Eran alrededor de las 19 del 4 de enero de 2017 en la Villa Paolini, Pocito, cuando un avión fumigador cayó en una zona donde hay viviendas y, de milagro, nadie salió herido. El piloto, Carlos Labado, solo sufrió algunas heridas en la cabeza y salió del Piper PA-25 Pawnee caminando por sus propios medios. Fue en la esquina de Granaderos y Pasaje Argentino.
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La habilidad de Labado fue clave para que el fumigador no caiga arriba de ningún niño. Era verano y algunos jugaban en la cuadra pero el piloto maniobró de manera tal que algunas partes del avión, como las ruedas, quedaron en el techo de una escuela y el resto en la puerta de un kiosco. Ese día, justo, la dueña del negocio había salido a hacer trámites y el almacén permanecía cerrado. "No estaba, había salido al centro a hacer cosas con mi señora y mi hijo, me avisaron los vecinos", revelaba Rodrigo López a Tiempo de San Juan en aquel momento.
Que el kiosco estuviera cerrado fue un milagro porque la larga fila de personas que solía estar en la zona para comprar, ese día, no estaba y eso evitó que se produjera alguna muerte.
Carlos Labado solo terminó con heridas en la cabeza y durante días enteros Gendarmería Nacional cercó la zona para que los niños y los curiosos no tocaran las partes de la aeronave.
"Cómo no se cayó en la escuela así no teníamos más clases", decían los nenes de la Villa Paolini al día siguiente del accidente. Al contrario de su deseo, la escuela Rabindranath Tagore no sufrió daños y hubo algunos valientes que hasta se subieron al techo para ver dónde habían quedado las ruedas del fumigador.
La versión policial del momento, indicaba que Carlos Labado había salido del Aeroclub de Pocito pero que se había dado cuenta de que el avión fallaba así que decidió volver. En su camino de regreso se dio cuenta de que la aeronave no llegaría al Aeroclub y maniobró para aterrizar en el patio de la escuela (los chicos estaban de vacaciones porque era pleno enero). El piloto hizo lo que pudo y, milagrosamente, nadie salió herido de gravedad.