Suele ocurrir que ante cualquier crisis que asoma, la receta automática resulte en la siguiente sentencia: hay que armar un plan estratégico. No siempre es garantía de éxito. La Coviar vitivinícola resultó al amparo de ese canto de sirenas y al paso de más de 20 años se estrelló contra todos sus objetivos fracasados. Puede fallar.
Al costo del $ 0,8 por litro el año pasado, toda la industria e indirectamente la producción de cualquier derivado de la uva fue forzada a sostener una estructura burocrática que prometía aplastar a la floreciente industria cervecera, que cada día que pasaba le iba comiendo una porción al vino.
Nada pudo ser peor. Desde que se implantó esa campaña del vino como producto genérico financiada por toda la cadena vitivinícola con el descuento compulsivo de un porcentaje variable de su facturación y el noble objetivo de sacar la espada contra la apabullante presencia cervecera en los medios, el consumo per cápita en la Argentina se desplomó de 33 litros por persona en 2003 a 12 en 2025. Y la de su rival, la cerveza, creció en el mismo período de 25 litros por cabeza anuales a los actuales 45. Derrota catastrófica.
Más datos que acentúan el cuadro dramático. La última cosecha en San Juan, la que terminó el mes pasado, resultó ser por escándalo la peor de los últimos 70 años. Es decir que hay que remontarse a 7 décadas atrás, a los tiempos de la industria incipiente, para encontrar igual cantidad de gente que madruga todo el año y le pone el cuerpo a la nobleza de la uva.
Fueron 365 millones de kilos frente al doble que se cosecharon en el 2018. Pudo haber sido para bien si es que se verificaran los mandatos del mercado, que a menor oferta, mejor precio. Pero tampoco. El problema está del lado de la demanda, cada vez más flaca y tendiendo a empeorar. En todo el mundo, en menor medida, es cierto.
Entonces, lo que cualquiera que mirara el cuadro desprovisto de intereses pudiera preguntarse es lo que señala el sentido común. Ante semejante desbarranco, cómo es que a nadie se le ocurrió poner en cuestión el sobreprecio de la Coviar, que sólo empeora las cosas? Hasta que recién ahora lo hizo un legislador porteño (sí, porteño) y le embocó un garrotazo al panal.
Probablemente alguna respuesta anide en el generoso reparto de recursos implícitos en altos cargos rentados, una burocracia costosa con dedicatoria y control político-empresarial de sectores bien definidos, sostenimiento de caterings a alta escuela como el ya devaluado desayuno de la Coviar en Vendimia, o –lo peor- altísimas pautas publicitarias con medios porteños amigos destinadas a gritarle al gran público las bondades del vino. Como si hiciera falta.
Todo ese dispendio propio de otros tiempos y sin resultados a la vista –más bien lo contrario- es lo que muchos espacios se proponen sostener ahora que explotó la bomba. Dicen que Damián Arabia, el legislador bullrichista que presentó el proyecto de eliminación de la Coviar, es un emisario del gobernador mendocino Alfredo Cornejo. Puede ser, tiene lógica y denota cierto recelo de la clase política tradicional (Cornejo lo es) de tomar el toro por las astas.
Probablemente, porque Cornejo y casi todo su funcionariado habrán sido cómplices no de su fundación como sí del sostenimiento de una estructura ya desvirtuada desde hace años por sus resultados ausentes. Cualquier embate de frente le pegaría en la cara, cuanto a cualquier otro habitante de la clase política cuyana de los últimos años.
Esa natural ausencia de autocrítica –por ser confiado y no suponer una resistencia a abandonar la chequera generosa-, no es de todos modos lo esencial. Sí lo es la necesidad de colocar la mano en el corazón y pensar si estuvo bien o mal, formular un balance y actuar en consecuencia.
Fueron unos usd 230 millones los que entraron a la Coviar en algo más de sus 15 años iniciales (2004-2020), según el cálculo de Bodegas de Argentina. Dólar más, dólar menos que haya resultado –alguna auditoria objetiva y oportuna lo señalará algún día- una verdadera fortuna para resultados tan desastrosos.
Proveniente no sólo de la detracción compulsiva de una parte de todas las operaciones registradas en el INV, luego endosada al productor y finalmente al precio del consumidor, sino a préstamos otorgados por el BID. Y devueltos con los impuestos de todos los argentinos, cortados ahora por la motosierra de Milei: usd 100 millones bajo denominación bautismal de Proviar I y II.
Lo que se desató ahora es una batalla entre sectores eternamente enfrentados por este tema. Que orbitan bajo intereses cruzados. Bodegas de Argentina y la corporación de mentas. Las bodegas, lógicamente hastiadas por la detracción y su uso opaco. Muestran resultados inobjetables.
De un lado, que el objetivo al 2020 era llegar al 10% del volumen mundial y sólo se logró caer al 3,7%. Del otro lado, que eran metas “aproximadas”. De un lado, que la facturación se cayó un 42%, del otro lado que fue como consecuencia de las crisis políticas del país. Echale la culpa a Néstor y a Mauricio.
De un lado, que nadie controla ni rinde cuentas por tan caudaloso expendio de dinero privado y público. Del otro lado, que disponen de síndicos puestos por los gobiernos de Mendoza y de San Juan, lo que “garantiza la transparencia”. Toda una garantía.
De un lado, que lo que existió fue un despilfarro evidente de recursos privados de la cadena vitivinícola y públicos del fisco nacional y provincial (se calcula que San Juan aportó la friolera de usd 54 millones). Del otro lado, que todo se realizó de manera transparente por medio de sus unidades ejecutoras, como Wines of Argentina y el Fondo Vitivinícola, que se llevan el 60% de los recursos para publicitar las bondades del vino a quienes aún no las hubieran descubierto. Como a las áreas de producción, que les permite exhibir a pequeños productores subidos a la rueda.
Si no alcanzara el contraataque prolijo, uno más percudido por la doble lectura. Que todo movimiento de recursos en ese fondo –dijeron- fue realizado bajo la aprobación en el mismo corazón de la Coviar por los mismos ejecutivos bodegueros que ahora son los que los cuestionan.
Dieron nombres y todo. Walter Bressia, a quien le recuerdan el cargo de vicepresidente de la Coviar que detentaba hasta 2020. O Juan Carlos Pina, tesorero hasta el 2019 y ahora gerente de Bodegas. Será por eso que la respuesta de Coviar subraya un detalle de la crítica bodeguera: fue sin firma.
Ahora falta ver cómo se moverán los gobiernos involucrados y las respectivas tropas políticas en esta crónica de muerte anunciada. El de Mendoza, está claro en la movida de Cornejo que es lanzar la piedra y esconder la mano. La de San Juan subyace de la respuesta de su diputada Nancy Picón, consultar primero. Wait and see. Y la del peronismo, jaqueado entre la evidencia del despropósito y a la vez no estar pisando sus propios callos por la complicidad en años anteriores.
Mientras se descerraja artillería pesada desde ambos flancos en una batalla que parece estar recién empezando. Salud.