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Opinión

Menem superstar, un revival ¿para fingir demencia colectiva?

Los ’90 no fueron una comedia con un tipo seductor liderando una fiesta: murió gente, la Justicia estaba más acomodada que nunca, asesinaron a un periodista, perdonaron a los imperdonables y mandaron al muere a jubilados, docentes y trabajadores. Comprar un electrodoméstico barato con el costo más alto: la destrucción del lazo social. Por Eduardo Camus

Por Redacción Tiempo de San Juan

La serie sobre Carlos Menem llegó a las plataformas y, como era de esperarse, desató una ola de nostalgia en las redes sociales; memes y comentarios condescendientes sobre "el último gran presidente", "el uno" o "el que nos hizo felices". Una suerte de menemanía revival, teñida de humor, show y simpatía, que revela algo más profundo: un intento de evasión. ¿No será que, detrás de esa risa fácil, estamos fingiendo demencia colectiva y olvidando la pizza y el champagne a costa de nuestras empresas y nuestros recursos?

Confieso que la serie me divirtió. Me pareció floja como producto integral, con algunas licencias narrativas cuestionables, pero también con dos actuaciones impecables: Griselda Siciliani, casi mimetizada con Zulema, y Leonardo Sbaraglia, que hace un Menem tan seductor como inquietante. Me divertí, sí. Y tal vez eso sea lo más problemático: que el menemismo —esa experiencia política que marcó a fuego la Argentina de los '90— pueda hoy reducirse a una comedia. Porque divertir, etimológicamente, también significa desviar. Y la serie, con todo su despliegue de autos deportivos, romances, televisión basura y tramas palaciegas, desvía. Nos distrae de lo esencial. La serie es un síntoma más de una creciente ola de inocencia que viene intentando depurar a los ’90 cuando los todos por dos pesos destrozaron la industria nacional, se comieron los haberes de los jubilados y nos dejaron al borde del abismo por tanta fiesta para unos pocos.

El menemismo fue, en sí mismo, un gran desvío. Un desvío del peronismo hacia el neoliberalismo. Del proyecto nacional hacia el modelo de dependencia. Del conflicto político hacia el zapping permanente. Menem no fue un accidente; fue una síntesis: popular, carismático, impredecible, devoto de Facundo Quiroga. No tenía ideología, sino una voracidad enorme de poder. Pactaba con quien fuera, entregaba lo que hiciera falta. Hasta la Constitución para lograr su reelección. Todo en nombre de una supuesta modernización que no fue más que la claudicación del movimiento nacional frente al capital financiero. Usaron el capital nacional y patriótico en post del cipayismo y el engrosamiento de las cuentas bancarias en las islas Caimán.

Y también frente al poder real. Pocas imágenes resumen mejor ese pacto con el pasado más oscuro que el abrazo de Menem con el almirante Isaac Rojas. Rojas no era un militar más: era el símbolo viviente de los bombardeos del 16 de junio de 1955 sobre Plaza de Mayo, del golpe que derrocó a Perón, de los fusilamientos de José León Suárez, de la proscripción del peronismo y la desaparición del cuerpo de Eva. Menem lo abrazó como quien entierra una historia. Pero no enterró el odio, lo legitimó.

Esa lógica tuvo continuidad. En 1990, Menem indultó a los jerarcas de la dictadura, cumpliendo con las demandas del levantamiento carapintada liderado por Seineldín. Los genocidas volvían a sus casas, libres, mientras los desaparecidos seguían sin justicia. Todo con el argumento de la “pacificación”. Pero no hubo paz, sino silencio. No hubo reconciliación, sino impunidad.

Y esa impunidad no era abstracta. Era física. Era brutal. La serie insinúa algo: un periodista golpeado casi hasta la muerte por investigar lo que no debía. Aprietes, amenazas, persecuciones. Lo sé de primera mano. Mi viejo era Secretario Gremial de ATE en San Juan, y en ese momento encabezaba medidas de fuerza contra el ajuste, la precarización y los despidos en el Estado. En la madrugada del 28 de abril de 1995, lo emboscaron, lo golpearon salvajemente, le pegaron un tiro en la pierna y lo abandonaron en la avenida José Ignacio de la Roza y calle Entre Ríos, pleno centro. Ese mismo día, Menem llegaba a la provincia a hacer campaña para su reelección. Aún lo veo a mi papá, haciendo fila en muletas para votar. Votó en la misma mesa que los responsables políticos de esa agresión. Y esperamos los resultados. Lamentablemente, fue como si todo pasara. O mejor dicho: como si nada pasara.

La denuncia nunca prosperó. Los autores materiales fueron identificados, pero nadie fue condenado. Como tantas otras causas de aquella época, quedó en la nada. Pero esa escena me persigue: un dirigente herido, en democracia, votando con dignidad en un país donde la Justicia ya había claudicado.

Eso fue el menemismo también. Los atentados con bombas en la ciudad —la Embajada de Israel, la AMIA—, los servicios de inteligencia operando con autonomía, el crimen de Cabezas, la muerte sospechosa del propio hijo de Menem meses antes de las elecciones del ’95. La política convertida en un agujero negro donde todo podía pasar y nada se explicaba.

El menemismo fue la estética de la impunidad. Una forma de gobernar donde el show tapaba la sangre, donde el zapping reemplazaba al debate, donde los Ferrari silenciaban las lágrimas. Fue la transición del peronismo de la justicia social al peronismo de la derrota. Y en esa derrota —económica, simbólica, ética— se fundaron muchas de las tragedias actuales.

Por eso no es inocente esta moda de recordar a Menem con simpatía. No es casual que vuelva justo ahora, cuando el Estado vuelve a ser desguazado, cuando los ricos se ríen y los pobres pagan. El primero en hacer marketing a costa de la tristeza de las mayorías populares.

Hoy, cuando el presente duele, cuando las conquistas se desmoronan, nos quieren hacer creer que el pasado fue divertido. Que no fue tan grave. Que se podía bailar mientras se caía el país. Pero no. No hay justicia posible sin memoria, ni militancia posible sin verdad. Y esa verdad es incómoda, antipática, muchas veces dolorosa.

La menemanía no es memoria: es anestesia. Y ya sabemos lo que pasa cuando un pueblo se duerme. La historia no se repite, pero sí se cobra sus cuentas.

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