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sábado 21 de marzo de 2026

A 30 años

El atentado a la AMIA y la familia del sanjuanino fallecido: rondas de búsqueda y un ataúd que llegó con hombres de negro

Jorge Antunez fue el único comprovinciano que murió bajo los escombros. Por primera vez, el primo con el que creció contó lo que vivió la familia tras la explosión.

Por Daiana Kaziura

Al principio, vieron las imágenes por televisión en el comedor de su humilde casa de San Martín con espanto, como todos los argentinos hicieron esa mañana. Sin embargo, unas dos horas después de que el coche bomba se estrellara contra el edificio de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), aquel 18 de julio de 1994, en la Ciudad de Buenos Aires, les llegó la noticia inesperada: Jorge Lucio Antunez, uno de los miembros de su familia, había desaparecido. El sanjuanino tenía sólo 18 años y era mozo en un café de la zona. Luego de la tragedia, mientras todo era caos, nadie sabía de él y su familia en San Juan recibía novedades por teléfono. Pronto, sus familiares en Buenos Aires iniciaron rondas de búsqueda que eran cada vez más extensas, pero no daban resultado. Recién una semana después confirmaron la peor de las hipótesis, el cuerpo del joven había sido hallado entre los escombros. Jorge volvió a San Juan en un ataúd, con la Estrella de David y un crucifijo, y acompañado por hombres vestidos de negro.

Gustavo Antunez, era primo hermano de Jorgito, como lo llamaba la familia, y se crió junto a él en casa de sus abuelos. A 30 años del peor atentando vivido en el país, relata por primera vez los momentos posteriores que vivió junto a su familia y no lo puede evitar, aún llora.

“Mi madre y la madre de Jorgito tenían 8 hermanos, algunos de ellos vivían acá y otros, en Buenos Aires. Ellos nos recibían a los sobrinos allá para que tuviéramos nuevas oportunidades. Yo ya había vuelto a la provincia y Jorgito estaba con uno de mis tíos, que era encargado de un edificio. Él llevaba un año allá cuando ocurrió el atentado”, cuenta Gustavo. Al tiempo que agrega, “su mamá Chicha, que le decíamos nosotros, estaba acá en San Juan y falleció un par de años después que su hijo, la vida la golpeó fuerte”.

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Gustavo Antunez, primo hermano de Jorge, contó por primera vez los días posteriores al atentado.

Por aquellos días, Jorge era muy querido en aquella zona de Buenos Aires, era humilde y tenía el acento sanjuanino muy marcado. Él recorría las manzanas aledañas al edificio todas las mañanas, les llevaba el café a los encargados de los edificios primero y terminaba en la AMIA.

“Yo trabajaba en una agencia de turismo en ese momento, vi lo que había pasado, pero no lo relacioné con mi primo hasta que me llamó mi tío de Buenos Aires, fue cerca de las 11. Me dijo que averiguado en el café por Jorgito y que él había salido con un pedido y no había vuelto. Pero había mucha gente que por la onda expansiva andaba deambulando, en shock, entonces pensamos que podría estar perdido. Cerca de las 14 volví a llamar y no tenían novedades. Decidimos avisarles a la abuela y a Chicha, su mamá. Me tocó a mí darles la noticia. Llegué a casa de mi abuelita y estaba frente al televisor. Le llamó la atención que llegara a esa hora. Me preguntó si pasaba algo. Le dije que estaba todo bien. Y me dijo, ‘¿viste lo que está pasando en Buenos Aires?’. Tuve que contarle que Jorge estaba desaparecido. En la tarde seguimos averiguando y, a partir de ahí, comienza otra historia”.

Una búsqueda desesperada

Gustavo recuerda que las comunicaciones eran difíciles y que los noticieros daban una versión y sus familiares, otra. “Ese primer día fue muy loco”, dice. Ya en el segundo, un grupo de familiares que estaban en Buenos Aires armaron cuadrillas para buscar. Diagramaban una especie de cuadriculado y rastrillaban diez cuadras, por ejemplo, entre dos personas. “Mientras, iban pasando los días, encontraban más cuerpos y más cuerpos entre los escombros y él no aparecía por ningún lado”.

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Su hermana, Viviana, vivió momentos durísimos también. “Ella también estaba allá y habían entregado fotos de Jorgito con su número de teléfono, por si alguien lo veía. Yo tenía 22 años y ahí descubrí que el ser humano puede ser muy malo. Tengo recuerdos de que le pedían plata a Viviana para darle información sobre su hermano, le decían que estaba vivo, pero que le faltaba una extremidad, una pierna, un brazo. Y le pedían plata para devolvérselo. Era horrible”.

En paralelo, los familiares que recorrían Buenos Aires ya había llegado a zonas como Luján o San Martín buscando, por datos que les daba gente que les decía que lo habían visto deambulando. “Lamentablemente no fue así”, dice con pesar Gustavo.

Sin respuestas ni certezas, decidieron que la mamá de Jorgito viajara a Buenos Aires. Ella llegó el lunes 25 de julio, una semana después del atentado, a las 6.30. Y fue justo en el mismo momento que hallaron el cuerpo. “Estaba bajo la última losa. El cuerpo de Jorgito había quedado en planta baja, junto a los de otros chicos que trabajaban ahí”, relata Gustavo.

Embed - Video Gustavo Antúnez, primo del único Sanjuanino fallecido en la AMIA

El impensado regreso a la tierra natal

Fue el miércoles siguiente, en plena madrugada, que la familia recibió en San Juan el ataúd que llegó desde Buenos Aires en una ambulancia. “Me acuerdo mucho de todo eso, porque lo velamos en la casa de mi abuela, nuestra casa materna. Sobre el cajón venían la Estrella de David y un crucifijo. Hacía mucho frío”, relata Gustavo como si todo hubiese ocurrido ayer.

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Y cuenta que, “lo trajo un servicio de inteligencia del pueblo judío. Eran hombres grandes y todos vestían igual, con sobretodos negros que les llegaban a los tobillos. Viajaban en un auto negro con vidrios polarizados y estuvieron con nosotros durante todo el velatorio e incluso en el entierro en el cementerio de San Martín, donde descansan los restos de Jorgito. Cuando regresamos a casa, se fueron. Yo me preguntaba qué pasaba y después supe que era por una cuestión de seguridad, ellos querían acompañarnos para asegurarse de que no pasara nada con nosotros”. En ese contexto reflexiona, “creo que nunca se va a saber la verdad de lo que sucedió. Todo quedó ahí”.

Para finalizar, Gustavo comparte: “Yo nunca quería hablar sobre este tema, porque duele. Han sido momentos muy difíciles, nadie estaba preparado. Mirá que han pasado años y todavía cuesta entenderlo. Jorgito era muy extrovertido, muy travieso de chico. Una persona muy alegre, muy agradable. Recuerdo que un vecino le había puesto Gardelito, porque él tenía muchos rulos y mi abuelo lo peinaba como Gardel, estaba todo el día engominado”.

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Al mismo tiempo, confía: “Él salió de su San Martín natal y llegó a Buenos Aires para conocer otras cosas. La verdad, no pudo disfrutar nada. Se fue con la idea de seguir estudiando, quería trabajar, quería ayudar a su abuela. Sólo quería mejorar su calidad de vida. Hoy tendría 48 años y yo creo que, si estuviese vivo, sería una persona muy importante, porque era muy capaz y sabía hacerse querer”.

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