Patricia Astorga

El peligro hecho mujer

El público en general se acuerda de ella como la persona que asesinó a golpes y puñaladas a la doctora Feldman. Los investigadores, guardiacárceles y magistrados, que han tenido contacto más cercano con ella, aseguran que el personaje de “la Astorga” va mucho más allá del de una homicida.
viernes, 11 de noviembre de 2011 · 20:02

Llegó un momento en el Penal de Chimbas en que se trató por todos los medios que Patricia Astorga no tuviera contacto con los hombres. De estatura mediana, voluptuosas medidas, morocha y de ojos color miel,  la convicta siempre fue un problema para sus guardianes, no tan solo por su ferocidad, sino por su alto poder de seducción.

Quizás lo que para otros es una cualidad o una bendición, para ella fue un arma. Si repasamos su lista de crímenes (desde asesinatos a dos fugas de la cárcel), esta porteña que actualmente tiene 41 años, siempre hizo uso de la seducción para llevarlos a cabo.

Así lo hizo el 5 de junio de 1991 cuando asesinó en su casa de la calle Mendoza  a la doctora María Aída Hans de Feldman de 63 años. El hecho ampliamente conocido, ocurrió después que la dueña de casa sorprendiera a su empleada doméstica (Patricia Astorga)  y a su novio (Claudio Zalazar)  en el momento en que robaban todo lo que había de valor en su hogar.

Mucho se habló de la ferocidad de esta mujer que en ese momento con  tan solo tenía 21 años y de cómo primero golpeó a la doctora con un palo de amasar y luego la apuñaló hasta dejarla  sin vida. Indudablemente “la Astorga”  es reconocida por su brutalidad en este crimen, pero para los que la conocen, también les llama la atención cómo convenció a su novio para que fuera su cómplice.

Claudio Zalazar, un muchacho de 18 años de localidad de La Rinconada, departamento Pocito, quedó obnubilado con esta mujer. Desde el primer momento ella hizo lo que quiso con el joven, a tal punto que lo obligaba a meterse casi todas las noches a su habitación de empleada doméstica en el domicilio de los Feldman.

Allí estuvieron la noche anterior al crimen y él se quedó escondido hasta que la familia salió de la casa. Zalazar solo “cumplía” órdenes,  porque al principio estuvo en desacuerdo con  realizar el robo, asegurando que San Juan era “muy chico” y que los iban a atrapar rápidamente.

Astorga insistió, hasta que logró que el muchacho se le uniera y empezara a cargar con pertenencias ajenas el auto familiar.

Lo que siguió fue parte de la locura. Sorprendidos,  el pocitano también participó de la golpiza a la mujer y el posterior traslado al auto para hacer desaparecer lo que hasta ese momento creían que era un cadáver. Luego se dieron cuenta  que su víctima solo agonizaba y que todavía seguía con vida. Aseguraron los investigadores que lo que terminó de matar a la doctora fue “la Astorga”, pero eso no le quita responsabilidad al muchacho en su participación en el crimen.

Así lo entendió el juez en lo Correccional, Héctor Fili, quién con todas las pruebas aportadas dictó la prisión preventiva para la pareja. El caso fue a juicio y el 22 de septiembre de 1994, cuando condenaron a ambos a reclusión perpetua a cumplirse en el Penal de Chimbas. Pero no todo acabó ahí.

Su primera etapa en la cárcel sanjuanina  puede rotularse como salvaje. Ya su identidad se había convertido en un personaje. Tal vez porque en esta provincia no se tenía noticias de que una mujer cometiera semejantes delitos. En la historia policial local hubo otras mujeres que habían participado en hechos de sangre, casi siempre en cuestiones pasionales. “La Astorga” sorprendía a propios y extraños por haber matado tan solo por codicia.

Desde un primer momento se destacó entre las otras internas. No tan solo por su acento porteño, que ella usaba con un tono de matón, sino también por la promesa que hacía a viva voz  de que se iba a fugar cuanto antes. Y así lo hizo.

Increíblemente la primera fuga de “la Astorga” tuvo ribetes “románticos”, ya que no solo se escapó ella, sino que también lo hizo Zalazar. Y como si fueran los “Bonnie and Clyde” vernáculos, la pareja se las arregló para salir de Chimbas y llegar hasta Pocito.

En el sector de mujeres de Chimbas había guardiacárceles de ambos sexos cuidando a los presos. Cuentan que Patricia sedujo a uno de estos hombres y preparó toda la fuga. Mientras tanto, Zalazar salía de su pabellón por una ventana a la que le había doblado los barrotes, y en el medio de la noche subió la tapia que la separaba del lugar en donde estaba su mujer.

El escenario era perfecto. Una  fuerte tormenta eléctrica  irrumpió en el cielo sanjuanino. El servicio de energía eléctrica fallaba y por lo tanto dentro del Penal había lapsos de pequeños apagones que complicaba la visibilidad de los guardias. Así pasaron por los controles y finalmente treparon uno de los muros del lugar.

Juntos llegaron al exterior y rápidamente se hicieron con un ciclomotor de un guardiacárcel. Desde allí se dirigieron hasta la casa de uno de los parientes de él en Pocito. Allí solicitaron ayuda para seguir con el escape, pero no tan solo que no los ayudaron, sino que un primo de Zalazar los denunció a la policía.

Salieron de Pocito todavía en el rodado robado y se dirigieron hacia el departamento Albardón tratando de buscar una ruta alternativa que les permitiera salir de la provincia. A más de cuatro días de la fuga, finalmente la policía los detuvo muy cerca del río Yaquín. Era enero de 1993 y “la Astorga” no pudo cumplir su promesa de fuga. Por otro lado, Zalazar respondía a los reclamos de sus familiares por arriesgarse de esa forma escapando del Penal, asegurando que “por ella haría cualquier cosa”.

Tres años más tarde, la homicida puso en marcha de nuevo sus planes de evasión. Ya sus andanzas dentro del Penal se contaban entre susurros en todos lados. Hablaban de temeridad, atrevimiento y desparpajo de la convicta. En Tribunales, en la Jefatura de Policía y en la misma cárcel, aseguraban que ella estaba dispuesta seducir a cualquier hombre que se le acercara con tal de lograr su libertad.

Pero no todo era parte del personaje que otros creaban con respecto a ella. Es más:  un director del Penal aseguró que no era para tanto, que la Astorga era una rea tranquila y que no entendía por qué tanto escándalo,  si tampoco era tan linda y seductora como decían.

Lo cierto que siguiendo la línea de una interna común y corriente, Patricia pidió varias veces la reducción de su pena y no se lo concedieron. También solicitó un traslado al Penal de Mendoza y tampoco la autorizaron. Más allá del estigma de su fama, ella trató por todos los modos legales de lograr su libertad, aduciendo que quería a estar al lado de sus hijos que estaban en Buenos Aires.

En los primeros meses de esos años ella decide escaparse nuevamente y lo consigue fácilmente. Los detalles de la fuga no están claros, pero se dijo que fue a la mañana temprano y lo hizo escalando  una de las paredes de la prisión,  luego de treparse a un banco de madera y llegar a un primer techo de un depósito. Hubo una investigación posterior y una guardiacárcel quedó bajo sospecha por este hecho.

Eran las 6,30 de la mañana y “la Astorga” se encontraba en el playón exterior del Penal. Comenzó a caminar por la calle Rastreador Calivar y luego de unas 30 cuadras, llegó hasta la zona de despacho de camiones de la hoy desaparecida empresa de bebidas Cepas Argentinas. Allí,  a tan solo 50 metros de la Seccional 13, la evadida buscaba un transporte para salir de San Juan.

Los guardias de la cárcel y la policía centraron todos sus esfuerzos en buscarla por la zona de la Costa Canal. Hacia allá fueron creyendo que retomaría la misma estrategia que en 1993 y trataría de buscar una salida por las zonas rurales cercanas al lugar. Esta vez los engañó, porque por casi una hora,  caminó como una vecina más por zonas urbanas de Rivadavia.

Bajo la mentira que tenía que viajar a Buenos Aires para ver una tía enferma, Patricia convenció a un camionero porteño llamado Marcelo Díaz para que la sacara de la provincia en su enorme Scania a las cuatro de la tarde de ese mismo día. Doce horas después de haberse fugado, el camión con la delincuente pasaron por los controles de El Encón sin que nadie los parara.

Hicieron lo mismo por San Luis y Córdoba en donde nadie verificó si la muchacha iba en la cabina del transporte. Visto hoy, parece increíble que la policía de San Juan o los mismos guardiacárcelesde Chimbas, no hayan dado la alerta de la fuga a los controles camineros propios y de otras zonas. Recién tomaron esa medida cuando tuvieron el testimonio de personas que la vieron subiendo al camión de Díaz en el playón de Cepas.

Gracias a estos alertas en todo el país y tras conocer la posible ruta del vehículo, “la Astorga” fue detenida nuevamente en Luján por la policía bonaerense, a tan solo 33 horas de su segunda fuga. Se entregó sin mayores complicaciones y lo único que dijo fue “si perdí, perdí”. Ya de nuevo en San Juan,  volvió a repetir que lo había hecho “por sus hijos”.

Desde esa última fuga hasta el presente, la vida de Patricia Astorga se tranquilizó, por lo menos en lo que a noticias periodísticas se refiere.  El tiempo parece haber calmado la peligrosidad y la astucia de esta mujer que tuvo en vilo más de una vez a la provincia.  A medida que su carácter se fue calmando,  la historia de su personaje fue creciendo día a día.

No falta que aún hoy alguien diga “era linda la Astorga” o “brava la Astorga”, recordando a sus víctimas, a sus amores, a sus seducidos y sus temerarias fugas. Y quizás recién ahora que fue beneficiada con prisión domiciliaria para poder estar con sus hijos, comprenda que la fama de su personaje no es tan importante como la vida de su persona y la de su familia. Tan importante como la vida que le arrebató a la doctora Feldman.

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