Por fin, luego de mucho planificarlo, el desafío se cumplió: el experimentado guía de moto tours sanjuanino, Ariel Giaccaglia junto a un grupo de 11 aventureros, la mitad proveniente de esta provincia, recorrieron los caminos más inhóspitos y fríos de Alaska y llegaron al objetivo final, la Bahía de Prudhoe, en el Mar Ártico. El grupo se destacó por cumplir un viaje sin ningún tipo de incidente, caída ni roturas de los vehículos. Los participantes sanjuaninos, además del guía, fueron Freddy Vargas, Diego Vargas, Daniel Velert, Miguel Gangitano y Gustavo Muñoz.
Alaska en dos ruedas: la hazaña de seis sanjuaninos en los confines del mundo
La excursión fue organizada por el experimentado guía de mototours Ariel Giaccaglia. Incluyó 4 mil kilómetros de dificultad alta y 1300 de ripio, entre osos, frío, barro y lluvia. El grupo estuvo integrado por 11 personas, seis de ellas de San Juan.
Frío, viento, barro, lluvia y el riesgo de la aparición de animales de gran porte, como osos, fueron algunos de los ingredientes de esta verdadera odisea con final feliz en el extremo noroeste de América del Norte.
En diálogo con Tiempo de San Juan, Giaccaglia expresó que al momento de planificar pensó en varias opciones. “Deseaba llegar a algún punto extremo del mundo por carretera, Usuahia, Cabo Norte, Rusia. Finalmente el destino fue la Bahía de Prudhoe, en Alaska, a 70 grados de latitud Norte, un lugar donde solo es posible transitarlo durante dos meses y medio en el año porque luego comienzan las nevadas intentas y ya es imposible cruzar al Círculo Polar Ártico”, resaltó.
-¿Por qué lo define como un verdadero desafío?
-Porque nada es sencillo en ese lugar y lo sabíamos. Para citar un ejemplo, comencé a hablar con un proveedor de motos de alquiler a quien me costó convencer de que estábamos en condiciones de hacer la travesía por la carretera. Tuve que hacer uso de mis credenciales y contarle mi historia. Accedió, aunque con la condición de que toda la gente debía ser experimentada. El terreno no es sencillo porque arriba, al norte, hay otro Alaska. A medida que se transita la carretera Dalton se acaban los servicios, hay solo tres lugares donde cargar combustible en mil kilómetros. Todos los lugares donde se hacen paradas para dormir son muy modestos. Advertí la dificultad y, efectivamente, solo fue gente que hace mucho tiempo realiza esta actividad. El frío extremo, las condiciones de lluvia y nieve ponían en riesgo la posibilidad de llegar al objetivo.
-¿Finalmente lo pudieron hacer?
-Fuimos el primero de varios grupos que no sufrió ni un solo desperfecto, caída ni accidente. Eso sí, por primera vez en toda mi carrera llevé una camioneta de apoyo. Las condiciones, arriba, son bravas y las motos iban a necesitar asistencia, lubricación por el barro, combustible. La estepa misma era un riesgo.
-¿Cómo se inició el recorrido?
-Llegamos a Anchorage, que si bien no es la capital de Alaska es la ciudad más importante, con vuelos que llegan minuto a minuto desde todas partes del mundo. Veníamos de Hamburgo, en Alemania y al llegar nos dimos cuenta de lo lejos que estábamos. Lejos de todo el mundo. Nos juntamos los 11 actores del viaje en una cena de bienvenida y al día siguiente retiramos nuestras motos cerca del hotel. Previamente nos alertaron de la presencia en el camino de animales extremadamente grandes, osos, renos. Animales con los que uno no tiene contacto generalmente. Además, todos los vehículos son enormes.
-¿Cómo transcurrió el inicio del viaje?
-Siempre fue todo perfecto. Los primeros días fueron agradables climáticamente. El sur de Alaska tiene caminos pavimentados, en buen estado. Alternamos en pueblos pequeños, llenos de historia, también en una mina de oro y llegamos hasta el río Maclaren en medio de unos paisajes increíbles. Una vez que estuvimos en el Parque Nacional Denali, repleto de glaciares y montañas, comenzamos a subir hacia el norte. Comenzaba la gran aventura.
-¿Cómo soportaron las bajas temperaturas?
-Las temperaturas son muy frías pero uno se acostumbra y el frío no molesta tanto como la lluvia permanente, la llovizna y el barrio que se forma. Además, hay muchos glaciares y animales en plena ruta. Por otro lado, comienza el ripio, que tiene sus dificultades porque no siempre está bien. La ventaja es que es muy ancho por el paso permanente de enormes camiones. Para que los caminos no se congelen suelen regar con un producto que es cloruro de sodio y se forma una costra espantosa que se impregna a la ropa y a la moto. Lo peor es cuando viene un camión de frente o cuando te pasa: el barro no permite ver nada. Sin embargo, todo eso genera adrelanina, risas, anécdotas. Nos metimos en la carretera Dalton y luego llegamos al Círculo Polar Artico, que siempre propone un gran desafío por el clima.
-¿Cómo eran los pocos hoteles en el camino?
-Muy modestos, típicos de camioneros, pero lo suficientemente cómodos para descansar y comer bien y seguir adelante. Llevábamos repelente para osos y nos sugirieron que no dejáramos nada parecido a comida al alcance. Pueden destruir los vehículos. También teníamos un teléfono satelital.
-¿Cómo fue la llegada a la Bahía de Prudhoe?
-Emocionante porque fue el objetivo del viaje. El día amaneció lindo pero luego comenzaron las lloviznas, el barro y el viento. Casi no hay provisión de combustible. Es un desierto. Luego llegamos a nuestro modesto hotel con baño compartido, donde solo teníamos lo básico. Hicimos una excursión a un sector donde se produce petróleo y nos hicieron una exhaustiva investigación a cada uno. Ingresamos, nos tomamos la foto de rigor y comenzamos el regreso. Antes de salir lavamos las motos, algo que jamás solemos hacer, pero el barro era imposible. El regreso fue muy bueno. Coronamos aquella travesía con un vuelo hacia un glaciar, algo que solo había visto en documentales. Al día siguiente regresamos a Anchorale y fue el fin de un viaje extremadamente exitoso.
Una vida entera como motociclista
Nacido en Marquesado, Giaccaglia lleva recorridos más de 50 países y 3 millones de kilómetros. Tras cumplir un cronograma que incluyó varios países, debutó ahora en Alaska, el extremo noroeste de América del Norte. Fueron, exactamente, 4 mil kilómetros de dificultad alta y 1300 de ripio”.
Ariel descubrió su pasión desde que nació. “Vivía sentado arriba de la moto de mi papá, soñando con las motos, subiendo y bajando. Observaba cada detalle, paseaba con él siempre que podía. Más tarde fui creciendo, miraba revistas, me metía en concesionarias, averiguaba datos, anotaba… pero no me dejaban tener una. Mi mamá me dijo terminantemente que nunca tendría una moto. Pero las cosas cambiaron y con mucho sacrificio, finalmente, me compraron una Suzuki 125 en cuotas. Era una moto muy bonita y no tardé en hacer mi primer viaje. Corría 1979 y me fui por una ruta que prácticamente ya no se usa, repleta de curvas desde San Juan a Calingasta, Barreal, Uspallata, Las Cuevas, Potrerillos y Mendoza, para luego regresar al punto de partida”, repasó durante una entrevista anterior.
Fue así que comenzó promocionando los viajes por mensaje de texto cuando recién la tecnología aparecía, “pero mucho antes sacaba la cuenta a mano de los datos necesarios para una excursión. Todo fue paso a paso. Creo que nunca perseguí querer ser referente, simplemente salió así”.
“Por otro lado, creo que es lo único que sé hacer y logré siempre que cada viaje sea perfecto. No me gustan los reclamos ni los grises y me encanta que las personas que se anotan reciban mucho más de lo que esperan. Le pongo cabeza y corazón a cada viaje”, señaló en esa oportunidad.