En el marco de las entrevistas realizadas por el 40° aniversario de la tragedia de El Tambolar, sobrevivientes del accidente le mostraron a Tiempo de San Juan fotografías que funcionan como un puente entre dos tiempos: el de los jóvenes músicos que ensayaban en el Regimiento de Infantería de Montaña 22 y el de los hombres que, cuatro décadas después, siguen reuniéndose para honrar la vida y la memoria.
El antes y después de la Banda de Música de la tragedia de El Tambolar, en fotos para el recuerdo eterno
A 40 años del siniestro vial más trágico de San Juan, sobrevivientes de la Banda de Música del RIM 22 compartieron imágenes inéditas de los ensayos, los actos oficiales y los reencuentros actuales, postales que permiten reconstruir la historia de quienes marcaron para siempre la memoria colectiva de la provincia.
Las imágenes antiguas, que datan de mediados de los años 80, muestran ensayos en el RIM 22 y presentaciones oficiales en escenarios emblemáticos como el Auditorio Juan Victoria, además de actos gubernamentales y ceremonias protocolares. Son fotos en blanco y negro y color gastado, donde la música aparece como hilo conductor de una historia que aún hoy duele.
Los rostros antes de la tragedia
En esos registros aparecen soldados que ingresaron a la Banda de Música en 1985. Vestidos de civil, durante los ensayos previos al servicio en Villa Nueva, se reconocen a Fernando Heredia, Martínez y Rubén Darío Rodríguez -quienes se dieron de baja ese mismo año-, además de Juan Carlos Virhuez, Duilio Cuello, Jorge Iñon, Esteban Lagos, Néstor Rocha y Rolando Castro.
Las fotos reflejan rutinas cotidianas. Instrumentos apoyados en el suelo, charlas previas a los ensayos, miradas jóvenes que aún no imaginaban que ese viaje de enero de 1986 quedaría grabado como el más trágico en la historia vial de la provincia.
El después: reunirse para sanar
Cuarenta años después, los sobrevivientes siguen encontrándose. No se trata solo de un espacio para cicatrizar heridas, sino también de una forma de reafirmar los vínculos que nacieron en la adversidad. En asados, vinos compartidos y guitarreadas, la música vuelve a ser refugio.
En una de las últimas reuniones aparecen nombres que hoy forman parte inseparable de la memoria de El Tambolar: Rodolfo Arce, Víctor Hugo “Lalo” Riveros, el suboficial Ariel Olivera, el soldado Rolando Castro, el bastón de la banda Pablo Sotelo, Néstor Rocha y Juan Carlos Virhuez.
Las imágenes actuales contrastan con las de los años 80. Los rostros cambiaron, el tiempo dejó huellas visibles, pero hay algo que permanece intacto: la complicidad, la risa compartida y la necesidad de recordar juntos.
Las voces que lograron volver del abismo
Rodolfo Arce era sargento y estaba a cargo del clarinete cuando el colectivo que transportaba a la Banda de Música del RIM 22 cayó al vacío en una curva de El Tambolar, la noche del 23 de enero de 1986. Con el paso del tiempo, reconstruyó lo ocurrido y sostuvo que el siniestro fue consecuencia de una falla mecánica. El vehículo se quedó sin frenos en una zona de curvas cerradas. Herido y en medio de la confusión, recibió la indicación de otros sobrevivientes de intentar subir hasta la ruta para pedir ayuda, una decisión que resultó clave para activar el operativo de rescate.
Néstor Rocha, soldado tambor, recuerda con precisión los instantes previos al accidente. Viajaba sentado detrás del capitán Hugo Emilio Emi y minutos antes del descenso cambió de asiento a pedido del principal Ángel Pascual Bazanelli, un movimiento que con el tiempo entendió como decisivo para salvar su vida. Al comenzar la bajada, alcanzó a ver al chofer intentando frenar con la palanca de cambios mientras el colectivo avanzaba a gran velocidad. Tras el impacto, quedó atrapado dentro del vehículo, suspendido boca abajo, y logró liberarse gracias a la ayuda de un compañero.
Juan Carlos Virhuez, también soldado tambor, permaneció inconsciente durante varios minutos después de la caída. Al recuperar la noción, inició junto a otros sobrevivientes el ascenso por el cerro, en plena oscuridad y con lesiones visibles. Recordó ese momento como un punto de quiebre. Al alcanzar el asfalto y pedir auxilio, sintió que volvía a nacer, una sensación que aún hoy define su experiencia como sobreviviente de la tragedia.
Los tres coincidieron en que las horas posteriores al accidente estuvieron marcadas por el desconcierto, la falta de información y el impacto de enterarse, con el correr del tiempo, de la magnitud de las pérdidas. La Banda de Música, explicaron, funcionaba como una familia, y la muerte de tantos compañeros en una misma noche dejó una marca imborrable. A 40 años del hecho, sostienen que lo vivido no se olvida, pero que el recuerdo compartido y la palabra siguen siendo una forma de sanar.