editorial

Estoy esperando recibir la vacuna, ¿demorará mucho?

El brazo de la foto es el mío. Listo para el aterrizaje de la jeringa, pero hay un problema: no soy prioritario. Sí, en cambio, dispongo de una condición especial.
sábado, 23 de enero de 2021 · 10:08

No soy médico ni enfermero, tampoco alguna clase de personal dedicado a la salud en el sector público o en privados. No trabajo en un hospital o una clínica.

No soy personal estratégico de ninguna clase. No soy policía, lógicamente necesario para mantener el orden público. No soy docente, esos que deberán apresurarse para llegar con alguna certeza al inicio de clases el 1 de marzo.

Tampoco soy alguna pieza esencial en el funcionamiento de alguna institución, un trabajador del Estado que cumple una función difícil de suplantar. De esos que hay muchos en las calles o en las oficinas. Que tocan un botón que sólo ellos saben dónde está, lo que los vuelve poco menos que irreemplazables.

O en el sector privado, como en alguna empresa de servicios públicos privatizada, o manejando un colectivo que hace falta para que la gente llegue de un lado a otro.

No tengo más de 60 años, la franja de edad que divide hacia arriba a las personas que se definen como población de riesgo porque esta pandemia ha demostrado especial eficiencia en su faceta mortal contra ellos, sin ser excluyente.

Tampoco, afortunadamente, dispongo de alguna enfermedad preexistente que pueda ser encuadrada en el término de comorbilidad. Enumerarlas es un padecimiento que prefiero ahorrar, tanto hacia mí mismo como hacia los lectores. Sólo invocar a lo que uno que cree para mantener el status y agradecer la dosis de fortuna.

Creo que la lista de orden de prioridades diseñada por el sistema de salud provincial continúa por los pueblos originarios, a los que tampoco pertenezco.

Es decir, de ninguna manera figuro en la lista de prioridades para recibir la vacuna lo antes posible. De lo que deduzco que deberé aguardar a que se agote el plazo para todas esas franjas hasta conocer si tengo alguna chance. Vaya a saber cuándo será.

Periodista, 52 años que seguramente serán cumplido en el transcurso de la espera, sin afecciones severas anteriores a la pandemia, a la cola de la fila. En condición de tal –periodista- es que escribo estas líneas en primera persona (género notoriamente contraindicado en la profesión) para hacer notar con subrayado que hablo por mí y por cualquiera de mi especie: edad promedio y fuera de cualquier modo de acceso rápido a la vacuna.

Una inquietud nada menor, si es que coincidimos en que la pandemia no perdona género, edad, procedencia, ni condición. Castiga y mata a uno y otro lado, si bien resulta claramente más temible para las personas en las franjas prioritarias descriptas.

Pero no es excluyente hacia ellos: todos estamos en riesgo. Claro y evidente que unos más otros, pero todos lo estamos.

De donde resulta natural que amanezca cierta inquietud entre los de mi especie para conocer cuándo podrá tocarnos, tan evidente que resulta que cuando antes sea mejor y sin descuidar la solidaridad del respeto a las prioridades.

De lo que sí dispongo es de una condición que podría ubicarme por delante de muchos que detentan aquellas prioridades: sí quiero ponerme la vacuna.

La quiero lo antes posible, de cualquier procedencia o país si es que dispone de las aprobaciones reglamentarias.

Confío en la ciencia sin nacionalidad, en el método científico y, esta vez, en el sacrificio descomunal para llegar lo antes posible con una vacuna.

Confío en el ANMAT, un equipo de científicos que se encarga de levantar o bajar la barrera y del que nunca reporté siquiera su existencia en tantos medicamentos o alimentos que introduje en mi cuerpo con kilométricas contraindicaciones en el prospecto.

No temo al desembarco de ninguna oficina de contrainteligencia por intermedio de los fluidos que dispongo inocular en mi organismo, como leí a algún colega en estos días.

No me atemoriza que el líquido de la vacuna a la que le pongo el brazo contenga alguna sustancia que acentúe o reduzca mis afinidades a alguna idea política.

No considero que el color de vacuna que me toque implique además una toma de postura ideológica.

No creo que afecte otras habilidades o carencias físicas o emocionales que no sea la facultad de mi organismo de producir anticuerpos contra el virus.

No me guían las teorías conspirativas que escuchamos en cataratas, provenientes de dirigentes políticos, comunicadores o agitadores sociales, sobre eventuales preferencias geopolíticas, negociados turbios, amistades inconvenientes.

Sólo quiero colocarme la vacuna para tener más chances de sobrevivir por medio de un método probado por la ciencia. En una pandemia que se cobró la vida de más de 45.000 argentinos, casi 400 sanjuaninos, más de 2 millones en todo el mundo.

Y la voluntad de hacerlo no es menor, al tratarse de una vacunación voluntaria. Una encuesta en Tiempo de San Juan formulada con la llegada de la vacuna mostró que el 44% de los sanjuaninos estaban en contra de colocársela.

Lo que implica que muchos de los que figuran en la lista de prioridades no se la colocaron, prescindieron de ese beneficio (un beneficio sólo para la óptica de los que sí queremos colocarnos la vacuna). Y muchos no lo harán, en el listado que sigue de esos priorizados.

Puede advertirse en el ritmo de vacunados diariamente en el Estadio Cubierto: si se hubiese percibido cierta desesperación por vacunarse en la franja de médicos y enfermeros, ya se habrían agotado las primeras 4.200 dosis que llegaron. Eso no ocurrió, aún siguen vacunando.

Cada provincia recibe una cantidad de dosis acorde a su cantidad de habitantes (en San Juan hubo alguna yapa, según aceptó el gobernador Uñac). Ya recibió San Juan 4.200 para las primeras prioridades, ahora debería recibir entre 75.000 y 80.000 de las 5 millones que llegarán a fin de mes.

De allí se usarán para docentes, siempre en teoría porque en Salud pública dicen que no tienen información. Y siempre que decidan voluntariamente colocársela. Se desconoce si ingresarán los sin prioridad pero con ganas, como mi caso y el de tantos otros.

Buenos Aires, por ejemplo, tampoco vacuna por ahora a los que quieren recibir la vacuna pero no están en las prioridades, aunque existe un listado abierto a postulantes. Sí lo hizo el gobernador Kicillof, que no es grupo de riesgo por edad (tiene 49 años) ni por enfermedad.

Está claro que sería prioritario que sobreviva el gobernador de la provincia más importante del país que un periodista del montón en las mismas condiciones. Lo que no debería ser es excluyente: él si, el resto no se sabe.

Tal vez lo hizo para generar un efecto en favor de la vacunación, en una provincia como la suya donde el rechazo a hacerlo es igual de alto que en todo el país, San Juan incluida.

Esa campaña que no se hizo: referentes sociales apoyando la vacunación, tratando de convencer. Como sí se hizo la de la “cuidadanía”, rodando por todos lados. Como si sobrara el tiempo.

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