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jueves 26 de marzo de 2026

Historias

"Dormíamos en un camión bajo una lona": el terremoto de San Juan que Edith "Kiki" sobrevivió con apenas tres años

Tenía solo tres años cuando el terremoto del 15 de enero de 1944 destruyó San Juan. Hoy, a los 85, Edith Astudillo revive aquellas noches de lluvia, las carpas repletas de vecinos, los camiones, los muertos entre los escombros y la solidaridad que marcó a una provincia.

Por Cecilia Corradetti

Edith Astudillo tiene 85 años, vive en San Juan, es viuda, madre, abuela y testigo viva de uno de los episodios más trágicos de la historia argentina: el terremoto del 15 de enero de 1944. Tenía apenas tres años cuando la tierra se abrió bajo sus pies y cambió para siempre la vida de miles de familias sanjuaninas. A ella todos la conocen como “Kiki”, y aunque aclara que muchas cosas las sabe porque se las contaron, hay imágenes que permanecen intactas, grabadas como fotografías imborrables en su memoria infantil.

kiki y hermanas

Hija de Esperanza Montealegre y de Eduardo Astudillo, Edith creció en una familia numerosa: eran nueve hermanos. Su madre era docente y su padre trabajaba en Vialidad Provincial. Vivían en la intersección de las calles Santa Fe y Salta, en una San Juan que todavía conservaba casas antiguas, de adobe, patios amplios y viñas familiares, una ciudad que esa noche quedó reducida a escombros.

“Tengo una imagen que no se me borra: dormíamos en un camión. Debe haber sido las primeras noches después del terremoto porque llovía mucho y dormíamos en un camión con una lona”, recuerda Edith, con una claridad que emociona.

Esa noche del 15 de enero, ella estaba jugando en la vereda con sus dos hermanas. Las cuidaba su madrina, una vecina. “Mi madrina nos llevó contra la pared, contra la puerta, contra el zaguán de la casa. Y toda la casa se cayó, casi la parte de adelante se cayó muchísimo, pero todo el escombro fue a dar al medio de la calle”, relata.

Ese gesto, casi instintivo, les salvó la vida. “Nosotros, al estar pegadas a la pared y ahí al zaguán, no nos tocó nada”. Dentro de la casa estaban su padre y un hombre que jugaba al ajedrez con él. Cuando comenzó el temblor, corrieron hacia el patio, donde había una viña. Los que estaban adentro lograron salir; los chicos quedaron afuera, porque la casa quedó totalmente destruida.

kiki sobreviviente terremoto

Toda la familia se salvó: “Apenas heridas menores”

Dos de sus hermanos no estaban en ese momento. Uno se encontraba en Calingasta, trabajando durante las vacaciones. Su padre lo hacía colaborar en tareas de contabilidad vinculadas al trabajo vial. “Ese fue el que estuvo peor de todos, porque en Calingasta dijeron que se había muerto todo el mundo. Se quedó sin voz”, cuenta Edith. Gracias a los camiones que llegaban desde distintos puntos del país con ayuda, pudo subirse a uno y volver a San Juan. Al llegar, encontró a su familia con vida. “Gracias a Dios nosotros ninguno tuvo nada, ni siquiera un rasguño”.

Solo una hermana resultó herida. Estaba en la casa de una tía, en calle Brasil. Allí se cayó una pared que golpeó tanto a la hermana como a la tía. “No fue un accidente grave, no estuvieron quebradas ni nada. Fue un golpe, un golpe de cadera, no fue una cosa que tuvieron que enyesar”.

Después del desastre, comenzó el éxodo. “Desde esa noche se empezó a distribuir la gente a los parientes que habían en Mendoza, en Buenos Aires, en Caucete, en Angaco”, recuerda. En medio del caos, Edith conserva un recuerdo difuso pero potente: una carpa enorme. “Tengo un recuerdo así como vago, que estábamos en una carpa muy grande, muy grande, con muchas camas. Ahí se vinieron a alojar todos los vecinos de esa cuadra”.

La carpa pertenecía a un hombre exportador, que había instalado estructuras inmensas para albergar a quienes lo habían perdido todo. “Los vecinos del barrio se vinieron con las camas”, dice. Ese espacio improvisado fue refugio, hogar y símbolo de algo que Edith destaca una y otra vez: la unión.

Pero también hubo escenas que marcaron a su familia para siempre. Su padre, Eduardo, cargó con una de las tareas más duras. “Cosas muy terribles que me han quedado a mí, que mi padre lo contaba siempre con mucha pena y a veces hasta con lágrimas. Él tuvo que sacar a la mamá de mi madrina, que se había quedado entre los escombros, el terremoto la había matado, y él la tuvo que sacar”, relata.

“Mi padre tuvo que organizar los camiones para trasladar a los muertos”

Además, por su trabajo en Vialidad, Eduardo Astudillo tuvo que organizar los camiones para retirar los muertos. “Organizaba los camiones para retirar los muertos de los escombros”, dice Edith, sin dramatizar, pero con una solemnidad que pesa.

Durante meses vivieron en condiciones precarias. Su padre construyó una casa de emergencia en un terreno de la abuela, que se había ido a Mendoza junto a una tía. “Mi padre construyó una casa de emergencia y vivimos ahí como cuatro o cinco años”, recuerda. Edith tendría unos siete u ocho años cuando finalmente pudieron acceder a un crédito del Banco Hipotecario, parte del plan de reconstrucción impulsado por el Estado.

“Dieron créditos para todo el mundo. Ahí se construyó la casa donde yo he vivido, que todavía está ahí. Una casa hermosa”, cuenta con orgullo. La nueva vivienda se levantó en la calle Brasil, una zona que empezó a poblarse rápidamente de casas nuevas gracias a la ayuda oficial.

“En ese sentido el gobierno ayudó mucho”, destaca. La vida, poco a poco, retomó cierta normalidad. Sus padres conservaron sus trabajos y la familia pudo salir adelante. “Tengo nada más que agradecimiento a Dios. Éramos nueve hermanos, mis padres más una tía anciana que vivía con nosotros, y a nadie nos pasó nada”.

Edith reconoce que, por haber sido tan pequeña, vivió una infancia muy cuidada después del terremoto. “Yo al ser una bebé, porque tenía tres años y estaba rodeada de mucha gente grande, tuve una época muy mimada, muy sobreprotegida”.

Hoy, al mirar atrás, deja un mensaje claro. “Había que unirse”, dice. Y vuelve a esa imagen de la carpa. “Todos los vecinos llevaban la comida que tenían. Para esas cosas, lo mejor de lo mejor es estar siempre unidos, protegerse unos a otros, cuidarse unos a otros. Yo creo que eso pasó en San Juan”.

La vida siguió. Edith fue docente, se casó a los 24 años, tuvo tres hijas, hoy tiene seis nietos y disfruta de una vida tranquila. “Soy muy sana, gracias a Dios, no tengo ningún tipo de enfermedad. Tengo que dar gracias a Dios de haber llegado a los 85 muy bien vividos”.

Sobreviviente del terremoto de 1944, Edith “Kiki” Astudillo es memoria viva. En sus palabras conviven el miedo, la pérdida, la solidaridad y la reconstrucción. Su historia no solo recuerda una tragedia sino la fuerza de una comunidad que, aun entre ruinas, eligió cuidarse y seguir adelante.

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