Editorial

Mirna, al comercio chico (y al grande) hay que apoyarlo un poco más

En tiempos de apremio, el gremio sanjuanino vela por el cumplimiento estricto del contrato laboral, se le escapan detalles nada menores: la escala y el momento excepcional.
sábado, 24 de abril de 2021 · 10:58

Para el gremio del sector comercial, cuantas más actas de infracción levantan entre los comercios sanjuaninos, mejor.

Está bien, es su función, su naturaleza. La razón de ser de un sindicato es velar por los intereses de sus afiliados, es decir los empleados. Y debería suponerse que el principal interés de ellos es recibir el sueldo en tiempo y forma, que la patronal cumpla los aportes en su nombre y se cumplan los horarios de ingreso y salida.

Así debería ocurrir. Siempre, sin margen a la especulación. Pero sucede que existe una pandemia feroz en términos globales que se deglute todo lo que encuentra a su paso, con especial predilección de los puestos laborales que caen como moscas ante su apetito voraz desatado por la falta de actividad.

La ausencia –por si es menester aclarar- de gente en las calles que fogonea como un objetivo de vida o muerte cualquier administración pública sensata (con excepción de algunos lunáticos que operan como si nada ocurriese) tiene su lógico correlato en la caída de la facturación comercial. Sector que funciona como víctima ocasional, no buscada ni pretendida, pero víctima al fin. Una situación nada compleja para ser comprendida que debería despertar al menos una dosis de comprensión.

No parece ser eso lo que ocurre con la actual cúpula de gremio Centro de Empleados de Comercio comandado por Mirna Moral, volcada en sus esfuerzos más gruesos en penalizar cualquier exceso de 10 minutos en la jornada laboral.

No lo hace pese al lento goteo de pérdidas de puestos laborales en su sector, en San Juan y en todo el país, que no parece agotarse ni encontrar piso. Una situación irreversible en muchos casos y que podría aconsejar un camino diferente si lo que se busca efectivamente es que haya más trabajadores registrados –luego, afiliados- antes que menos: la preservación de los puestos laborales se debate ante la estricta aplicación a sangre y fuego de la reglamentación en comercios que agonizan y dan la vida por una venta a las 20:10.

En San Juan emergió del consenso del Acuerdo San Juan la decisión de otorgar una franja horaria al comercio para pudiera moverse sin excederlo y poder de ese modo racionalizar la circulación de gente para evitar los amontonamientos (que, hay que decirlo, es la situación ideal para un comerciante): entre las 9 y las 20, cada uno pudo y puede adaptarse a lo que mejor le caiga.

No es algo diseñado especialmente al paladar comercial, no es la situación soñada para nadie, pero es la opción que mejor se adapta a la coyuntura de la pandemia. Es lo que hay, lo posible, y en ese nuevo entorno es donde deben funcionar hasta que pase el vendaval.

El gremio no parece estar al tanto de la decisión, no haber participado del acuerdo, o desempeñarse a lo distraído para extraer mejor tajada para lo que ellos consideran más importante: aplicar la restricción a rajatabla, antes de sostener el más mínimo sentido de comprensión.

En las últimas semanas, arreciaron en San Juan los casos de actas levantadas por excesos en el horario comercial, cada una de ellas festejadas como un gol de visitante en la Champions. Se suman a otras sanciones o multas más clásicas en el sector empresario, que tampoco encuentran freno ni atenuantes: como el 931, los aportes patronales con los que un sector empresario se encuentra jaqueado ante la falta de actividad. La suma de esos factores suele derivar en clausuras o cierres, con pérdidas de puestos laborales en consecuencia. No es cuento, es lo que ocurre.

En muchas de esas actas levantadas como consecuencia de una presunta extensión forzada de los horarios laborales, se trató finalmente de casos de comercios menores, con no más de 5 empleados. En los que el dueño decide extender algunos minutos más la jornada para aprovechar un flujo de potenciales clientes que no había en el momento de apertura, y empleados dispuestos voluntariamente a poner el hombro: nadie como ellos conoce las condiciones en las que se levantan las persianas.

Mirna Moral es una dirigente sindical que llegó a la cúspide del gremio comercial desde el entorno del antiguo mandamás, Raúl Avila. A diferencia de su mentor, Mirna aportó un plus de carisma y aprobación que le hizo ganar mayor espacio en las consideraciones. Crecimiento auténtico, siempre mezclando los buenos modales con su función de sentarse en una cabecera de la mesa a negociar condiciones laborales y salarios. Nada menor.

Aportó sentido común en el debate sobre el horario –corrido o dividido- en el que explicó y explica el beneficio en esfuerzo y dinero que significaría para sus afiliados, siempre luchando contra las condiciones naturales (a las 21 es de día en el verano sanjuanino) y las costumbres ancestrales de circulación. Por lo tanto, de interés comercial.

La pandemia pareció descolocarla entre la angustia por la agonía citada de muchos puestos laborales, y su necesidad de ver refrendada su acción por afiliados en asuntos menores como 10 minutos más o menos. Llegó la semana pasada a anunciar que iría comercio por comercio escoltada por la policía, como su fuera función de la fuerza de seguridad velar por la jornada laboral, a no ser que intermediara algún episodio violento.

Le ha costado considerar las variables del momento excepcional y de escala. Por lo primero, no hace falta abundar más de lo relatado en las líneas anteriores. Un momento delicadísimo a nivel ventas, ocasionado por la falta de movilización de potenciales clientes. Mal momento en consecuencia para mostrarse incomprensivo con la angustia de los comerciantes que no tienen otra alternativa que levantar la persiana con la dosis de optimismo que puedan encontrar.

Por lo segundo, la escala, se verifican problemas en todos los sectores, pero con diferente impacto. Están los grandes conglomeraos comerciales de rango nacional y hasta internacional, en los cuales las sucursales sanjuaninas sólo son su eslabón final. La pasan mal, por motivos surtidos.  Se fueron Falabella, Compumundo, Ribeiro, está Garbarino con la moneda en el aire. Se perdieron cientos de puestos laborales comerciales en San Juan, en general bien remunerados. Para el capital, será una mala experiencia con consecuencias financieras. Para los sanjuaninos, la pérdida de una fuente difícil de reemplazar.

Luego están los más chicos: muchos de ellos no cierran por no disponer ni siquiera de ese privilegio. Tienen entre 2 y 5 empleados, la pelean todos los días. En el sindicato no parecen estar al tanto de esos esfuerzos y angustias.

Sin contar la otra amenaza que se agiganta en el espejo retrovisor del comercio tradicional: el e-commerce, comercio electrónico, que con la pandemia fue en sentido contrario del resto y no para de crecer. Las plataformas han tenido una explosión descomunal, Mercado Libre a la cabeza.

En general, paga menos alquileres, paga menos servicios, pero vende más. Y no paga empleados de comercio en el sentido clásico, sino en otras actividades como la logística y el transporte. Tendrán a Moyano encima, otro problema. Irán menguando la cantidad de mercantiles, seguro. Para el gremio, una cuestión de supervivencia.

Por Sebastián Saharrea

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