Historias del crimen

El jornalero desaparecido y asesinado que fue olvidado

Desapareció en mayo de 1999. Al mes siguiente lo encontraron asesinado y con rastros de que estuvo maniatado. Era un hombre normal, que no tenía conflicto con nadie. Hasta la fecha es un misterio su crimen. Por Walter Vilca
domingo, 02 de diciembre de 2018 · 11:57

Su nombre es Eduardo Vicente Chávez, tiene 41 años, tez morena, 1,60 metro de altura y contextura delgada. Cualquier información sobre su paradero pueden comunicarse a la comisaría de Pocito o a la Central de Policía… Ese era el comunicado difundido a mediados de mayo de 1999, en apariencia de un caso más de personas extraviadas. Nada presagiaba algo inesperado o sorprendente, pero a las semanas descubrieron que no era un hecho más. El jornalero fue encontrado muerto de un balazo, golpeado y con rastros de que haber estado secuestrado.

El caso de Chávez es otras de las historias olvidadas en la provincia. No sólo porque el asesinato continúa impune, también porque nadie reclama por él. Quizás porque era un hombre muy humilde, con una vida que pasaba inadvertida y porque las circunstancias en las que desapareció resultan hasta la fecha inverosímiles.

Su vida quedó marcada la madrugada del 16 de mayo de 1999, justo el día en que la ciudadanía sanjuanina elegía un nuevo gobernador. Eduardo Vicente Chávez era un solterón de 41 años que trabajaba como obrero rural en una finca de calle 7 y cuyo hogar era una pieza de adobe en el fondo de la casa de sus padres en la calle Guayama en la Villa Vallecito, en la zona pocitana de Quinto Cuartel. No se le conocía nada raro, todo en él era casi reservado. Lo único que comentaban era que de vez en cuando se veía con una mujer desconocida, una supuesta prostituta que mantenía encuentros a escondidas con él como amantes. La sospecha era que le sacaba dinero. Si era o no cierto, no se sabe; pero ahí pudo estar la clave del misterio que luego rodearía su muerte de Chávez.

Honecino Chávez, su padre, relató por aquellos días que la última vez que vio a su hijo Eduardo Vicente fue la noche del 15 de mayo, cuando éste se despidió diciendo que se iba a dormir y camino rumbo al fondo, en dirección a su pieza para descansar. Es que al otro había que ir a votar y los Chávez querían cumplir con su deber cívico.

A la mañana siguiente, muy temprano y antes del amanecer, don Chávez se levantó y fue a despertar a Eduardo. Lo curioso fue que el jornalero ya no estaba y su cama permanecía desordenada como si hubiese pasado la noche allí. En ese momento, la situación llamó a la confusión. Si bien el jornalero era independiente, la mayoría de las veces avisaba a dónde iba porque casi siempre estaba pendiente de sus padres que eran viejitos. Además eran las 6.

Lo raro es que esa mañana no regresó, menos en horas de la tarde ni a la noche. Al día siguiente tampoco dio señales y lo que parecía ser una ausencia momentánea se transformó en una desaparición sin razón ni explicación. Los padres, los hermanos y amigos empezaron a recorrer los hospitales para averiguar si estaba internado por alguna inesperada enfermedad o un accidente. Lo mismo hicieron en las comisarías del Sur y del centro de la provincia, suponiendo que podía estar preso por un incidente callejero. De todas formas, jamás se metía en problemas y no solía beber. Pero chocaron con el desconcierto, nadie tenía conocimiento de Eduardo Chávez. Entonces denunciaron su desaparición y la Policía comenzó a indagar sobre su posible paradero. La vida del jornalero no despertaba sospechas de que algo oscuro y criminal envolvía su ausencia, por eso también no provocó mucha preocupación en las autoridades.

Al tiempo surgió un dato que generó intrigas en torno al jornalero. El testimonio de un par de vecinos que aseguraron que en los primeros minutos del domingo 16 de mayo observaron una camioneta Peugeot -color azul o celeste- dando vueltas por la villa y que sus ocupantes andaban preguntando por Chávez. Es más, una de esas personas contó que era una pareja. Y que la mujer  descendió del rodado y entró a la propiedad de los Chávez, como dirigiéndose a los fondos para buscar al jornalero. Qué pasó luego, nadie lo sabe; pero especulan que el jornalero se marchó con estos desconocidos.

La incertidumbre y la preocupación de la familia en las primeras semanas no tuvo respuesta por parte de la Policía y la Justicia, que abarrotada de otros temas fue dejando de lado el caso hasta que se desentendió por completo. Sin embargo, al cabo de casi un mes y cuando ya nadie hablaba de Chávez, un hallazgo sacudió a todos y movilizó a la Policía. La tarde del 9 de junio encontraron un cadáver en un cañaveral situado en la calle Costa Canal, al Oeste de República del Líbano.

El cuerpo estaba boca abajo y en estado de descomposición. Los policías no demoraron en llegar a la conclusión de que se trataba del jornalero Chávez, desaparecido el 16 de mayo de ese año. Lo reconocieron por su campera marrón, su camisa, su pantalón jeans, sus zapatillas y por su documento, que todavía conservaba en un bolsillo junto a unos 50 pesos. Lo que aterró fueron las marcas en su cuerpo: tenía un disparo en el pecho, su pantalón estaba a la altura de la rodilla y en una de sus muñecas tenía anudado un alambre, lo que indicaba que había estado maniatado.

El crimen conmocionaba y las incógnitas giraban alrededor de las extrañas circunstancias de su desaparición, pero todo se diluía a  partir de la falta de indicios o sospechas. La sola pista acerca de esa camioneta y de la pareja que andaba preguntando por Chávez la noche que supuestamente desapareció, no alcanzaba. Los testimonios eran vagos, ni siquiera pudieron identificar o describir a los ocupantes. Lo que era evidente es que a Chávez lo tuvieron retenido y, aunque presentaba  golpes, había sido ejecutado de un certero disparo en el pecho.

Los investigadores profundizaron las pesquisas y detuvieron a la supuesta trabajadora sexual que se veía con Chávez, pero no obtuvieron nada. La mujer estuvo presa un par de día y finalmente la soltaron por falta de pruebas en su contra. Y por más que después volvieron sobre las mismas sospechas y la búsqueda de esa misteriosa camioneta, no le encontraron la vuelta. Así, con el transcurso del tiempo el caso entró en un callejón sin salida y, como Chávez provenía una familia pobre, nadie le puso mayor interés en resolver su asesinato. Hoy, su historia figura en algún viejo expediente olvidado dentro de tribunales. En la Policía ni siquiera recuerdan su nombre, un triste destino para alguien que murió de una manera atroz y en las circunstancias más extrañas.