, tras recibir una importante herencia familiar, se asocia en negocios con Justo José de Urquiza, con quien más adelante compartiría la conducción del país. Pero el quid de la cuestión residió en Tiburcia, que "podríamos llamar en la actualidad una "shopaholic", una adicta a las compras sin límites", escribieron en el sitio de Facebook. De acuerdo al relato, "no escatimaba en gastos en lo que se refería a joyas, perfumes y vestidos," lo que llevó a acumular deudas abrumadoras.

El punto de quiebre llega cuando, agotado por la situación financiera y el derroche de su esposa, Del Carril decidió tomar una medida drástica. En sus propias palabras, publicó un anuncio en todos los medios de Buenos Aires para contar que ya no se haría cargo de los gastos de Tiburcia. Sus palabras resonaron en su momento: "Ya no me responsabilizaré por los gastos de mi esposa," declaró, instando además a los comerciantes a cancelar sus deudas debido a su posición social.

Esta humillación pública marca un hito en la vida de Tiburcia, quien, aunque siguieron casados durante dos décadas más, nunca volvió a dirigirle la palabra a su esposo. Del Carril falleció en 1883 a los 84 años, mientras que Tiburcia sobrevivió otros 15 años.

Pero la historia no terminó aquí. Tras la muerte de su esposo, Tiburcia decide construir una mansión en Lobos con el objetivo de seguir organizando fiestas para sus amigos, lo que sugiere que su afición por el gasto nunca desapareció.

Sin embargo, el giro más sorprendente es la forma en que Tiburcia inmortalizó su resentimiento hacia su difunto esposo. Años después, solicitó al escultor italiano Camilo Romairone que construya una estatua en el mausoleo de Salvador María del Carril en la Recoleta. Su pedido fue singular: quiere una escultura de su esposo sentado en un sillón, mirando al sur en el momento de su muerte, pero con un busto de ella dando la espalda a él. La explicación es reveladora: "No quiero mirar en la misma dirección que mi marido por toda la eternidad," habría afirmado Tiburcia cuando le preguntaron sobre su inusual solicitud.

Otro usuario de la página de Facebook, Jorge Darío Muñoz, comentó: "La historia dice que ambos están en la misma tumba pero los pies de uno a la altura de la cabeza del otro porque Doña Tiburcia decía que en el día del juicio, cuando despertaran, quería tenerlo frente a frente para seguir recriminándole su accionar".

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