Toda escoba nueva barre bien, reza la sabiduría popular y aplica a toda gestión flamante. Más aún si fue determinada por decisión popular, con toda la expectativa favorable que suele despertar una nueva administración recién votada.
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SUSCRIBITEToda escoba nueva barre bien, reza la sabiduría popular y aplica a toda gestión flamante. Más aún si fue determinada por decisión popular, con toda la expectativa favorable que suele despertar una nueva administración recién votada.
Ese es el más valioso activo político que contendrá desde el minuto uno la nueva conducción sanjuanina a manos de Marcelo Orrego. También de Fabián Martín, a lo que refiere específicamente esta columna que focaliza en una variable: cómo hacer para hacer correr el sello propio de la gestión con leyes, en medio de un tormentoso esquema de minoría absoluta.
Son esos los nubarrones fundacionales de la nueva gestión, no los únicos. No habrá que despreciar la hipótesis de algún evento de tipo económico derivado de complicaciones nacionales, o la llegada también por vía del voto de alguna de las variantes de ajuste que se exhibe en el mostrador de la política nacional y que más temprano que tarde termine impactando en las cuentas provinciales. De todas las provincias, no sólo ésta, se entiende.
Eso está por verse. Por ahora, lo seguro es el panorama complejo al que se enfrenta en terreno legislativo provincial, por donde debe transitar la voluntad del nuevo Ejecutivo en formato de leyes. Cuenta apenas con 12 manos de un total de 36, sólo un tercio. Producto de una compleja elección desdoblada entre mayo y julio en las que los diputados proporcionales no se votaron junto al gobernador (por lo tanto, no fue tan proporcional) y entre los departamentales –que elige uno por departamento- se verificó un contundente predominio del oficialismo uñaquista.
Lo que pone a Orrego y Martín ante un desequilibrio parlamentario como pocas veces se vio en los 40 años de democracia recientes: un gobierno que arranca con sólo 1 de cada 3 voluntades parlamentarios a favor. Y los coloca ante una permanente necesidad de negociación, o ante el desafío de ir desarticulando de arranque ese paisaje inicial.
Por lo visto hasta ahora, parece ser que la resolución desde el vamos es comenzar a petardear esa falla de origen. Conocen que de ese factor depende nada manos que el margen de gobernabilidad, tomar decisiones sin condicionamiento, obtener los mínimos necesarios de libertad para su gestión.
Y parecer ser también que lo harán con las mejores herramientas a su disposición, las más potentes. De manera excluyente, el altísimo nivel de popularidad de una flamante fórmula que acaba de llegar mediante un resultado electoral contundente e inapelable. De allí podrá desprenderse su expectativa: simplemente de aplicar su propio plan, el que obtuvo el aval en la urna.
Asi se comprende que la primera decisión, anunciada sin disimulos por el vicegobernador electo Fabián Martín, resulte la de enviar a debate en evidente desventaja numérica un potente paquete político que contiene la prédica de Orrego durante toda la campaña y que se ganó el aval ciudadano: la eliminación de la ley de lemas y la enmienda de la constitución operada en 2010 para permitir una tercera reelección.
Una terapia de shock, algo así como saltarle desde el minuto uno a la boca del tiburón. Un tácito desafío a legisladores inicialmente opositores a que recalculen. Si permanecerán entre los dogmas partidarios, deberán endurecer el cuero para contener el malhumor de la sociedad, a la que podrán lanzar sobre el cuello de esa resistencia. O si aflojan desde el arranque y se comienza a ablandar el nudo.
Elemental para el nuevo gobierno resultará eso es hacerlo desde el minuto uno de gestión. Que es cuando naturalmente más alto esté colocado el nivel de su valoración popular. Que al tiempo de andar y de tomar medidas, irá produciendo un natural desgaste hasta ubicarse en su cauce normal.
Será una ofensiva tomada entonces sobre la cúspide de la ola de la popularidad: difícil decirle que no sin sufrir desgaste tanto para legisladores opositores como para dirigentes políticos. Reforzada por el lanzamiento al debate público de dos puntos del sistema electoral contra los que batalló el propio Orrego en campaña, que no disfrutan precisamente de buena salud en la opinión generalizada. No sea cosa que ahora le permita a la nueva gestión una mínima alegría.
La ley de lemas fue impulsada por la actual gestión luego de la anulación de las Paso provinciales. Se hizo con un argumento lógico y bien defendible en voz alta: la proliferación de elecciones y el hartazgo general de acudir mil veces a las urnas, dos turnos provinciales más los eventuales tres nacionales (si hay, seguramente, ballotage). De los que no se cumplió ni siquiera el primero aún.
Esos buenos planes iniciales fueron frustrados por la Corte, cuando determinó la suspensión de los comicios: de igual modo, hubo dos elecciones provinciales. Y aquella ley de lemas –que había apoyada por todo el peronismo, incluso el giojismo- se mantuvo como epicentro de las objeciones.
Con el mismo cross al mentón el nuevo gobierno pretenderá barrer con otra modificación del sistema electoral, en éste caso con algunos años más de antigüedad. Fue en 2009, cuando el entonces gobernador José Luis Gioja se lanzó a una enmienda constitucional para permitir no dos sino períodos en el Ejecutivo. Es decir, no una sino dos reelecciones.
Aquel episodio -que aún tiene ríos de tinta pendiente de ser contada- debió sumar dos tercios de manos levantadas en la Legislatura. Recuento que se libró con el telón de fondo de una feroz pelea entre hermanos: el principal opositor a José Luis fue su hermano mayor César. Pero se saldó con un plebiscito posterior a la aprobación parlamentaria, que contó con un aval de un 70%.
Difícil que hoy la misma ciudadanía le entregue una cifra parecida de aval a una segunda reelección, más bien lo contrario si llegara a plebiscitarse nuevamente el asunto. Lo que ocurriría en el caso que se lance un proyecto de enmienda a la Legislatura para desandar el camino, como primera medida parlamentaria de nueva gestión. Como fue anunciado por el gobernador y el vice electos.
En ese caso, los requerimientos parlamentarios son los mismos. Dos tercios de las voluntades para aprobar una enmienda (que sería el mismo artículo, en lugar de dos reelecciones, una sola, como estaba antes). En un terreno en el que el oficialismo dispone sólo de un tercio, le estaría faltando otro tercio. Es decir, 12 más. Habrá que ver cómo reaccionan ante la puesta en la calle de un tema árido: defender largas reelecciones en público, instauradas por el giojismo.
Y luego, si se aprueba la enmienda, un plebiscito. Aunque ese orden de factores hasta podría verse alterado. No sería extraño que en el caso de no obtener los dos tercios, la nueva administración convoque igualmente a un plebiscito para no quedar en el camino y poner de contrafuego a un eventual rechazo de diputados.
Con la lógica escalada de temperatura política que eso implica. Un plebiscito no le vendría mal al oficialismo en eventual desigualdad en Diputados para lubricar su capacidad de impacto y pasarle un F5 al mapa político provincial. Y mandar un mensaje difícil de esquivar; más allá de las bancas, en qué lugar está la voluntad del ciudadano.
En el mismo envión, las reformas iniciales podrían incluir a las boletas únicas. Modalidad que reemplaza las sábanas debajo de las que se escuden mediocridades surtidas que terminan arrastradas. Ya se implementó en Mendoza, en Santa Fé, en Córdoba y se usará en Capital. No es para dar ideas, valdría analizarlas ya que está.
