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Historias del Crimen

La broma que no cayó bien y un mortal balazo en una calle de Concepción

Fue una madrugada de otoño de 2000. Un grupo de amigos se reunió a tomar en una estación de servicio y una broma desató la discusión. Horas más tarde encontraron a uno de los jóvenes asesinado.

Por Walter Vilca 5 de junio de 2022 - 09:04

“¡Me han querido pegar un tiro!”, repetía Diego Luna. La bronca se reflejaba en sus ojos. Estaba nervioso y alterado, con mucho alcohol encima. Su hermano menor Nelson y su amigo Javier trataban de calmarlo, pero él más se impacientaba. Lo único que deseaba era salir a buscar a esos otros jóvenes con los que minutos antes había casi agarró a trompadas en la calle.

Diego contó que uno de esos muchachos tenía una pistola y que lo había amenazado. Mientras masticaba un pedazo de milanesa, tomó un cuchillo sierrita de la cocina de su casa y caminó apresurado hacia la puerta. “Los voy a buscar. Están en la estación de servicio”, largó. Su hermano y su amigo salieron por detrás y subieron a una moto. Diego montó su bicicleta y encaró hacia la ruta 40 en dirección a Circunvalación.

Nelson Luna junto a Javier Collado se adelantaron en la moto para ver quiénes eran los que amenazaron a su hermano, pero llegaron a la estación de servicio de la avenida Rawson y calle San Lorenzo y no encontraron a nadie afuera más que a los empleados. Claro, ya eran como las 6 de la mañana. Entonces dieron la vuelta por el mismo camino. Al poco andar encontraron a Diego. Le dijeron que no había nadie. Que se fuese a dormir.

El desencuentro

Los jóvenes de la moto dieron por hecho que Diego volvería a su casa en Villa Nueva Argentina, Chimbas, y emprendieron el regreso. Es más, vieron que daba la vuelta y venía atrás de ellos en su bicicleta.

A las pocas cuadras le perdieron de vista. Pensaron que quizás cortó camino o se fue a otro lado. Primero lo esperaron, después se fueron a dormir, despreocupados e imaginando que estaría bien. No supieron más nada de él. A la hora, una persona que caminaba por calle Corrientes al Este de ruta 40, encontraron a un muchacho tirado cerca del cordón, junto a su bicicleta. Tenía un disparo en el rostro. Estaba muerto. Y era Diego Luna.

Diego no tenía antecedentes penales, era un laburante. Contaba con 21 años, media casi 2 metros de alto y era el mayor de cuatro hermanos dentro de una humilde familia de Villa Nueva Argentina.

Así se dieron las cosas esa mañana del sábado 24 de junio de 2000. Más tarde, alguien avisó a los Luna que encontraron muerto a Diego en la zona de Concepción y que presentaba un balazo. Había sido víctima de un asesinato.

La familia al igual que los policías de la Seccional 2da trataban de buscar alguna explicación. Diego recibió un balazo que ingresó a la altura del maxilar superior izquierdo y se alojó en el cerebro, según la causa judicial. Su muerte fue casi en el acto. Y evidentemente el disparo fue ejecutado de cerca y directo a matar. En poder de la víctima hallaron un cuchillo sierrita, el mismo que había sacado de su casa.

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El lugar. En esta zona encontraron asesinado a Diego Luna.

El lugar. En esta zona encontraron asesinado a Diego Luna.

Diego no tenía antecedentes penales, era un laburante. Contaba con 21 años, media casi 2 metros de alto y era el mayor de cuatro hermanos dentro de una humilde familia de Villa Nueva Argentina. Parte del día trabajaba en un taller metalúrgico de su tío en Santa Lucía y en la tarde noche estudiaba la carrera de Perito Judicial en una escuela de Concepción. Entre sus planes estaba el de entrar a Gendarmería Nacional.

Las pistas

Las primeras pistas las dieron su hermano menor, Nelson Luna, y su amigo Javier Collado, que relataron los últimos instantes que compartieron con Diego. Contaron que lo vieron alterado por la discusión y la amenaza que recibió de otros dos jóvenes con los que compartió unos vinos o cervezas en la estación de servicio de Rawson y San Lorenzo durante la madrugada.

Mencionaron los nombres de Rubén Páez y otros jóvenes que estaban presentes en ese lugar. Nelson Luna y Collado dijeron que también estuvieron allí, pero que se retiraron mucho antes que se originara el incidente con su hermano. A partir de esos datos, los investigadores policiales localizaron a los otros amigos. Por medio de éstos pudieron identificar a los dos jóvenes que mantuvieron el entredicho con Diego.

Los sospechosos

El mismo sábado 24 de junio de 2000 los policías de la Seccional 2da detuvieron a Walter Alejandro Valdez y a Oscar Rodolfo Martínez como sospechosos. En la casa del primero de ellos, en barrio Parque Independencia en Chimbas, secuestraron una vaina servida de una bala calibre 32. En la verdulería de su familia encontraron los borceguí que llevaba esa noche. Tenía manchas de sangre. La prueba de dermotest también reveló la presencia de rastros de pólvora en la mano derecha de Valdez.

En otro allanamiento, secuestraron su moto Daelim 50cc color azul. También detectaron rastros de sangre. El rodado era una prueba. Es que una vecina de apellido Sarmiento declaró que esa mañana escuchó un estruendo en la calle y cuando se asomó vio a un joven en una moto 50cc color sobre la calle Corrientes, entre Ruta 40 y Perú, a metros de la bodega Hualilán.

La juntada

El principal sospechoso siempre fue Valdez, pero él negó su responsabilidad en el asesinato. Los amigos de Diego testificaron y permitieron reconstruir todo lo ocurrido previo al crimen. Describieron que en los primeros minutos del 24 de junio de 2000 se reunieron a beber en la estación de servicio frente a avenida de Circunvalación. Ahí estaban Rubén Páez, Damián flores, Nelson Luna, Javier Collado y Gastón Arana.

Después llegó Diego Luna, que venía en bicicleta de la escuela. Incluso traía sus carpetas. Todo era charla y bromas. En un momento dado, el menor de los Luna y Collado se fueron. En eso aparecieron Walter Valdez y Oscar Martínez, cada uno en su ciclomotor, quienes tomaron unas cervezas y luego se sumaron al grupo de amigos de Diego Luna. Páez los conocía, de modo que los invitó a la ronda.

Según los testimonios, bebieron casi toda la noche. Arana se fue a las 4.30. Algunos estaban muy alcoholizados, uno de esos era Diego. Pasadas las 5 se suscitó el problema. Fue por algo absurdo. Uno de los jóvenes dijo que iba a orinar al costado de la avenida Circunvalación. Los otros decidieron acompañarlo, fue así que el grupo se alejó por unos minutos de la estación de servicio y Diego Luna quedó solo cuidando las motos y las bicicletas.

La discusión

Cuando el grupo de jóvenes regresó a la playa de la bomba de nafta, Oscar Martínez descubrió que la campera que había dejado sobre el manubrio de su moto ya no estaba. Obviamente, al primero que preguntó fue a Luna, que era último que estaba ahí. Pero éste se hizo el desentendido y respondió que no sabía nada. En realidad, pretendía jugarles una broma.

La actitud de Luna molestó a Martínez y a su amigo Walter Valdez, que alcoholizados y envalentonados empezaron a insultarlo y exigieron que entregara la campera. El clima se puso denso y lo llamaron a pelear. Valdez, hasta sacó una pistola que llevaba entre su ropa.

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Rubén Páez vio que la situación se desbordaba, fue así que sacó a los empujones a Luna y le pidió que entregara la campera. Él hizo caso, caminó al puente de una cuneta, sacó la prenda y se la entregó a Martínez. Pero eso no consiguió calmar a los otros jóvenes. Parecía que en cualquier momento se trenzaban a golpes.

Para frenar la pelea, Páez junto a otro amigo apartaron a Luna y lo acompañaron un trecho por la avenida para que se marchara a su casa y terminara el pleito. Cuando transitaban por ruta 40 y calle Corrientes, aparecieron Valdez y Martínez en sus motos, según las declaraciones. Éstos volvieron a largar insultos contra Luna y lo invitaron a pelear. La versión fue que allí también lo amenazaron con la pistola.

Páez intervino otra vez y los separó. Pidió a los otros jóvenes que se fueran y él siguió su rumbo con Luna y el otro amigo. Más adelante se separaron. Diego llegó solo a su casa y se encontró con su hermano Nelson y Collado. Estaba que ardía de la rabia por la discusión. Se sentía humillado porque no había podido hacer frente a los otros muchachos, tenía un arma.

El último cruce

Diego relató a su hermano y al amigo lo sucedido. Dijo además que había sido amenazado con un arma de fuego. En eso que comía un trozo de milanesa, tomó el cuchillo sierrita. Se dejó llevar por la bronca y estalló. “Los vos a buscar”, expresó. Y salió a la calle en su bicicleta en busca de Valdez y Martínez. Por detrás lo siguieron Nelson y Javier Collado.

Después ocurrió lo que se sabe. El hermano y Collado encontraron a los otros jóvenes en la estación de servicio y regresaron. En el camino perdieron de vista a Diego, quien no llegó a su casa. Y más tarde lo encontraron asesinado de un tiro en el rostro, junto a su bicicleta, sobre calle Corrientes.

Martínez declaró y se despegó de todo, pero complicó a su amigo Valdez. Reconoció que discutieron con Luna en la estación de servicio y que hubo otro verbal sobre ruta 40 y calle Corrientes. Afirmó que luego él se fue a su casa y no sabe qué pasó con Valdez. Eso sí, confirmó que esa noche éste llevaba una pistola calibre 32.

Las evidencias

Esto dejó al caso sin testigos presenciales. Porque Valdez rechazó la acusación, aseguró que tras el incidente callejero se fue a dormir a su casa en el barrio Parque Independencia. Sin embargo, todos los testimonios señalaron que fue él quien protagonizó la pelea con Luna, que esa noche llevaba un arma y que lo vieron en su ciclomotor en la zona donde se produjo el asesinato.

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El homicida. Walter Valdez durante el juicio, junto a su entonces abogada defensora. Foto de Diario de Cuyo.

El homicida. Walter Valdez durante el juicio, junto a su entonces abogada defensora. Foto de Diario de Cuyo.

Por otro lado, las manchas encontradas en su borceguí y su moto eran de sangre, del mismo grupo sanguíneo de la víctima. Valdez no pudo responder por qué escondió su Daelim en la vivienda de su tío. Otra prueba fue la vaina servida, que era del calibre de la bala que mató a Luna.

La conclusión de los investigadores fue que, cuando el hermano y el amigo perdieron de vista a Diego, éste dio una vuelta por los alrededores de la bodega Hualilán con la firme intención de encontrar a los otros dos jóvenes. Que en su recorrida por calle Corrientes se volvió a encontrar con Valdez. Ahí posiblemente se desafiaron, pero éste último no le dio tiempo a nada a Diego y le largó ese mortal disparo en el rostro.

Esa fue la teoría oficial a partir de la cual acusaron a Valdez del delito homicidio simple y por la que lo llevaron a juicio en septiembre de 2001. Los abogados César Jofré y Silvina Gerarduzzi –hoy fiscal- procuraron derribar las pruebas y los argumentos del fiscal de cámara Ricardo Otiñano. Al no haber testigos presenciales, no podían atribuirle el asesinato, sostuvieron. A su entender, esas manchas de sangre encontradas en los borceguí y la moto del acusado eran de un grupo sanguíneo universal, por lo tanto, podía pertenecer a cualquier persona.

Los jueces Ricardo Conte Grand, Héctor Fili y Enrique Domínguez, del tribunal de la Sala III de la Cámara en lo Penal y Correccional, dieron por válida las pruebas expuestas por el fiscal Otiñano y entendieron que estaba probada la autoría de Walter Valdez en el asesinato de Diego Luna. El mediodía del 6 de septiembre de 2001, condenaron a este joven a la pena de 8 años y 6 meses de prisión.

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