Por Eduardo Camus
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SUSCRIBITEA 42 años de la guerra, la causa Malvinas sigue siendo una herida abierta y una bandera de soberanía nacional. Frente a un gobierno que reivindica a Thatcher y relativiza nuestra historia, el reclamo por las islas vuelve a ser urgente.
Por Eduardo Camus
Hablar de las Islas del Atlántico Sur es hablar de la Patria, de la soberanía nacional. Es repasar una herida abierta que atraviesa generaciones y permanece siempre presente en la memoria colectiva del pueblo argentino.
Pasó un nuevo 2 de abril, feriado nacional como cada año. En las escuelas, los pibes y pibas estudiaron, reflexionaron y, sobre todo, recordaron la trágica Guerra de Malvinas. En cada cancha de fútbol flamea al menos una bandera que reafirma que las Malvinas son argentinas, y lo mismo sucede en recitales de rock y en los millones de tatuajes que llevamos en la piel. No hay dudas: Malvinas es una causa nacional.
Una causa de todos, menos para el gobierno de Milei, que no solo admira abiertamente a la pirata y asesina Margaret Thatcher, sino que se animó a pronunciar el discurso más vergonzoso sobre Malvinas en más de 40 años, reconociendo el supuesto derecho de autodeterminación de los kelpers, ocupantes ilegales de territorio argentino. Eso no es un error: es traición a la Patria, como lo denunciaron Ex Combatientes que ya han anunciado una denuncia formal contra el presidente cipayo.
Nada nuevo bajo el sol de la distopía anarcolibertaria. Otra humillación más, otra entrega de soberanía. Pero Milei y su gobierno no son la Argentina. Son un error histórico que nos va a costar cicatrizar.
Malvinas es mucho más que una guerra: es el espejo de nuestra historia como nación, la prueba viva de una disputa por dejar de ser una colonia. Y para comprenderla, es imprescindible abordarla con perspectiva histórica.
Las Islas Malvinas siempre tuvieron una importancia geopolítica clave: desde su avistamiento en 1520, su cercanía al Estrecho de Magallanes –el único paso entre océanos hasta la construcción del Canal de Panamá– les dio un valor estratégico. A esto se suma su proyección sobre la Antártida y sus riquezas naturales: pesca, petróleo, recursos marinos.
En 1820, el Estado argentino toma posesión de las islas. Desde ese momento, comenzaron los ataques piratas, en particular de norteamericanos. En 1831, el gobernador Luis Vernet captura dos barcos ilegales y los lleva a Buenos Aires. Los Estados Unidos protestan, y Juan Manuel de Rosas, firme en defensa de la soberanía, expulsa al cónsul estadounidense. Fueron ellos quienes alertaron a los ingleses de que las islas estaban desguarnecidas.
Así, en 1833, el Reino Unido toma las Malvinas, aprovechando el contexto de anarquía, guerra civil y desunión que vivía el país. José Hernández definió esos años como una época indecisa que permitió el saqueo de los piratas ingleses. Gauchos e indígenas fueron explotados por los invasores hasta que, el 26 de agosto de 1833, el gaucho Antonio Rivero lideró una rebelión que logró volver a enarbolar la bandera argentina. En 1834, los ingleses retomaron el control.
Desde entonces, Argentina nunca dejó de reclamar la soberanía de las islas. En 1965, la ONU sancionó la Resolución 2065, que instaba a ambos países a negociar, reconociendo el reclamo argentino. Pero el Reino Unido la ignoró.
En 1966, ocurrió el Operativo Cóndor, una acción patriótica liderada por jóvenes militantes peronistas comandados por Dardo Cabo, que tomaron un avión y lo hicieron aterrizar en Malvinas, izando la bandera nacional. Ese gesto encendió la pasión popular y dejó en evidencia la incomodidad de la dictadura de Onganía, justo en un día en que jugaba al polo con el príncipe Felipe de Inglaterra.
“Prefiero la disidencia de un luchador a la obsecuente lealtad de un verticalista que pone cara de bueno y nos está entregando al enemigo.”
— Dardo Cabo, 25 años, militante peronista
La última dictadura cívico-militar usó Malvinas como herramienta de propaganda. No fue una idea improvisada de Galtieri entre whisky y whisky: la causa Malvinas ya formaba parte de la identidad popular. Pero la Junta intentó apropiársela para distraer a una sociedad que comenzaba a hartarse del terror y el genocidio.
El 2 de abril de 1982, la dictadura anunció la recuperación de las islas, apostando ingenuamente al apoyo de los Estados Unidos de Ronald Reagan. Confiaron en vano. La doctrina de seguridad nacional y la sumisión a las potencias, ayer como hoy, no dan frutos. El 30 de abril, Reagan oficializó el apoyo a Gran Bretaña.
El pueblo argentino se movilizó masivamente. Pero los soldados fueron traicionados. Enfrentaron el frío, el hambre y el abandono. Muchos padecieron violaciones a los derechos humanos por parte de sus propios superiores.
Galtieri, delirante, ordenó combatir hasta perder dos terceras partes de las fuerzas. La rendición era inevitable. La dictadura, cobarde y sangrienta, quiso que olvidáramos. Tardaron un año y medio más en dejar el poder que habían usurpado en 1976.
La historia de las Malvinas es la historia de la Argentina. Nuestros dolores como país se explican en gran parte por nuestro lugar subordinado en el mundo, por la voracidad de las potencias que saquean recursos y vidas.
Desmalvinizar es arrancarnos la memoria. Es renunciar a la historia y a la posibilidad de construir un país soberano. Por eso, reivindicar la causa Malvinas es buscar la unidad nacional y latinoamericana. Es una lucha continental por la autodeterminación de los pueblos.
Homenajeamos a los Héroes de Malvinas, que enfrentaron con coraje a un ejército profesional y, sobre todo, soportaron la traición de los dictadores argentinos.
LAS MALVINAS FUERON, SON Y SERÁN ARGENTINAS ¡VIVA LA PATRIA!
